Santo y Seña de la Epifanía

Identificador: DM-472.
Publicación original: Novedades, 6 de enero de 1958.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Epifanía, Reyes Magos, autoridad, universalidad cristiana, Hispanidad, hermandad.
Ilustración de Santo y Seña de la Epifanía

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Alguna vez hemos dicho que los niños siguen siendo saludablemente monárquicos, porque sus preferencias insisten en proyectarse, a pesar de todo, hacia Melchor, Gaspar y Baltasar. En efecto, si la institución regia fue, históricamente, en algunos casos, una insensible transmutación de la autoridad del padre en la antigua “gens”, la infancia, que no ha dilapidado aún su tesoro de intuiciones vitales, coincide con el sentido común, en ver acentuadas analogías paternales en el gobierno civil. Y aún diríamos que en todo gobierno.

Por eso la niñez sabe muy bien que los buenos reyes, y más si aparte de buenos son santos, tienen como uno de sus atributos el de ser como padres para aquellos, sobre los que ejercen jurisdicción. Es natural que los padres gobiernen todo aspecto de la vida de sus hijos, mientras dura la infancia. Pésimo que los quieran seguir imperando como a niños cuando llegan a adultos, confundiendo lo paternal con lo paternalista. Ese es cabalmente el error político de ciertos despotismos “ilustrados”, que niegan perennemente la incapacidad ciudadana, y ejercen un totalitarismo más o menos benévolo.

Pero lo que a los niños directamente importa, estriba en la circunstancia de que es razonable y obvio que los padres regalen y hagan obsequios a sus hijos. Tal es el convincente motivo por el que para ellos, se renueva cada año la Epifanía, la manifestación –que tal significa la voz griega- de un mundo maravilloso en el que las cosas van mejor, y cuya existencia se torna tangible y corporizada en la dádiva yacente junto al calzado. No hay duda cartesiana posible.

De ahí que, sin remedio, los Santos Reyes vienen a constituirse en un señero símbolo. El de un orden de convivencia más equitativo y humano. Los tres monarcas, después de la adoración del Rey de Reyes, y Señor de los que dominan, se han entregado esta noche al encomiable ejercicio de la repartición de premios. En lo que cabe, de acuerdo con virtudes y deméritos, aunque no a todos alcance su magnífico afán distributivo. Y ello no por falta de buena intención, sino por deficiencias que aún a estos reyes no constitucionales es imposible subsanar del todo.

Advirtiéndolo bien, si el alma es naturalmente cristiana, como quiere Tertuliano, se ve claro por qué el espíritu infantil –aún no dañado por la lectura de fríos textos constitucionales- coincida con el cristianismo, en ver en los que mandan algo de la bondadosa fisonomía del padre de familia. De ahí su infalible confianza en el anual reparto de juguetes de los Reyes Magos.

Por otra parte, es la Epifanía el fasto por antonomasia del universalismo cristiano. En cierto modo, la recordación de su nacimiento. Rememora nada menos que la raíz y el símbolo de la incorporación de todos los pueblos a la única corriente histórica, que por su genuino contenido sobrenatural tiene el dinamismo necesario para asumir perfiles perennes. Marca el comienzo del ciclo de la catolicidad o universalidad. En Melchor, Gaspar y Baltasar se manifestó a todos los pueblos, por primera vez, en su plena y radiosa hermosura, la verdad.

Es la fecha esencial y auténtica del antirracismo. De la honda y radical hermandad de los hombres. De aquí en adelante, como exclama San Pablo, ya no hay judío, ni griego, ni romano, ni escita. Todos somos uno en Cristo. Y en los valores fundamentales de civilización de los que Él es eje, y que por eso, por fundamentales, pueden armoniosamente concertarse con las realizaciones válidas de todas y cada una de las culturas nacionales. Valores a los que están llamados, sin distingos étnicos, todos los pueblos.

Nuestro mundo enfermo, a ratos triste, a ratos en angustia por el terrible “suspenso” histórico de esta hora, no tiene más que volver su pupila cansada y en sombras de pavura atómica, a la taumaturgia luminosa de la Epifanía. La Latinidad, más concretamente, la Hispanidad, ha perseverado en la devoción colectiva a la efeméride. A su espíritu de equitativas distribuciones, antirracista y antidiscriminatorio. De pacífico disfrute de los dones materiales y culturales que han sido hechos para regalo de todos. Por eso pensamos que muchas veces, en medio de inmerecidas pobrezas, nuestros pueblos han sido y siguen siendo más felices que otros.

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