Super Hipocresía

Identificador: DM-086.
Publicación original: Novedades, 13 de marzo de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: hipocresía, publicidad, cine, moral, propaganda y crítica cultural.
Ilustración de Super Hipocresía

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

La super hipocresía –perdónenos el lector: vivimos la fiebre de lo “super”- es uno de los más genuinos productos de eso que a sí mismo tiene el enfermizo gusto de llamarse “mundo moderno”, y que hoy día ya no es tan moderno. Consiste la super hipocresía en una acentuación o en una sutilización de las técnicas seculares de la hipocresía llana y corriente. Estas nuevas vías del fingimiento mueven a proferir las mentiras más gordas con un aplomo que, bien miradas las cosas, no es más que dar mayor énfasis al descaro brutal de cierto pelaje de hipócritas de todos los tiempos; o bien, afinando en grado máximo la estrategia, a lanzar contra los que dicen o defienden la verdad nada menos que la propia tacha de hipocresía. Esto es el colmo de los colmos, porque así resulta que los dichos de las personas veraces se pueden convertir en una especie de azagaya –“boomerang”, para que nos entiendan los angloparlantes- que, después de dar en el blanco, vuelve al punto de donde se le impulsó. De esta suerte, quien dice una verdad que daña a intereses inconfesables, si se descuida, puede ser que reciba –como si dijéramos, de rebote- un impacto inesperado proveniente de sus dichos rigurosamente exactos.

Ejemplos de estas nuevas tácticas de la super hipocresía de hogaño, podríamos dar a puños. –Baste para ilustrar lo del “super aplomo” en el mentir, las “super propagandas” políticas internacionales de los tiempos de guerras frías o calientes. En tales propagandas, con la mayor dignidad de apariencias, es lo común que los lobos se revistan de ovejunas pieles.

Como ejemplo de la táctica de azagaya o “boomerang”, creemos que poco o nada habrá tan característico como la publicidad que se hace en estos días, dentro de los anuncios de cierta película que lleva a la pantalla un engendro de la literatura licenciosa más ruin y más cursi a la vez. Por supuesto que la mentada publicidad corre parejas con el engendro de marras, tanto en la ruindad como en la cursilería. Claro, son palabras del propio autor del “churro” literario; “churro” que por cierto corresponde a un innoble género que corrió con fortuna en los años de la primera posguerra, que a estas fechas ya vienen a ser los tiempos de Maricastañas.

Haremos gracia al lector de repetir aquí el texto con el que nos hizo topar el más cruel de los hados. Pero si alguno quisiere “acalambrarse” de manera instantánea y eficacísima, es probable que todavía al publicarse estas líneas no tenga más que ojear un poco los avisos cinematográficos de los diarios, para dar de manos a boca con ese monumento de la ridiculez publicitaria y de la super hipocresía con que se quiere negar la maloliente calidad del “film” que se anuncia, y el consiguiente propósito de lucro aun a costa de la salud moral del prójimo.

Como el mundo “moderno” en realidad ya no es tan moderno, sus manifestaciones tampoco llevan ya el sello de lo novedoso. Tal ocurre en esta ocasión. Nos da tedio, por añeja y manida, la estúpida dialéctica de “boomerang” con que en esta publicidad se pretende salir al paso o bien “voltear el chirrión por el palito” a alguien -¿la Legión de la Decencia o algún comentador cinematográfico?- que tal vez afirmó la inmoralidad de la cinta en cuestión. Se arguye -¿cuántas veces hemos oído o leído la misma cantilena, traída a cuento con motivo de novela, cine, teatro, pintura escultura?- que la inmoralidad no estriba en “apuntar” leves detalles “realistas” (ya se sabe de sobra cuál sea ese tipo de cerdoso “realismo” de todo pseudo arte), sino en quienes toman pie de ese “apunte” para revolcarse en los peores muladares imaginativos y proclaman después que la obra en cuestión es inmoral.

Desde luego, hay que observar que precisamente quienes gustan de la inmundicia no suelen quejarse del arte o dizque arte inmoral, del mismo modo que el ganado porcino no acostumbra quejarse de la existencia de los revolcaderos. Ello negaría las más elementales leyes psicológicas lo mismo que al más modesto sentido común. A menos que al cerdo le tenga alguna cuenta al pasar por paloma limpísima. Pero eso no les acontece ya a los humanos de aficiones porcinas, porque hoy día, ni más ni menos, lo que suele tener cuenta en el mundo “social” es el alarde de las más repulsivas “experiencias”.

Por otra parte –y ello es lo esencial-, es indudable que si hay quienes –hipócritas o no hipócritas- resultan enfangados, es porque el revolcadero existe, que es de lo que se trata. Todo lo demás, es salirse por la tangente. La moralidad o inmoralidad de un hecho, de una situación, de una obra de arte o que de tal presume no se mide por el fariseísmo que se advierta o se finja advertir en los críticos del caso, cuanto en la circunstancia escueta de que haya o no haya ajuste a las exigencias de la moral. Nada más. Ni nada menos.

Y cuando una obra dramática, literaria o lo que sea, con embozo o desenfado “brinca las trancas” de la moralidad, y consigo hace de ordinario brincarlas –de pensamiento o de acción- a lectores o espectadores, es obvio que a tal obra le venga como anillo al dedo el dictado de inmoral. Las reglas de la lógica prohíben salirse por peteneras con el peregrino argumento –en estribillo, por otra parte, muy gastado- de que lo malo no es malo, sino quienes de ello se dan cuenta y como tal lo denuncian. Semejante super hipocresía sólo tiene eficacia con los tontos o los que quieren hacerse los tontos.

Por lo demás, la peliculeja de marras no tiene mayor resonancia. Viéndola como realización cinematográfica, la crítica especializada ha sido unánime en su desdén. La más benigna, dice: “la adaptación es peor que la novela”. En este artículo sólo interesó la susodicha y menguada fraseología publicitaria, para ejemplo de ese fenómeno contemporáneo que nos permitimos volver a llamar “super hipocresía”.

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