Puertas y más Puertas

Identificador: DM-432.
Publicación original: Novedades, 18 de marzo de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: puertas, arquitectura, simbolismo, historia del arte, catedrales, San Pedro.
Ilustración en blanco y negro de Puertas y más Puertas, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Diversas razones hacen ocuparse atentamente de ellas a ingenieros, arquitectos, carceleros, presos y porteros. El resto de los mortales no paramos mientes en las que, de todo jaez y hechura, suelen darnos el paso cada dos minutos en todas partes. Ni en realidad, tenemos porqué prestarles más que una mínima sombra de atención porque casi siempre hacemos uso de ellas en forma instintiva y automática.

Sin embargo, es curioso advertir la gran cantidad de puertas de que hemos menester en la vida diaria; y eso sin contar las de muebles tales como arcas, roperos, escritorios, etcétera. Para no hablar sino de lo más cotidiano, gracias a las puertas nos es dable penetrar a nuestra casa y a cada una de sus habitaciones; a los edificios públicos o a los ascensores. Por ellas entramos a los vehículos: automóvil, tranvía, autobús, ferrocarril o aeroplano. Asimismo, a los templos, tiendas, centros de espectáculos o a tan menudos recintos como las casetas telefónicas. En fin, uno de esos ociosos observadores de cosas inútiles podría quizá fácilmente calcular que una persona que en la ciudad sale por la mañana de su casa, al rendir la jornada habrá hecho uso de más de un centenar de puertas sin haberse fijado siquiera en ninguna.

Las excepciones trágicas serían, por obstinadamente cerradas, las puertas de ministerios y consultorios médicos. Y claro está, las puertas de autobuses citadinos, huacales rodantes en que los pollos humanos recuerdan en su apelotonada asfixia lo del callejón famoso: Sal-si-puedes, o lo del castillo encantado sobre nubes: Subirás, pero no bajarás. No en balde esas puertas camioneras que jamás se abren cuando es debido han dado lugar a la popular locución que entre nosotros expresa gráficamente el mayor de los apuros, casi la agonía cuando en las situaciones difíciles y a las que no hallamos salida decimos que “ya pedimos esquina”.

Por otra parte, viendo las puertas desde un mirador más intelectualista y poético, nos encontramos con que suelen aprovecharse en literatura, pintura o escenografía como símbolo de cosas muy variadas.

Así, abiertas, pueden serlo de libertad, por ejemplo, o de la llana y campechana franqueza. De acogedora hospitalidad lo mismo que de refugio; o tal vez de descuido, por la sentencia que reza que ante el arca abierta, el más justo peca.

Cerradas por el contrario, vienen a ser emblema amargo de calabozo. De recelo quizás, o de misantropía. A veces, de previsión laudable. En otras ocasiones, sencilla, noblemente, expresan la dignidad y reserva de las casas con señorío, el ascético recogimiento religioso, la solemne intimidad de lo sagrado, o, por último, la incógnita –fascinante, temerosa, inviolable- del misterio.

Los antiguos, que tuvieron siempre excelentes ojos para intuir la virtud simbolizadora de las cosas, tributaron a las puertas principales una especial reverencia. A veces con rituales ceremonias antes de pisar el umbral doméstico, el de la residencia de los dioses o el de la del magnate. Y siempre se esmeraron en el atuendo majestuoso de jambas, dinteles y demás elementos arquitectónicos que precedían o enmarcaban las puertas. Díganlo las solemnes avenidas de esfinges los obeliscos, pilones y colosos que montaban la guardia a la puerta de los templos egipcios. El propíleo, que hacía columnario pórtico a la de los santuarios griegos. Los prolongados vestíbulos de los adoratorios chinos y japoneses. Las rampas almenadas y los alados toros de las entradas de los palacios asirios. Dígalo también Jano, dios tutelar de las puertas romanas.

Y ¿qué decir del singular prodigio de arquitectura de las puertas catedralicias del Medioevo, subrayadas por el primor escultórico de estatuas de bienaventurados, o por la exquisitez de ebanistería o de forja, de las que pueden ser señalado ejemplo las broncíneas hojas de la puerta del florentino baptisterio de San Juan, a las que juzgó Miguel Ángel dignas de la puerta misma del Paraíso? ¿Y qué de las grandes puertas de las viejas ciudades amuralladas, verdaderas arrogancias del poder de expresión estética del hombre?

En todos estos casos se adivina el vigor de aquellos espíritus graves, transidos por la preocupación de lo trascendente. La puerta, para ellos mantuvo siempre un prestigioso simbolismo. Tal vez no deja de haber en ello una secreta y poderosa razón. Por algo hizo Sansón la suma afrenta y burla de los filisteos cuando arrancó de cuajo las puertas de Gaza, ciudad que en estos días causa las inquietudes del mundo. Y no en balde la portería de la Ciudad de Dios encomendase a personaje de tanto viso como San Pedro, Príncipe de los Apóstoles…

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