Sinuhé el Egipcio
Publicación original: Novedades, 18 de abril de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Mika Waltari, novela histórica, Egipto antiguo, Sinuhé, cristianismo, sentido de la vida.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Los ojos de Sinuhé se saciaron en los paisajes del mundo entero. Del mundo entonces conocido, por supuesto. Todo eso que el hombre de nuestros días designa con el nombre de Medio Oriente, y que dio en cierta medida los primerísimos antecedentes de nuestro orbe cultural y que escuchó los débiles balbuceos originales de nuestra técnica hoy arrolladora.
Fue ello en el remoto siglo XIV antes de la Redención. Centuria que fue quizá testigo de las últimas glorias y final hundimiento de la talasocracia cretense; del apogeo militar del misterioso pueblo hetita cuyos rastros, bajo la corteza del Asia Menor, habrían de quedar perdidos para la Historia, prácticamente hasta nuestros días; de la extinción violenta de la señera XVIII dinastía faraónica y de la brillante aparición de la XIX, la de Haremhab y el segundo Ramsés.
Sinuhé conoció la pompa de Babilonia y las polvorientas rutas de Caldea y sus dominios. Quemárosle las arenas de fuego sinaíticas y arábigas. Disfrutó el hierático esplendor del palacio de Faraón y discurrió por el líquido camino del río sagrado de Egipto, empedrado de lagartos. Vió de cerca ese anticipo de Esparta que fue el militarismo del águila hetita de dos cabezas, vigoroso símbolo que habría de perdurar sobre las ruinas de muchos imperios y llegarnos hasta América en la heráldica de los Austrias. Aun no nacía propiamente la gracia helénica, pero la espuma y las ondas del Mediterráneo oriental se estremecían, presintiéndola, al contacto de los esquifes que llevaban a Siria y al Delta faraónico los dones de la civilización egea que habrían de ser sublimados por el genio griego esquifes en cuyos puentes Sinuhé, el egipcio, el nacido en las riberas del padre Nilo, pudo tener atisbos odiséicos en aquel siglo prehomérico y por los cuales le fue dable arribar a la Creta del Laberinto y comprobar, en horrible y trágica experiencia, la muerte del monstruoso Minotauro. Todavía la ciudadela de David no soñaba siquiera en alzarse sobre el monte Sión, pero en sus andanzas los pies de Sinuhé hollaron también el polvo jerosolimitano que daría base al templo de Jahvé y que se santificaría con las pisadas de Aquel por Quien pueden ser salvados todos los hombres.
Sinuhé, legalmente hablando “hijo de Senmut y de su esposa Kipa” que lo recogieron –como seríalo Moisés- de una cesta embreada, junto al limo del Nilo, supo de la vida oscura de un egipcio modesto en un barrio pobre de Tebas; pero también alumbró el día en que su nombre estuvo escrito “en el libro de oro del faraón, y habitaba el palacio dorado a la derecha del rey”. Saboreó la amargura del proscrito y la estallante alegría del retorno al patrio suelo. Paria un día, al otro poderoso y opulento. La más ávida de las Circes de Tebas sorbióle la sangre y por un momento hízole infrahombre. La dulce Minea cretense, sellada por el infortunio de su honrada ortodoxia pagana, anególe, en cambio, en las aguas de un amor verdadero amor que de algún modo adivinaba y no hallaba los cauces de absoluta limpidez que no podían dar aquel siglo y aquella humanidad en los cuales no operaba aún el dinamismo sobrenatural de la Gracia de Dios. Médico, salva muchas vidas, pero le es imposible devolverla al hijo perdido en el momento de enterarse que lo es suyo. En un principio sacerdote de Amón, es testigo una y otra vez de la farsa religiosa de las castas sacerdotales que viven del pueblo a la sombra de falsas deidades. Corazón lleno de deficiencias, pero benévolo y humanitario a pesar de todo, le es forzoso más de una ocasión quitar la vida a sangre fría, y si sus actos quieren favorecer a los humildes, de hecho llévanles la desdicha y la ruina. Amador del conocimiento, su espíritu se asoma a muchos horizontes de ciencia, de tierras y de corazones pero queda al final de cuentas anclado en un neblinoso limbo de escepticismo ante el misterio del ser, ante el enigma del mundo y del hombre, ante el arcano supremo de lo religioso.
En verdad que para el ojo cristiano este hito de la novelística de los más recientes años que es “Sinuhé el Egipcio”, del Nórdico Mika Waltari, tiene el extraordinario valor de las evocaciones lúcidas que dan atisbos de lo que fue el mundo del hombre antes de conocer a Cristo. ¡Y cómo se parece, en más de un aspecto, ese mundo, al de hogaño que ha perdido a Cristo!
Acerbo es, y notable, el tremendo paralelismo de las miserias del mundo antiguo y del mundo moderno por lo que en ambos hay de maldad humana y de carencia de Dios. La misma brutalidad de los apetitos. La misma desenfrenada injusticia. Las mismas hipocresías convencionales y utilitarias. El mismo espíritu de odio, de venganza, de atropello y de despojo. Igual mistificación de lo sagrado. Idéntico desenfado en la lascivia. Tampoco son substancialmente distintos el despotismo de los de arriba y la abyección servil en los de abajo a no ser en el lapso explosivo de la subversión. Y en medio de todo ello el más desconsolador de los dramas. El drama de los hombres que a pesar de todas sus miserias no dejan de sentir un subyacente, irreprimible latido interno con que en ciertos momentos los llama y atrae un destino superior que se cree irrealizable: una vocación que aborrece la mentira y la injusticia, que lleva a adivinar siempre el lado bueno de los corazones y a tener fe en el semejante, que abomina de la opresión de los cuerpos y de las almas, que se asquea de la lujuria, de la traición y de la cobardía; que busca, en suma, la suprema realización vital en una Vida, en una Verdad, en una Belleza y en una Bondad absolutas y sin deficiencias. Ese es el drama, antiguo y moderno, del hombre sin Cristo. Ese es el íntimo desgarramiento dantesco de Sinuhé el egipcio y de Sinuhé el occidental moderno descristianizado…
He aquí el drama de Sinuhé, el hombre que vivió antes de la Gracia, y que se cree vivir y supervivir, idéntico, en todos los hombres, porque no sabe aún de la lumbre de amor de Francisco de Asís o de Motolinía el misionero, ni de la lumbre de sabiduría de Tomás de Aquino o de Agustín de Tagaste… Sinuhé, el hombre que en el siglo del Minotauro y en el siglo del monstruo nucleario cree esfumarse en la aniquilación de su ser, pero que despierta con la asombrada e inmodificable certeza de que su lumbre vital no puede extinguirse jamás, y de que hay un Dios verdadero que pesa sin remedio el corazón de los hombres en la balanza de la Eternidad.
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