Púdrele el Corazón

Identificador: DM-072.
Publicación original: Novedades, 25 de febrero de 1949.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Hispanidad, odio a Cristo, civilización católica, absolutismo, Ilustración, liberalismo y Fuero Juzgo.
Ilustración de Púdrele el Corazón

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Son notables y contundentes las palabras del historiador norteamericano William Thomas Walsh cuando expresa de los españoles algo que debe hacerse extensivo a todos los pueblos de nuestra Estirpe: que ha sido su “privilegio” el sufrir en propia carne, “de un modo particular” por razón del “odium Christi”, “el odio peculiar que el Príncipe de este mundo ha instigado siempre contra el nombre de Cristo”.

Estas palabras dan la clave de los azares históricos que han sufrido nuestros pueblos desde hace más de dos centurias. La gran conspiración contra Occidente hubo de ensañarse en lo que era flor de su cultura.

Porque el mundo hispánico representaba –aún representa- la pertinacia de la occidentalidad en continuar el gran proceso creador del Medioevo, interrumpido por las defecciones renacentistas y luteranas. A la marcha atrás, al reaccionarismo significado por éstas, la Hispanidad seguía oponiendo, con terquedad que exasperaba, la proa tajante de su nave espiritual, militar y política: nueva Arca insumergible en un diluvio en que el resto de la Cristiandad sufría en mayor o menor grado lastimosos naufragios.

Vino la decadencia de España, fracasada en su empeño de salvar náufragos europeos; aunque victoriosa en la gesta –inigualada- de suplir las pérdidas de la Catolicidad con robustas cristiandades americanas. Y enfermo o sesteando, el león español conservaba latente la pujanza sin paralelo que había puesto al servicio caballeresco de la civilización cristiana. Qué mucho, pues, que las fuerzas obscuras que habían decretado la muerte de esta civilización, señalando con siniestro índice a España –en realidad, a todo el Imperio-, dijeran a cada uno de sus secuaces, infiltrados en los ministerios borbónicos, en la burocracia, en el ejército o en las letras lo que el poeta manifiesta en admirable cifra:

“Esta es la Iglesia, en flor, de la Esperanza..

¡ésta es la yerba verde que conviene segar!

Roma será cabeza, sin brazo, si ella muere.

Si muere, el Occidente, sin sol, se nublara”…”

Pero que había que redoblar la astucia, el tacto, la hipocresía:

“Disimula las puntas de tus cuernos..

No le presentes guerra frente a frente,

que es gente endurecida en pelear.

PÚDRELE EL CORAZÓN COMO A UNA FRUTA;

socávale el cimiento; haz tu tarea

lenta como la lluvia y la humedad”.

Y así se hizo. El corazón del Imperio empezó a podrirse con la gusanera de la Enciclopedia y de las corrientes absolutistas importadas de Francia por los Borbones. La tarea fue lenta “como la lluvia y la humedad”; pero de una colosal eficacia porque logró que la obra subversora del orden fuera apadrinada cabalmente desde la cúspide, que era el Rey. Y éste, por supuesto, trataba por todos los medios de hacer echar en el olvido aquella antigua fórmula medieval del Fuero Juzgo que era medula y esencia de la Constitución tradicional de las Españas: “Rey serás si fecieres derecho; et si non fecieres derecho, non serás Rey”. Y pugnaba, en cambio, porque se creyera como si fuese el Credo, en el aforismo de Luis XIV: “Los reyes son señores absolutos”.

En esa tiniebla y cárcel que es la Edad Media para los pontífices de la “fantasía-historia”, el pueblo intimaba al monarca el cumplimiento del Derecho. En las luces y salón de recreo de la diz que modernidad, de la Ilustración y de Voltaire, el monarca intimaba al pueblo la abyecta sumisión al despotismo. Como las “nuevas” ideas enseñaban a renegar de Dios, “el hombre se entregaba al absolutismo por falta de Absoluto”. ¡Terrible desquite de la Historia!

Fue así como hubo de triunfar la revolución liberal y estatista sobre la altiva solera católica de la hispanidad. Era la apoteosis del “odium Christi” sobre las ruinas del perfil fundamental de nuestros pueblos, que es: “el servicio militar obligatorio de Cristo”.

Y aun sufrimos las consecuencias de esa fórmula:

“Púdrele el corazón como a una fruta…

 


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