Stalin, Emperador de Bizancio
Publicación original: Novedades, 20 de abril de 1949.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Bizancio, estalinismo, Iglesia y Estado, Guerra de las Investiduras y poder político.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
No hay mucha originalidad en las pretensiones antirreligiosas del régimen comunista checo. Atribuir a la autoridad política la facultad de nombrar a los miembros del clero católico es una actitud de antigüedad milenaria. El llamado gobierno que preside el procónsul soviético Gottwald resucita, de un golpe, polvosas páginas de la Historia. Demuestra que los remotos episodios europeos de los Siglos XI, XII y XIII que se agrupan bajo el rubro de Guerra de las Investiduras, fueron sólo primeras expresiones de una tendencia que se manifiesta en forma ya franca ya tácita en el curso de las centurias.
Pero en realidad, esta corriente de ilegítima subordinación de la Iglesia al Estado puede decirse que principia con las intromisiones de los emperadores bizantinos de la Alta Edad Media en los negocios del fuero eclesiástico. Sabida es su frecuente pretensión de arrogarse el derecho de designar al titular de la Sede Pontificia. Sus casi constantes intervenciones en el nombramiento de los patriarcas constantinopolitanos, ya por motivos estrictamente religiosos: protección de herejías, en que tan fecundo fue el Imperio de Oriente –arrianismo, nestorianismo, monofisismo, monotelismo, iconoclastia, etc.-, ya más bien, casi siempre, por intereses estrictamente políticos de fortalecimiento de la autoridad imperial con un clero servil atento a obsequiar sus mínimos deseos.
Esa triste historia culminó como nadie ignora, en el gran cisma de las Iglesias orientales; escisión cuyas nefastas repercusiones alcanzan a nuestros días. En efecto, la obra de Focio y Miguel Cerulario es el antecedente y la raíz primera del hecho actual de que Stalin haya heredado de los zares –de facto- la suprema autoridad religiosa sobre los cristianos de la Iglesia rusa. Más aún, prácticamente ha realizado el sueño secular de los zares de apuntalar el paneslavismo con la unificación de todas las Iglesias llamadas ortodoxas que se desgajaron del tronco vital de Occidente. Ya es del dominio público que los actuales patriarcas de esas Iglesias –con la excepción, todavía, del de la griega- se hallan a las incondicionales órdenes del Zar rojo.
En ello hay, por cierto, una rigurosa lógica histórica, porque el Imperio ruso se consideró tradicionalmente a sí mismo como una especie de continuación del Imperio romano de Oriente. Y si bien se mira, resultaba muy adecuado el viejo emblema del antiquísimo imperio hettita del Asia Menor que a través de Bizancio pasó a la heráldica zarista: el águila
bicápite, que puede simbolizar a maravilla la unión en un solo ente de las dos potestades, la civil y la religiosa.
Pero, por otra parte, véase hasta qué punto la Historia se repite, y cómo ciertas tendencias históricas persisten en forma latente y salen a luz, de pronto, por los caminos más inesperados. La vieja idea romana de un poder político de alcances ecuménicos persistió en los emperadores de Constantinopla. Estos se consideraron herederos exclusivos de los derechos y de las metas históricas del viejo Imperio Romano cuando el Imperio de Occidente se deshizo al embate de los bárbaros. Juzgaron siempre espurio e ilegal al Sacro Imperio Romano-Germánico. La aspiración al dominio mundial, caída Roma, sólo se legitimaba en Constantinopla. Caída esta última, Moscovia –en forma más o menos confusa o precisa, según los tiempos- reivindicó, como integrante de su masa hereditaria de derechos históricos, la misma constante ambición de universal señorío que ahora Stalin se halla a punto de convertir en la realidad más efectiva y absoluta, en dimensiones tales que ni Octavio ni los Paleólogos pudieron soñar siquiera.
Y como Bizancio, además, según ya dijimos, rehizo en la verdad de las cosas la vieja confusión de las dos supremas potestades en los Césares que eran a la vez que emperadores los pontífices máximos del paganismo, resulta ahora que Stalin heredero de Bizancio, no obstante ser jefe del comunismo ateo, viene a constituirse en el verdadero pontífice máximo de las Iglesias ortodoxas. Es el designador del patriarca de Moscú, a quien se quiere dar la suma autoridad sobre el resto de patriarcas cismáticos y que viene a heredar a su vez las remotas pretensiones de los patriarcas de Constantinopla que disputaban a los Papas la suprema autoridad de los fieles cristianos con el pretexto de que la sede del poder religioso se había transladado a Oriente al parejo de la autoridad civil.
No deja de ser curiosa y aleccionadora esta larga parábola histórica que termina en Stalin y en sus procónsules tras la Cortina de Hierro.
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