Semana Santa
Publicación original: Novedades, 20 de marzo de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Semana Santa, Cruz, Cristo, amor, historia, paz.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Se inicia la Semana Santa, cuyo centro es el drama de la Cruz, que lo es también del drama de la Historia. Su conmemoración debe apagar las preocupaciones banales y el mundano estrépito de los inconscientes, en todo el que tenga un pequeñísimo atisbo del tremendo misterio de iniquidad y del inefable misterio de amor que hay en la Cruz.
Si los hombres penetráramos toda la espantosa hondura metafísica de lo sucedido en el Calvario; si entendiésemos que entraña una horrible conmoción, ya no cósmica, porque esta palabra como que da, modernamente, la idea de una sola parte—la menos perfecta- de lo existente; sino universal, esto es, de todos los planos del ser, del mundo visible y del invisible, de lo corpóreo y de lo incorpóreo, si tal entendiésemos, repetimos, huiríamos como alimañas a buscar en el último retrete de la creación un refugio, un escondite imposible; es de creerse que moriríamos de terror. Hay una suma piedad en el haberse negado a nuestra inteligencia el comprender en toda su formidable dimensión lo que es la muerte de Dios.
Sin embargo, lo que de ello abarque el entendimiento humano, nos sirve de punto de partida para tener aunque sea un remotísimo vislumbre del misterio de amor de la Cruz.
Y si en nuestra miserable naturaleza, el amor de los padres al hijo es lo supremo y arquetípico, lo que no admite parangón con cualquier otro amor, ¿qué cosa anonadadora e indescriptible será en el plano ontológico de Dios, el amor del Padre al Hijo por quien hizo todas las cosas?...
Sin embargo, tanto amó Dios al hombre, que no paró hasta entregar a la muerte a su Unigénito… Sí, Dios nos amó “hasta el exceso”.
Si estas cosas entendiéramos, y de su presencia constante en el espíritu viviésemos, nuestro mundo sería muy otro del que es. Nos veríamos obligados a corresponder la fineza del Amor divino, al menos con el pobre obsequio de nuestro pequeño, imperfecto amor. Y no podríamos tampoco eludir el mandato contenido en el testamento oral de la Última Cena: el llamado mandamiento del amor, la fidelidad al cual, amándonos unos a otros, permitirá saber—dice el Señor- que somos sus discípulos.
¿Es pueril, ineficaz, recordar todo esto a un mundo que tiene consumida su atención en liquidar la más feroz de las guerras…?
Lo pueril y estulto sería no gritárselo con voces que puedan dominar, más que el tableteo de las ametralladoras o el estruendo de los cañones y de las bombas aladas, el alarido de estos odios implacables que tienen envenenadas a las gentes. Hoy es la hora en que el Bien ha de ser supremamente enérgico, recio, varonil, con un ímpetu conquistador, con una santa—implacable, diríamos-, acometividad de ofensiva que convierta en polvo todos los reductos exteriores e interiores del Mal, a modo de coronar esta contienda con un entronizamiento del Amor en la organización de la paz internacional, en la estructuración doméstica de los pueblos, y en la íntima política—si vale la expresión- de cada alma, porque, en definitiva, del interior del hombre sale a la tierra lo bueno o lo malo.
A esta generación toca la responsabilidad—gigantesca, pero ineludible- de volver a anudar los hilos de oro de una Historia cuyos extremos iniciales se sujetan a los clavos benditos de la Crucifixión, y cuya continuidad debe garantizarse hasta el fin de los tiempos, cuando con el último hombre termine el ciclo terrestre del género humano y ponga, felizmente, en la diestra de Dios, el último cabo de la Historia, antes de entrar a la vida perfecta y sin Historia de una Eternidad de Amor.
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