¿Qué es el valor?
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: valor, fortaleza, heroísmo y vida espiritual.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El decadentismo liberalesco y la grisácea contienda de trincheras del primer conflicto mundial, habían dado por caduco al valor. La aspereza de las fuertes realidades elementales que la segunda gran guerra impuso al hombre, hizo otra vez estupendamente actual el tema del valor y del heroísmo. Claro que éstos no se agotan en el hecho de las armas. Empero, éste los manifiesta y realiza por modo excelso. Y por otra parte, todo rasgo de valor, en su íntima realidad, supone siempre un esfuerzo, un combate de orden fundamentalmente espiritual entre dos o más fuerzas antagónicas. Otra vez lo hemos dicho: en el fondo de la valentía del sabio, del explorador, del ciudadano cumplido, del buen padre de familia, del varón de Dios, hay –como en la del guerrero- un enérgico sentido de milicia y de batalla. Consigo mismo, con los peligros geográficos, con un malsano ambiente social o con los enemigos del alma, esa trilogía maligna que el viejo Ripalda enseñó a odiar: el mundo, el demonio y la carne. Ya el Apóstol lo dijo: en cualesquiera circunstancias, la vida del hombre sobre la tierra es milicia.
Es por ello que siempre –pero singularmente en esta coyuntura histórica, que hace avizorar riesgos inmensurables- a todos nos importa dilucidar la esencia y significación verdadera del valor.
Confúndelo muchos con el simple arrojo físico, que es más bien cosa de fisiología, de temperamento, e inclusive, con frecuencia, de salud orgánica; sin caer en la cuenta de su primaria significación de virtud, de expresión de un carácter, lo cual es atributo inmediato de la psicología, y que se asienta propiamente en la voluntad iluminada por la inteligencia. La intrepidez verdadera, es cosa de virtud, de fuerza del espíritu.
Corresponde su ubicación a la virtud de la fortaleza.
Supone la fortaleza una postura decisiva y lúcida ante el problema de la vida y de la muerte. Porque el ánimo osado, en todas las batallas de la vida –digámoslo sin rodeos-, sólo es tal cuando lo vivifica no el temor a la muerte, sino la certeza de la muerte. Porque en toda derrota –siempre posible- hay una presencia, más o menos fragmentaria, o bien total, de la muerte. Y la muerte, para el hombre que ha desechado a Dios como explicación del universo, equivale –no hay que cavilar mucho- al aniquilamiento, a la destrucción del ser, a las tinieblas de la Nada. Es por ello que ese mundo que se nombró a sí mismo “moderno”, y cuya “modernidad” está en trance de liquidación histórica, se consume en el horror a la ascética, que es, en cierto modo, muerte. Muerte de lo que no vale la pena de que viva, de lo que no tiene derecho al ser. De aquello que San Pablo llamó “el hombre viejo”.
Tal es la razón de que el hombre del liberalismo sea la más perfecta antítesis del santo o del héroe, los dos tipos en que encarna, supremamente, el valor. Ahí radica la explicación de ese absurdo –reiterado millares de veces- de infinidad de soldados de hogaño, corroídos de “modernidad”, que han ido a la muerte del combate, sí, pero aletargando previamente la cobardía o la enfermiza apatía de su espíritu en la borrachera de los sentidos: vino, mujeres y cantos de taberna.
No muere así, por cierto, el mártir que salta a la arena del circo para ofrecer sus carnes a las garras y a las fauces de las fieras. Ni el héroe auténtico de todos los tiempos: Leónidas y sus trescientos espartanos, en las Termópilas; los defensores del Alcázar toledano; los Niños Héroes, en el de Chapultepec. Por una parte, los paganos anteriores a las etapas decadentes no hicieron privar la materia sobre lo trascendente. Por otra, la visión de los defensores de los alcázares español y mejicano se ubicaba en la cultura que proyecta al hombre a una vida perfecta y ultraterrena. Unos y otros supieron, con mayor o menor sabiduría, que “la verdadera vida es la que está siempre ante el pensamiento de la muerte”. Y que ésta no es sino la puerta de oro que puede franquearnos el paso a la vida esencial, que es Dios.
Junio 25, 1953
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