¿San Miguel y el Diablo?
Publicación original: Novedades, 14 de octubre de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Núremberg, justicia, retroactividad, pena de muerte, Cruz Roja, posguerra.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
La Cruz Roja Mexicana dejó oír la voz de la sensatez, al presentar a la consideración de la directiva internacional de la Cruz Roja y a la Cruz Roja de los Estados Unidos, una moción que sugería el interceder para que se tratara con clemencia a los enjuiciados de Núremberg, para quienes se ha decretado la pena de muerte. Este rasgo responde a las más propias y nobles tradiciones pacificadoras de la benemérita institución, cuyo historial entre nosotros es uno de los más limpios y ejemplares. Concuerda, a la vez, con lo que la prudencia aconsejaba en el sentido de no envenenar aun más el ambiente del mundo con la comisión de hechos de sangre que, como la inminente privación de la vida a los jefes alemanes, no agregan nada a la victoria aliada, y sí dejarán, en cambio, tras de sí, una estela de odio que nada podrá extinguir. Infaustamente, la Cruz Roja Mexicana no vió prosperar su generosa al par que sabia iniciativa.
Por otra parte, toca a este comentario decir claramente que las sentencias dictadas en Núremberg quebrantan todos los precedentes y el espíritu mismos de nuestra civilización. Incluso un senador estadounidense, Robert A. Taft, ha tenido la franqueza de señalar el vicio de retroactividad de estas sentencias. La retroactividad, en cualquier circunstancia y tratándose de cualquier persona, es –todos los sabemos- una evidente y monstruosa lesión del Derecho, particularmente en el campo penal. Por ello concluye Taft que “la condenación de los once acusados en Núremberg será una mancha en el “record” americano, que por largo tiempo lamentaremos”. La historia se encargará de confirmarlo.
Además, por ningún lado aparecen otros de los requisitos que pudiesen dar juridicidad al proceso: la previa existencia de un tribunal con competencia, al menos tácita, para conocer de los delitos imputados, primeramente; después, la no existencia de motivos de recusación de los jueces por razón de ser partes en el litigio. Ambas tachas invalidan las actuaciones de Núremberg.
De este modo, al arrogarse, por sí y ante sí, las naciones victoriosas, una especie de derecho soberano mundial, rompen el principio de la igualdad internacional, según el cual todas las soberanías nacionales son idénticamente respetables y legítimas, y tienen parejo valor. En virtud de ello, sólo tribunales alemanes podrían lícitamente encausar a los altos funcionarios del gobierno nacional alemán. Se trata de una sencilla verdad de Pero Grullo. Y, desconocerla, en la ocasión presente, equivale a dar la razón al malicioso proloquio que declara: “Hoy es la fiesta de San Miguel; pero si el Diablo hubiera vencido a San Miguel, hoy sería la fiesta del Diablo”. Bien miradas las cosas, es un disparate pensar que el Diablo pudiese vencer a San Miguel; pero no viene a cuento el aclararlo. Lo cierto es que en esta guerra ni vencido, ni vencedor fueron enteramente San Miguel ni completamente el Diablo. Por tanto, era una elemental medida precautoria evitar que en este caso –imagen de otros posibles similares- fuese verdad cumplida lo que sombríamente expresó el coronel general Alfred Jodl: “Si la guerra hubiese tenido otro desenlace, otros podrían ser los que aquí estuviesen siendo juzgados por las mismas causas”.
Cuando norteamericanos como el honrado historiador Walsh han reconocido la ineludible criminalidad del asesinato en masa consumado en Hiroshima y Nagasaki (esto de tal modo que la misma Conferencia Internacional de las Cruces Rojas que se ha celebrado recientemente en Europa y en la cual participaron todas las organizaciones de Cruz Roja en el mundo, en cuenta las de los Estados Unidos, Rusia e Inglaterra, condenó unánimemente, por cruel y antihumanitario, el uso de la bomba atómica), y cuando se pasa lista a los millones de víctimas de la crueldad soviética, no se puede menos que recordar la increpación de Cristo a los lapidadores de la mujer adúltera, y volver a insistir en que el juicio de Núremberg rompe el principio de la igualdad de las soberanías y hace que quienes, en esta hora de pasión, conservan el equilibrio y la mesura, se pregunten: ¿Y quien juzga a los juzgadores?...
Todo lo anterior obliga a inferir, asimismo, una nada remota posibilidad. En el conflicto inevitable entre occidente y Rusia, el primero, por desgracia, y por causas bien conocidas, no tiene en las manos todas las cartas del triunfo. En la hipótesis –que es de esperar jamás se realice, pero que es posible- de una derrota occidental, los líderes anglosajones no estarían a su vez, en aptitud de alegar en su favor, ante sus jueces soviéticos, el mínimo derecho que han negado hasta a aquellos que –como los altos jefes militares alemanes- no hicieron más de lo que sus equivalentes en el cambo aliado: obedecer las órdenes de la suprema autoridad del propio Estado.
Independientemente del juicio que ante la historia merezcan los nazis vencidos, el mundo pagará tal vez muy caro, el error cometido en Núremberg. Lo peor es que, tal vez, todos, actores y espectadores, sufriremos las consecuencias.
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