Santo y Seña del Convento Mexicano
Publicación original: Novedades, 12 de diciembre de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: conventos mexicanos, misiones, frailes, arquitectura virreinal, catolicidad, Hispanidad, fray Margil de Jesús.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Nuestros conventos signan el paisaje y el alma de México con ese indeleble sello frailuno de la catolicidad de la Estirpe.
No eran –como ha pretendido la versión romántica y sensiblera de nuestro pasado– refugios o escondites de gentes medrosas y pacatas; oquedades en perpetua tiniebla psicológica, habitadas por topos huidores de la luz del sol. Fueron, propiamente, academias de la milicia del espíritu. Por eso mismo, enseñan, sí, las técnicas ascéticas de signo negativo, esas que adiestran el alma para la retirada estratégica o para la neutralización de las trampas explosivas con las que el oro, el poder y la carne suelen minar la tierra en múltiples episodios de esa lucha constante entre el bien y el mal que es la Historia. Pero ese adiestramiento se subordinaba al aprendizaje varonil, espléndido, de la “blitzkrieg” misionera: ofensiva en el orden del espíritu cuyo empuje lograba arrinconar, incansablemente, al paganismo y a la barbarie en inescapables madrigueras —“bolsones”, diríamos en la jerga acuñada por la última guerra –con un cerco sin posibilidad de ruptura. Dígalo –para no citar más que una de tantas ilustres– esa implacable “blitzkrieg” de caridad y civilización desatada por Fray Margil de Jesús, quien precisamente de un convento, el de la Cruz, de Querétaro, hizo el centro y cuartel de increíbles expediciones que desde Tejas hasta el istmo continental rayaron el mapa mexicano de rutas misionales.
Este género de conventos explica, en una gran parte, el impulso con que México realizó su peculiarísimo quehacer dentro de la tarea general del mundo hispánico. Nuestro vigor ecuménico alcanzó a las Californias, a Nuevo México y Tejas, en el norte. A la América Central, en el sur. A la muchedumbre de naciones del otro lado del mar –como reza la profética expresión bíblica– dispersas en esas islas “Espóradas” de Asia que son las Filipinas y el archipiélago Malayo. Y a ese vigor nuestro hay que atribuir las primeras cabezas de playa del espíritu occidental en el Japón y en la China que amagaron a uno y otra de semillas de Evangelio llevadas de las trojes misionales de los conventos mexicanos.
¿No es cierto que, si con ojos limpios de ciertas endebles lecturas arcaizantes contemplamos los conventuales recintos de más carácter e historia –digamos Actopan, Acolman, Tepotzotlán…- advertimos que la pura ascesis cristiana asume una vibradora intensidad y una original modulación en la macicez de sus piedras nobilísimas? Porque no son éstas las del cenobio sinaítico: fortín de la austeridad monacal en perpetua actitud de defensa contra el oleaje mundano. Hay en las piedras de los conventos mexicanos un sentido más fuerte que el del mero blocao, levantado para las incidencias de una guerra fronteriza de escaramuzas defensivas contra las irrupciones bárbaras del mal. Más bien recuerda su arquitectura, por su estilo y proporciones, que tuvieron y aún tienen –como oprimida energía nuclearia en espera de explosiones liberadoras– un sentido militante y conquistador; una postura de agresión, de iniciativa en contra de las fuerzas obscuras de la Historia. Nos recuerda que fueron, en su ingente dimensión de fortaleza con murallas almenadas, un cuartel general preparado también para las peripecias de un siempre posible asedio; pero cuya orientación fundamental se proyecta más bien a las empresas expansivas al ataque más bien que a la defensa…
Por ello es que una fina y perspicaz sensibilidad descubre sin esfuerzo, en las estructuras conventuales de México, algo así como el sancta sanctórum de nuestras esencias: blasonada actitud militar del espíritu, por una parte; por otra, venerable, brillante ejecutoria cultural enaltecida por el magisterio de las aulas monásticas; y además, abolengo sin paralelo de una catolicidad genuina y sin tacha, apostólica y conquistadora. En suma, la cifra cabal de nuestros pueblos, mitad frailes, mitad soldados; y cada una de esas dos mitades informada de una señera iluminación intelectual –porque todo ideal, para serlo de veras, ha de sustentarse en pensamiento– y hasta de una alta, humanísima y divinísima transfiguración poética que así canta en el soldado Garcilaso de la Vega como en el fraile Luis de León.
De ahí que —a pesar de las obscuridades apocalípticas que parece encerrar el inmediato porvenir— las piedras de nuestros conventos siguen guardando el secreto de nuestro destino histórico. Hoy, como ayer, “se estremecen de Imperio y Teología…”
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