Reglas de una Buena Orden

Identificador: DM-447.
Publicación original: Novedades, 8 de julio de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: autoridad, órdenes, administración, comunicación, dignidad humana, disciplina.
Ilustración en blanco y negro de Reglas de una Buena Orden, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Hace poco dijimos que la consideración científica de las comunicaciones entre los miembros de la empresa moderna, después de sistematizarlas, ha procedido al análisis de cada uno de sus tipos. En la imposibilidad de referirnos aquí a cada uno de ellos, podemos al menos detenernos en algunos que resultan singularmente ilustrativos para subrayar el trascendental enfoque humano –que en este caso resulta ser la actitud realmente técnica- con que es visto ahora el problema del relacionamiento de los hombres dentro del negocio, especialmente el negocio grande y complejo que cada vez caracteriza más a nuestra época.

Entre las comunicaciones verticales descendentes, esto es, aquellas que partiendo de los superiores ponen a éstos en contacto con los subordinados, destaca por su importancia decisiva la orden. Este tipo de comunicación es de tal manera esencial que sin él no es concebible siquiera la vida misma de la comunidad de trabajo que la empresa significa.

La orden, si bien se mira, hace posibles todas y cada una de las funciones administrativas. La Planeación que fija políticas, procedimientos y programas, lo mismo que la Organización, que establece relaciones funcionales y de jerarquía entre los puestos. La Ejecución de igual manera que el Control –voz, ésta, extranjera, pero cuya peculiar semántica administrativa impide desarraigarla del uso- cobran realidad primera merced a la emisión de órdenes en que se manifiesta el ejercicio de la autoridad.

Desde un punto de vista más restringido y usual, la orden se manifiesta sobre todo en la función ejecutiva, que en cierta manera es la médula de lo administrativo, ya que en última instancia nadie planea, organiza o controla sino para ejecutar bien algo. En este sentido, la orden del superior persigue la modificación de una situación concreta y determinada, al través de la actividad del subordinado.

Pues bien, al través de este hecho tan cotidiano y repetido que es la orden, podría aparecer ocioso y hasta como excesivo academismo el análisis. Sin embargo, es obvio que puede uno razonablemente preguntarse el porqué de tantas órdenes que en el mundo se dan –en este caso, en el mundo de los negocios- y que resultan en la realidad total o parcialmente ineficaces: por no cumplidas o cumplidas a medias.

La pregunta de ninguna manera carece de interés, y su respuesta estriba en que toda orden tiene sus condiciones técnicas de eficacia. Estas condiciones tienen que ver sobre todo con determinadas características de quien da y de quien recibe la orden. Es decir, hay que tomar en cuenta datos humanos en los que lo psicológico y lo sociológico suelen estar entremezclados.

Fundamentalmente, toda orden debe ser dada teniendo en cuenta las normales deficiencias humanas que hay que superar tanto en el propio jefe como en el subordinado. Y junto a estas imperfecciones de nuestra naturaleza, han de considerarse también datos de signo positivo, verbi gratia, el sentido de la propia dignidad que a todos es innato, cualquiera que sea nuestro nivel social y nuestra ubicación jerárquica en un centro de trabajo.

Por ello es que, aunque a primera vista pudiesen antojarse pueriles recetas de almanaque norteamericano, las siguientes normas, tan sencillas y algunas incluso con un dejo de Pero Grullo si se les considera aisladamente, han demostrado una extraordinaria efectividad siempre que, articuladas en un todo sistemático, dan base a una actitud constante del espíritu, a una especie de criterio profesional del buen administrador de negocios:

  1. Planear y preparar la orden, ya que la precipitación autoritaria suele ser pésima.
  2. Asegurarse de que quien va a recibir la orden es la persona indicada.
  3. Asegurarse también de que la va a recibir por el conducto debido.
  4. Considerar breve, pero atentamente la manera en que la orden se va a transmitir.
  5. Explicar con claridad el contenido y las razones de la orden.
  6. Asegurarse de que ésta ha sido entendida.
  7. Comprobar su cumplimiento.

Insistimos: no debe engañar el sabor de almanaque que una primera lectura de estas reglas pueda dejarnos. Vale la pena meditar un poco sobre cómo el olvido de todas o de una sola de ellas puede tener consecuencias gravísimas y muchas veces irreparables en cualquier organismo social, pero sobre todo en aquellos en los que el trabajo en conjunto se basa en una disciplina no ciega sino –contra añejas teorías- inteligente y lúcida.

Dar una orden es lo más sencillo y espontáneo del mundo. Dar una buena orden ya no resulta en la realidad tan sencillo, porque es un viejo axioma que el ejercicio del mando suele crearse sus propios vicios que lo desnaturalizan o lo hacen ineficaz.

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