Schliemann, el Troyano
Publicación original: Novedades, 10 de marzo de 1958.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Schliemann, Hisarlik, Troya, arqueología, Homero, fidelidad, vocación.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El pivote inicial de la carrera mercantil de Schliemann –el hombre que, desde niño, soñaba encontrar la perdida Ilión- fue su asombrosa capacidad para la asimilación de idiomas. En pocas semanas fue dominado –hasta un grado aceptable- cada uno de los más necesarios para el tráfico en un puesto norteuropeo como Ámsterdam: el francés, el inglés, el ruso. Ello le permitió, primero, mejorar dentro de su empresa. Y ello le facilitó las relaciones que harían posible que gradualmente se convirtiese él mismo en negociante y fundase en 1847 –a los veinticinco años- su propia empresa.
Su acometividad, digna de las tradiciones hanseáticas, y mejor aún, de los periplos mercantiles de cretenses, fenicios y griegos, lleváronle a Rusia, a los Estados Unidos, al Mesoriente. Ocasiones tan diversas y distantes como la fiebre aurífera en Alta California o la Guerra de Crimea dieron testimonio de su excepcional sentido de la “coyuntura” –como dicen hoy los economistas-, de su capacidad de superación de los riesgos y de su notoria buena estrella. Pasemos por alto las incidencias. El hecho es que en menos de cuatro lustros se hizo extraordinariamente rico.
¿Quién hubiera pensado, en tal momento, que la sensacional carrera de aquel magnate de los negocios no era considerada por su protagonista como una meta en sí misma o como la antesala de un descanso muy apetecible cuando la pobreza ha sido el santo y seña de los primeros años? ¿Quién hubiera dicho que únicamente la veía como un arduo y prolongado camino, necesario sólo como antecedente –obligado, para quien nació pobre- del comienzo de otras rutas extrañamente disímbolas, pero que habían sido y seguirán siendo consideradas por Schliemann como el secreto señuelo de sus exteriores afanes dinerarios, como la verdadera razón y directo curso de sus íntimos anhelos vitales?
Pero así era. Schliemann había perseguido la riqueza como instrumento condicionante de la posibilidad de realizar su sueño de oro infantil: encontrar a Troya, y hacer que el sol alumbrara otra vez su ciclópea arquitectura semipelásgica ennegrecida por el incendio que un día hizo huir hasta el Lacio, en los versos virgilianos, a los penates de Eneas.
Porque Schliemann niño nunca quiso creer en la total destrucción de Troya. Cierto: veía en los grabados de los libros y oía de los labios paternos el estallar de la cólera de Aquiles, las proverbiales astucias de Odiseo, la muerte lamentable de Héctor, y sobre todo, el desconsolado expirar de Príamo a manos de Pirro entre las enormes lenguas de fuego que comenzaban a danzar en una coreografía majestuosa y dantesca. Pero estaba seguro, con todo, de que aquella danza terrible no había destruido por completo su propio escenario.
Y Schliemann el hombre siguió pensando así. En algún punto cercano al litoral de la antigua Frigia, la colina de Ilión debía subsistir guardando en sus entrañas las piedras calcinadas por el furor aqueo acumulado en diez años de asedio. En otras palabras, creyó en los hexámetros de Homero cuando Homero mismo no era para los eruditos sino un borroso convencionalismo de la antigüedad que había dado pie a erróneas creencias milenarias. Pero Schliemann alimentó toda la vida su espíritu de esa fe, que constituyó el oculto y decisivo dinamismo de su desconcertante trayectoria.
Y todos los amantes de la Historia –amantes, por lo mismo, de la Historia- saben que Schliemann, creyendo en los datos y referencias de la Ilíada, halló al fin esa colina y localizó la llanura que fuera proscenio de las proezas de los campeones homéricos. Que hincando piqueta y pala, descubrió la sorprendente superposición de nada menos que nueve “Troyas” correspondientes a otras tantas épocas. Y que una de ellas, la sexta en orden de antigüedad –no la segunda, como él creyó-, era, cabalmente, la Troya de Homero. Y que hasta un tesoro de fábula –que Schliemann pensó, erróneamente, ser el de Príamo- vino a colmar lo maravilloso y deslumbrador de sus descubrimientos.
Después, en los restos de Micenas y Tirinto había de prolongarse esa gloria de original excavador ajeno a la arqueología profesional pero de un instinto certero basado en una confianza –que hasta ahí habría sido juzgada como ingenua y aun estrafalaria- atenida siempre, fundamentalmente, a los dichos homéricos o de otros escritores de luenga antigüedad.
Pero su aureola esencial estaba ya ganada. Desde el punto mismo en que, en Hissarlik, una modestísima colina del Asia Menor otomana, muy poco distante del azul siempre joven de las aguas del Helesponto, había logrado que cobrasen vida corpórea sus entrañables, dorados fantasmas de la niñez, a los que siempre fue fiel.
¿A cuántos no nos ha asaeteado, de niños –como a Schliemann-, el reclamo de alguna obsesión ensoñadora, de una empresa desmesurada, de una ambición de algo tan grande como el mundo mismo y tan bello como un arquetipo platónico?
Lo cierto es que pocos, muy pocos, persistimos fieles a ese ensueño y a esa ambición. Dejamos que las menudas, las grises peripecias de lo mediocre mustien la flor de grandeza que a todos se nos puso en la mano al nacer.
Y si algo hay supremo y trascendente en la inverosímil trayectoria de este hijo de un cuidador de rebaños, es la lección de que esa flor no nos fue dada como estímulo provisorio, apto para hacernos llevadero el inicial, trabajoso aprendizaje de vivir; sino que nos fue entregada como un tesoro de gracia, de color y de perfume al que hay que enriquecer y volver inmarchitable con la savia de perfección y de eternidad que bulle –con increíbles poderes- en el misterio de cada corazón humano.
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