Sinopsis de Ocho Semanas
Publicación original: Novedades, 24 de febrero de 1958.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: América Latina, elecciones, Guerra Fría, Explorer 1, crisis política, 1958.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Las ocho semanas que van transcurridas –rápidamente transcurridas- desde que hicimos votos por el feliz curso de 1958 han despejado ya dos incógnitas en el continente; la de la crisis política guatemalteca que parece haberse resuelto a favor del ya definitivamente presidente electo Idígoras, y la de la cruenta despedida del dictador venezolano con su carambola de un nuevo desplazamiento del general Perón, ahora a Santo Domingo: a lo que parece, su último refugio americano.
Argentina ha continuado en la incertidumbre, con una interrogante nueva: la posibilidad de que el ingente electorado peronista apoye al tradicionalismo radicalista de Frondizi. ¿No hubiera sido mejor apoyar los cauces de integración a la nueva situación, que perspicazmente –a raíz del derrocamiento de Perón- brindó el general Lonardi a los hombres y tendencias sanos del peronismo? Porque no es igual aceptar la mano que se tiende generosamente en nombre de la hermandad nacional, que entrar a la liza política con un sentido de desquite contra una represión que, a la distancia cuando menos, parece incomprensiva por indiscriminada.
En tanto, Costa Rica ha realizado unas elecciones tranquilas, que han sido calificadas de “grises” por los golosos del sensacionalismo; mientras que en Cuba el terrorismo y los incendios de cañaverales siguen dando fe de una llama revolucionaria cuyas posibilidades continúan siendo motivo de conjetura.
Es en estas semanas, por otra parte, que en México se ha desarrollado realmente la primera fase del episodio electoral. Con giras “intensivas” de los candidatos, muy bien “programadas” y medidas, que señalan un curioso adelanto de nuestras capacidades de organización en tales menesteres. Seguro de la fuerza de sus engranajes, el partido oficial ha asumido hasta aquí un tono de moderación que contrasta con las destemplanzas de antaño. Actitud que –desde su punto de vista- se basa juiciosa y probablemente en dos factores: a) confianza en el desarrollo normal de las cosas; b) deseo de no gastar la pólvora en infiernitos que hacen perder tiempo al electorado porque le estimulan a controversias vehementes, esas que alteran ánimos y distraen de las ocupaciones y preocupaciones cotidianas.
La campaña opositora, por el contrario, ha persistido en la requisitoria violenta. Por cierto, con dejos más bien de un poner a salvo la conciencia que de un expresar esperanzas positivas. Porque nunca en las últimas décadas nos ha parecido cualquier oposición luchando con tanta desventaja como esta vez. Para complacencia de los partidarios de una democracia “monolítica” y para contrariedad de quienes piensan en la eficacia de un juego efectivo de partidismos “orgánicos”.
Parece que una y otra actitud darán la tónica hasta el último capítulo de esta novela con parvos y hasta hoy no muy agitados capítulos.
Más, mucho más trascendente e intranquilizadora ha sido la paralización telegráfica, ni tan larga como para novela, ni tan breve como para cuento corto. Porque en ella, prácticamente, se ha debatido en cierta manera la fuerza del régimen y el principio vital de la prevalencia del bien común sobre el de los grupos particulares.
En el plano mundial, la gran balanza psicológica y de prestigio –más bien que de poderío efectivo- se ha nivelado con el éxito del “Explorador” norteamericano. Plausible esta vuelta al equilibrio, lograda con una rapidez que ha venido a consolidar los efectos de la reunión parisina y decembrina de la OTAS en lo que respecta a bases europeas para proyectiles teleguiados norteamericanos de alcance medio. Rapidez tanto más de subrayarse cuanto más necesaria era para evitar tentaciones de guerra caliente, y habida cuenta de la dificultad de vencer en tan breve plazo los obvios obstáculos tecnológicos y burocráticos, así como los complejos depresivos suscitados por los “sputniks” número uno y dos.
La guerra fría, en cambio, ha seguido calentándonos con cosas como el cruento incidente francotunecino y la conexa persistencia de sordas explosiones de segundo y tercer grado en el polvorín argelino. Aspectos tanto más peligrosos cuanto mayor va siendo la efervescencia del mundo árabe. Esta efervescencia añade episodios a la misma guerra dizque gélida con los dos sintomáticos sucesos federacionistas: el republicano de Siria y Egipto –bajo la férula indispensable de Násser-, y el monárquico de Irak y Jordania, aparentemente menos sólido e integrado. Parece que la iniciativa, aquí también, sigue estando de lado prorruso: con resultados igualmente más espectaculares y sin el dejo de improvisación que parece frecuente en las respuestas originales del otro lado del telón de acero.
Todo esto, mientras Eisenhower y Bulganin (bueno, Krúschev) han estado cambiando, una y otra vez, misivas sobre la conferencia “en la cumbre”, cuya viabilidad dentro de los restantes diez meses de 1958 no se avizora aún. Máxime cuando un punto básico de la posición norteamericana estriba en obtener seguridades de Moscú de que esa reunión en la cúspide ha de tener previo y razonable por ciento de garantías de no resultar infructuosa.
Todo parece indicar que este año también acabará sin que la incógnita de la guerra o la coexistencia se despeje por completo.
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