Sentido y Eficacia del Patrocinio

Identificador: DM-390.
Publicación original: Novedades, 30 de enero de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: San Francisco de Sales, patronazgo, periodistas, santo patrono, onomástico, santoral, amistad.
Ilustración de Sentido y Eficacia del Patrocinio, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Celebramos, el 29 de este mes de enero, la fiesta de San Francisco de Sales, patrono del gremio periodístico. Y ello, por asociación de ideas, y considerando la costumbre común en nuestros países de festejarnos el día de nuestro santo, nos ha hecho pensar que probabilísimamente la antigüedad pagana no haya sabido de celebraciones motivadas por el nombre con que, desde el albor de la vida, se signa la personalidad de los humanos. Conjeturamos que esta costumbre está solamente vigente en donde tienen significación social las conmemoraciones del santoral cristiano, y como un complemento de ellas.

Porque, en efecto, la Iglesia, cada día del año, recuerda a un conjunto de personajes que, por haber alcanzado las cimas de la virtud, incluye en el catálogo de los santos. Entre esas personalidades que en su tiempo escribieron las páginas de mayor excelsitud humana, el santoral destaca –por diversas razones- a uno o a varios principales.

Son estos últimos los que la usanza de los países occidentales y católicos ha tomado en cuenta para dar su nombre, en la pila bautismal, a los nuevos cristianos. Hay en ello una suerte de acto jurídico sobrenatural por el que se establece un especialísimo vínculo entre el santo y el que asume su nombre; una categoría sui géneris de relación por la que aquél toma a su cargo el patrocinio de éste, el que a su vez se obliga a una concienzuda imitación de las virtudes del santo patrono.

No puede dudarse de que hay en la costumbre una gran sabiduría. Aun desde el punto de vista estrictamente humano, salta a la vista el acierto de que a cada uno se nos proponga un modelo seleccionado entre los que la Historia registra como mejores, como quienes han dado las más grandes lecciones de carácter, de energía, de dominio de sí mismo, de amor a los semejantes, de realización de empresas las más arduas y extraordinarias que puedan acometerse. Bien mirado ello, se trata de un sostenido estímulo para desarrollar en dimensiones insospechadas la propia personalidad, darle nervio, horizonte, metas determinadas y altísimas.

Aun no siendo creyente, es imposible dejar de ver la trascendencia social, el fecundo valor práctico que la ejemplaridad –concretada en forma viva en quienes fueron de carne y hueso como nosotros- tiene para hacer la vida creadora, armoniosa y pacífica. Lo malo es que esta eficacia suele perderse cuando el rutinarismo convencionalista del cristiano ignorante o mediocre, o ambas cosas a la vez, lo hace quedar en ayunas del formidable dinamismo operante que se le ha entregado al imponérsele un nombre del santoral.

La piedad de nuestros mayores vio, además, ciertos delicados aspectos en el patrocinio de los santos. Hubo de entender que el santo del nombre de cada quien establecía con su patrocinado una amistad verdadera como ninguna otra. Por eso se creyó, con mucho sentido común, que había de haber en esa amistad, además de los elementos de respeto y acatamiento, mucho de cosa cordial, alegre y franca, a veces con sus ribetes de confianzuda si al caso venía.

De esta manera nació con fresca espontaneidad la tradición de los cristianos de estimar como propia la festividad conmemorativa de su santo, en virtud de que las alegrías de los amigos lo son de uno mismo. Así se habla con propiedad del “día de mi santo” y no simplemente de “mi día onomástico”. Esta última expresión lleva implícita una intolerable vaciedad; porque el solo nombre, si no va ligado a consideraciones superiores, a un cierto y señalado valor trascendente, no se ve claro por qué haya de ser motivo de liturgia social alguna.

De modo que de la fiesta del santo, hecha propia por razones de amistad, se extendió el júbilo y la algazara a los amigos del amigo del santo. Y de ahí se tomó pie para las felicitaciones que hasta hoy acostumbramos en tales fechas de regocijo. Con ello, la sociabilidad obtuvo impulso notable y perpetuóse una ocasión de expansiones y obsequios amistosos que mantienen vivos los lazos del espíritu, los afectos y la amabilidad en la convivencia.

Tal es el secreto de que los días del santo sigan teniendo entre nosotros todo su antiguo prestigio, su perfume de sinceridad, suscitando fecundos diálogos de corazón a corazón significados en el abrazo y el presente.

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