Restauración de la Inteligencia
Publicación original: Novedades, 12 de marzo de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Santo Tomás de Aquino, tomismo, metafísica, inteligencia, verdad, universidad, libertad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El siete de este mes de marzo el mundo religioso y el mundo filosófico han recordado una vez más a un gigante de la santidad y del pensamiento, que floreció –como se expresa Dante de “la bienaventurada Beatriz”- “entre los cristianos de la centuria décimotercia”: Tomás de Aquino.
No podemos menos que recordar, a propósito de esta efemérides, que hubo un tiempo en que, en frase del filósofo del Derecho, Recaséns Siches: “toda postura pulcramente filosófica resultaba sospechosa”. Por concomitancia, cuanto dijera relación con la ciencia del ser movía a desdeñosos encogimientos de hombros. Aristóteles –salvo en lo atañedero a la Dialéctica-, Platón, o San Agustín o el propio Aquinate resultaban así, de una plumada, tachados en el mapa de las preocupaciones de quienes se tenían por cultos. Junto con ellos, otras muchas egregias luminarias del esfuerzo intelectual del género humano quedaban, para la mayoría, tal como si nunca hubiesen existido.
Hoy, por fortuna, esa actitud ingenuamente dogmática y limitativa impuesta por el positivismo ha sido barrida en todos los frentes. El mundo de la cultura sitúa nuevamente en estima privilegiada a los grandes maestros del pensamiento. Sólo de vez en cuando la discordancia menor de plumas cortadas según la usanza ochocentista repite aquello de “la pretendida ciencia metafísica” y otras inepcias del mismo género chico. En cambio, todos cuantos representan hogaño un verdadero valor de la inteligencia, reconocen la validez del conocimiento metafísico y la autenticidad del magisterio de los inmortales de la Sabiduría.
Y concretamente, en lo que hace referencia al que mereció entre otros el supremo dictado de Sol de Aquino, es interesante subrayar cómo entre los no creyentes suelen darse las nobles manifestaciones de sorpresa, y una alborozada impresión de novedad y de hallazgo ante la fuerza y la fertilidad de sus concepciones. Memorable por todos conceptos es la confesión de Ihering –tan traído y llevado en tratados y cátedras jurídicas- cuando declara: “Ahora que conozco este vigoroso espíritu, me pregunto cómo es posible que verdades como las que él ha expuesto hayan podido caer entre nuestros sabios protestantes en un tan completo olvido. ¡QUÉ DE ERRORES SE HUBIERAN EVITADO, SI SE HUBIESEN GUARDADO FIELMENTE SUS DOCTRINAS! Por mi parte, creo que de haberlas conocido a tiempo no hubiera escrito mi libro –alude a su Der Zweck im Recht—, porque las ideas fundamentales que yo había de publicar se encuentran ya expresadas con una claridad perfecta y una relevante fecundidad de concepción en este potente pensador… Desgraciadamente, no me hallo ya en condiciones de ocuparme en la Escolástica medieval y en la moral católica contemporánea y de reparar mi negligencia”. Voces tan insospechables como ésta, deben mover a la meditación y a honradas revisiones de su sistema mental a quienes aún se han mantenido a la zaga. Por otra parte, urge que la extraordinaria obra de Santo Tomás gane cada día nuevas inteligencias para la Verdad a la vez que a esa muchedumbre de corazones rectos que inquieren anhelosamente por el Bien y el Orden en un universo asolado por la desorbitada prepotencia del Mal y la Subversión. Porque, como al tenor de otras plumas ilustres declara Maritain: “El mal de que adolecen los tiempos modernos es ante todo un mal de la inteligencia”, y el movimiento de renovación espiritual “que se esboza en el mundo no será durable y verdaderamente eficaz, si la inteligencia no es restaurada”. Porque hoy, “como en los días de la creación del mundo, el Verbo está en el principio de las obras de Dios”.
Nos atreveremos a apremiar –no por quien somos, sino por la intrínseca trascendencia del caso- a los sobresalientes representativos del tomismo en México la consideración de fórmulas más operantes aún que satisfagan la ingente necesidad de difundirlo más extensamente en los centros de estudio y entre todos los espíritus cultivados que se preocupan por las disciplinas de más alto rango. Es ello, a la par, una exigencia de la cultura y de la Patria. La síntesis tomista tiene para aquella tremendas posibilidades galvanizadoras y vertebradoras. Para la Patria puede ser objetiva prenda agorera de un porvenir de libertad. Porque la verdad del de Aquino, como de toda verdad afirma la sentencia evangélica, es lo que realmente puede hacer libres a los hombres al darles un instrumento eficaz para superar las contradicciones contemporáneas.
Cuando tal verdad rigiese y vertebrase el espíritu de nuestras clases directoras, habría más probabilidades de que en México se alcanzase esa paz verdadera que nuestro monje medieval definió luminosamente como “la tranquilidad dentro del orden”.
Comentarios
Publicar un comentario