Simbolismo Patético
Publicación original: Novedades, 27 de febrero de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Gonzalo Guerrero, Jerónimo de Aguilar, conquista de México, apostasía, civilización occidental, libertad, Cortés.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Alguna vez nos hemos referido de paso al desdichado simbolismo que vive en Gonzalo Guerrero, el compañero de naufragio de Jerónimo de Aguilar –que había de ser, con doña Marina, utilísimo intérprete de Cortés-. Cuando Aguilar se entera del arribo de Cortés a Cozumel, presto se encamina a darle a su compatriota la buena nueva de la posibilidad inmediata de ser rescatados para la civilización. Incluso por ello llega con retraso al punto en el que las cartas le anuncian que le espera un navío salvador al mando de Ordaz. Es muy de ponderarse su decepción ante la respuesta increíble de Guerrero. En la desnuda simplicidad de la relación de Bernal Díaz no deja de adivinarse el drama psicológico del desertor de la cultura occidental, con ese hondo y desalentado patetismo de todas las culpables defecciones:
“Hermano Aguilar: yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras; íos vos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desque me vean esos españoles ir desta manera! E ya veis estos mis hijitos cuán bonicos son. Por vida vuestra que me deis cuentas verdes que traéis, para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mi tierra. Y ansimismo la india mujer del Gonzalo habló al Aguilar en su lengua, muy enojada, y le dijo: “Mira con qué viene este esclavo a llamar a mi marido: íos vos y no curéis de más pláticas”. Y el Aguilar tornó a hablar al Gonzalo que mirase que era cristiano, que por una india no se perdiese el ánima, y si por mujer e hijos lo hacía que la llevase consigo si no los quería dejar. Y por más que le dijo y amonestó, no quiso venir…”
¡No puede pintarse más breve y más fiel el drama íntimo de muchos modernos desertores de su fe y de su civilización! Entre los nuevos partidarios de ideologías torpes y sanguinolentas, han florecido los Gonzalos Guerreros a quienes “tienen por caciques y capitanes”. Que no se resignan a ser tal vez meros soldados de la buena causa, por no renunciar a sus cómodos aunque despreciables cacicazgos y capitanías. A los que, acaso, ata un equivocado amor de familia, tan fuera de tino que no para mientes en que su deserción priva a su mujer e hijos del mejor de todos los dones que podría apetecerse para ellos: una existencia digna, limpia, enaltecida por el ejercicio de las mejores virtudes colectivas que registra la Historia; iluminada por las más alentadoras esperanzas temporales y ultraterrenas.
He aquí una vez más el sobrecogedor misterio de la libertad del arbitrio del hombre: no dejan estos tránsfugas de saber, en el fondo de su conciencia, lo que sabía de sí mismo Gonzalo Guerrero: el descenso de su nivel humano corriendo parejas con el ascenso de su nivel económico, la degradación de sus vidas y personas en medio de la menguada prosperidad de que disfrutan dentro del ambiente de canibalismo ideológico que han abrazado: “Tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desque me vean entre ellos ir desta manera…!” Les ha faltado, casi siempre, esa suprema, viril valentía de contrición del Hijo Pródigo.
Muy poco se vuelve a saber del singular destino del infeliz Guerrero. Vivió lo bastante para extremar su traición hasta el grado de oponerse a la espada de los caballeros –de la cual había renegado- cuando los tajos de ésta iban abriendo brecha a la cruz de los frailes en la espesura de la selva material y espiritual del sudeste aborigen. Podémoslo imaginar acaudillando la resistencia a esos avances; replegándose sin remedio ante sus verdaderos hermanos; internándose con su tribu de adopción más adentro en el laberinto sin salida de las inmensas extensiones de árboles y bejucos; hundiéndose más y más en una pantanosa tembladera del espíritu.
Pero, tal vez, antes de hundirse definitivamente en la trampa de la manigua, la columnilla de humo de un campamento cristiano le haya atraído invenciblemente hasta el borde mismo de un claro del bosque. Desde lo alto de una rama, sus ojos se habrán posado, nostálgicos, sobre el brillo glorioso de yelmos y armaduras. Y dos lágrimas habrán rodado quizá por sus mejillas labradas al pensar que sus hijos lucirían más “bonicos” y gallardos revestidos de coraza milanesa y llevando al cinto la patente de hidalguía de un acero toledano…
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