Si Hay Crisis Moral

Identificador: DM-044.
Publicación original: Novedades, 24 de junio de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: crisis moral, sociedad mexicana, periodismo, encuesta, responsabilidad pública.
Ilustración de Si Hay Crisis Moral

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

En cumplimiento de un deber de auténtico periodismo, no podemos menos que apuntar la extrañeza que nació en muchos ánimos ante las declaraciones que un estimado colega, reportero de NOVEDADES recogió la semana pasada a propósito de la encuesta sobre el descenso moral que se palpa en México. Las atribuye, y tal vez se exceda inadvertidamente –es lo verosímil- en esta atribución, a un portavoz autorizado de la Mitra.

Razón sobrada hay para el azoro. Porque, a lo que entendemos, es la primera de las personas entrevistadas con motivo de la encuesta, que niega la existencia entre nosotros de una aguda crisis moral, y porque la respetabilísima condición del declarante parece sancionar, sin apelación, puntos de vista tan equivocados cuanto fáciles de convertir en bandera por los interesados en no reconocer como lo que es, a la podredumbre que nos ahoga.

En tal forma nos da a todos en el rostro la cada vez más rápida progresión de la inmoralidad en el ambiente mexicano, que hasta los menos asustadizos denuncian el hecho y piden remedios radicales. Ello se ha llegado a convertir en un lugar común de comentarios. El tema ha sido explotado aún por el gremio comunista –con torcidos fines, con pretextos antiimperialistas- en algún papel de su propaganda, señalando aspectos innegables de esta estruendosa y ofensiva realidad. Voces tan claras, tan precisas y de tanto equilibrio como la de Alfonso Junco, entre otras muchas, lo expresan.

“Vivimos época de desajuste y crisis. No se trata de valetudinaria cantinela de que todo tiempo pasado fue mejor: ha habido en el pasado humano, tiempos peores. PERO ESTOS AÑOS NUESTROS, EN MÉXICO, MARCAN UN EVIDENTE RETROCESO MORAL RESPECTO A LA REALIDAD QUE CONOCIMOS SIN NECESIDAD DE SER VIEJOS, LOS QUE GUARAMOS MEMORIA DE VEINTICINCO O TREINTA AÑOS ATRÁS”.

(Muchos sólo podemos hacer memoria de quince o veinte años atrás. Y podemos decir lo propio; aunque, tal vez, en este lapso, el contraste con lo actual sea menos vivo).

Cierto, muy cierto, que todavía podemos decir que en conjunto el bien supera al mal. De lo contrario, México tendría el hedor de un cadáver. Pero no es de eso de lo que se trata, sino de que el crecimiento del mal ha sido –sigue siendo- desproporcionadamente gigantesco y de que con frecuencia antes desusada lleguemos a “esta punzante aberración: facilidad para el mal, dificultad para el bien”.

Cierto que en todos los tiempos se han cocido habas en la fea materia que nos ocupa. Pero en México, honradamente, nunca en la cantidad y calidad en que hoy día se cuecen. El aumento en cantidad no es proporcionado al de la población. Al revés: esa proporción es superada con desahogo sumo. A priori, esto se podría comprobar si de ello existieren estadísticas, como es probable. Y en cuanto a la “calidad”, con franqueza, más vale no meneallo. Parece fuera de duda que la índole de nuestra criminalidad contemporánea se halla “adornada” de elementos tales que trazan un índice de perversión muy superior al de la habitual de otras épocas

Por otra parte, hay un engañoso espejismo en atender aisladamente –y no en lo que podríamos llamar el contexto social- a la significación de hechos como el de la hoy extraordinaria asistencia de varones a los templos, singularmente a los ejercicios espirituales del tiempo cuaresmal. Lo que hay en esto es que el estúpido respeto humano con que los años liberales retrajeron al hombre del templo, ha casi desaparecido; y que gracias a eso la Iglesia puede hoy hacer mucho bien al “sector” masculino, que antes se veía impedida de realizar por faltarle las mejores ocasiones. Pero junto a este hecho, ¿no es verdad que –de tejas abajo- mucha de la semilla de vida limpia que en los aludidos ejercicios se siembra, queda parcial o casi totalmente infecunda merced a la disolución moral del ambiente en que de manera forzosa y cotidiana viven los que a ellos acuden?

La dolorosa contrarréplica, en este punto, sería el señalar que, si nunca como ahora van hombres a los templos, al mismo tiempo nunca como ahora van mujeres –no por temporada, sino durante todo el año- a los multiplicados centros de vicio de todos disfraces que hoy se estilan.

Finalmente, apuntemos otro no menudo sino grave equívoco: el hacerse, impensadamente, eco de la malintencionada rutina que afirma que antes se cometían las mismas inmoralidades que hoy, “pero en condiciones hipócritas”… Hipocresía tuvo que haberla otrora, es verdad, mayormente que en nuestros días. Pero ello puntualmente acusa que la moralidad ambiente impedía los cínicos exhibicionismos que ahora se acostumbran. Además, en mucha de la gente que antaño incurría en las mismas viejas debilidades humanas, bajo el agua y a la chita callando, habría que abonarle y agradecerle al menos algo que no era precisamente hipocresía, sino sano sentido del recato, del respeto a los demás y aún de respeto a sí misma. El encubrir las personales indignidades, gracias a los restos de dignidad que se conservan, creemos que no es censurable, sino a todas luces elogiable.

En fin, no tenemos el propósito absurdo de agotar el tema. Sólo hemos querido subrayar la equivocación de negar la decadencia social de las buenas costumbres.

Y la riesgosa trascendencia de esa negación en una voz que para muchos puede ser definitiva fuente de mal fundadas tranquilidades respecto a lo presente y a lo futuro de México.

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