Roma ha Hablado
Publicación original: Novedades, 17 de enero de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Pío XII, democracia, Estado, autoridad, doctrina social católica, filosofía política.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Nos creemos obligados a referirnos al amable lector de NOVEDADES que, aplaudiendo la intención, ha estimado inoportunos varios de los temas y alusiones de nuestros artículos. Puntualmente queremos ahora atraer su atención al hecho de que esos temas y alusiones han sido tocados en el reciente mensaje de Navidad del Padre Santo. Con eso queremos decir, al amistoso observador que, en nuestra humildísima esfera, hemos tenido la fortuna de coincidir con la sapientísima alocución papal en la apreciación de la importancia, para el mundo, de los puntos en cuestión. La Verdad, dice el Apóstol, debe proclamarse con ocasión o sin ella.
De esos puntos, uno cardinal sin duda lo viene a constituir el relativo a la democracia. Un observador imparcial no puede menos que admirar en las palabras del Papa, una vez más, el invariable apego de Roma a los principios inmutables. Una constante nervadura de lógica interna en las actitudes de la Santa Sede. Esplende ella, particularmente, en el tema democrático.
Otra vez, ha quedado en claro en qué sentido la Iglesia reconoce la bondad de los principios democráticos. En qué otro, sigue manteniendo las viejas condenaciones del siglo pasado contra la falsa democracia. Es una cuestión de contenido de las palabras, que es necesario subrayar, especialmente, para quienes, militando en el campo católico, no atienden cual cumple a la substancial distinción.
Para la doctrina social católica, es plausible la participación del pueblo en las funciones de gobierno; pero dentro de una organización de acuerdo con la naturaleza del hombre y la sociedad. Es condenable, en cambio, la llamada democracia liberal: por falsa, tiranizadora y herética; por escamoteadora del bien común; por basarse en principios ridículos y erróneos: Rousseau, Montesquieu; por su falacia monstruosa de esclavizar a pueblos e individuos en nombre de la libertad; porque predicando en forma absurda la igualdad, ha originado las desigualdades más irritantes.
Es obvio, pues, que cuando el Pontífice afirma que los pueblos “han asumido, respecto del Estado y de quienes los gobiernan, una nueva actitud que interroga, critica, desconfía,” alude a los vicios de principio, de organización y de prácticas políticas que existen en ambos lados de la actual beligerancia. E implícitamente, deja intocadas las porciones de verdad que en los sistemas de los dos campos puedan reconocerse. Fundamentalmente, condena el principio liberticida de la omnipotencia estatal. En cualquier forma de indebida concentración de poder: unipersonal o colegiada.
Si bien se mira, su crítica alcanza lo mismo a la dictadura personal si ella vulnera los derechos humanos esenciales, que a la ilimitación legislativa de los parlamentos de corte liberal que pueden decretar todo, incluso “el hacer un hombre de una mujer” o viceversa, como se ha dicho donosamente del parlamento británico. En el fondo vital del problema, no importa que sea uno o sean muchos los violadores del orden absoluto de los seres y los fines, dentro del cual se halla comprendido el orden social. Lo que atrae el anatema, es la violación misma.
Y ello vale lo mismo para los gobernantes que para los gobernados. El mensaje del Vicario de Cristo reitera la condenación del principio anárquico que—alguna vez aquí mismo lo recordamos- al par del despótico se encuentra en germen en los dogmas liberales: “Y si los hombres… negaren toda dependencia respecto a una autoridad superior que posea facultad coercitiva, podrían por este mismo hecho hacer desaparecer el apoyo bajo su propia dignidad y libertad, al violar el orden absoluto de los seres y sus fines.” Irresistiblemente, nos viene al magín el desfile interminable de gobiernos en la Francia de la preguerra: gobiernos sin prestigio, sin fuerza, sin autoridad, gracias a un vicioso sistema político.
Modestamente, creemos también haber acertado al aludir incidentalmente al plutocratismo electoral norteamericano, señalándolo como lacra democrática. Así el Papa habla de “los explotadores más o menos abundantes que han aprendido a usar el poder del dinero y de la organización con el objeto de lograr una posición privilegiada por encima de los demás y que han conquistado el poder.”
Finalmente, recuerde el fraternal censor aquel nuestro escrito sobre la necesidad que tiene México de un numeroso conjunto de gente selecta que entienda las jefaturas sociales como misión de servicio y no de esquilmo. Creemos encontrar un paralelismo con lo que Pío XII expresa, al decir que los pueblos requieren “un grupo selecto de hombres que no se limite a una profesión o categoría social…; hombres escogidos por sus firmes convicciones cristianas, su recto y firme juicio, dotados de un sentido de lo práctico y equitativo…; de principios claros y justos que tengan proposiciones también claras que hacer; capaces sobre todo, gracias a sus limpias conciencias, de ser directores y cabezas”.
Perdone el lector si parecemos inmodestos. En rigor ejercitamos el derecho de defensa.
Comentarios
Publicar un comentario