Público y Cine

Identificador: DM-087.
Publicación original: Novedades, 22 de marzo de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: cine, público, crítica cinematográfica, moral, educación y televisión.
Ilustración de Público y Cine

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

No se puede negar la importancia y el interés que asume el pulsar las reacciones del espectador ordinario del cinematógrafo; las varias maneras de opinar que una misma película suscita; los gustos, tendencias y modo constante de ver las cosas que en lo individual y en lo colectivo se explican por el influjo del espectáculo. Nada de todo esto resulta baladí para la inquietud sociológica, moral o educativa, dado el tremendo poder de sugestión de este arte, ciertamente el más poderoso de nuestro tiempo.

De mí sé decir que poco habrá que me haya resultado a una vez tan desconcertante y aleccionador como ciertas reacciones y juicios con referencia a géneros cinematográficos o a películas determinadas. El desconcierto suele ser del que desconsuela: no entendemos las preferencias por las llamadas “comedias musicales”, las tramas “gangsteriles” o análogas, o los argumentos manidos a base de “diosas blancas” de tribus negras y remotas. Son ejemplos de una nutrida nómina de tipos de producción cinematográfica, en los que toda estupidez, y mucha, pero mucha bajeza moral suele tener su asiento… Otras veces, la sorpresa conforta y nos hace pensar que todavía estamos a tiempo para al menos equilibrar, en sus efectos en la psicología colectiva, lo que el cine ha logrado por lo que concierne a su progresiva cretinización y desmoralización de las multitudes de los pueblos occidentales. Entre estas sorpresas que confortan podemos contar el innegable buen éxito de algunas obras que no hay que vacilar en decir que son extraordinarias. Así, la hoy ya vieja pero estupenda cinta italiana “Escipión el Africano”, en que a despecho de sus fallas técnicas –recordemos, nomás, sus detestables “close ups”, o sea, los cambios de escena, que en su primera mitad recuerdan los años del cine mudo- y de algunas deleznables interpretaciones de personajes secundarios, nos entrega como ninguna “el secreto de la majestad y el interés de la Historia”, que diría Antonio Caso. De igual modo, la española “Locura de Amor”, rebosante de perfecciones interpretativas y que aun en sus elementos folletinescos revive a maravilla la “atmósfera” humana de un importantísimo momento de la historia peninsular. O, por fin, el triunfo del genio de Shakespeare, en la pantalla, con “Hamlet”, el cual, nos consta, ha podido ganar la emoción de muchos que juzgábamos “no susceptibles de regeneración” por su afición a las películas de los géneros absurdos.

La verdad es que nunca se sabe a ciencia cierta por dónde se ha de disparar el juicio del espectador de cine. Una de nuestras más memorables desazones, verbi gratia, la tuvimos hace años con persona por demás culta y respetabilísima, que ponía por los cuernos de la luna la producción francesa “Carnet de Baile”. Si hemos de decir verdad, nuestro desencanto de la película fue muchísimo menos grave que nuestra decepción ante el juicio que de ella se nos diera. La obra echa a perder una idea excelente y original a todas luces. Cursi en su interpretación, sin mayores méritos por su “mise en scène” o por su fotografía –con muy breves salvedades-, tiene la tara irredimible de un pesimismo mortífero. La persona cuya opinión rebatimos, nos reargüía que en tal punto, precisamente, se fincaba el gran valor moral de la película, ya que el público obtenía en su argumento una bienhechora dramatización de la sentencia salomónica que habla de la caducidad de las cosas de este mundo, de cómo lo que en Dios no se apoya como en referencia última es “vanidad de vanidades y todo vanidad”. Sin embargo, si el lector recuerda este “film”, tendrá que convenir con nosotros en que la dialéctica de nuestro contraopinante se invalida por dos razones: por una parte, la ausencia en la cinta de un “leit motiv” o de un acento religioso, siquiera implícito, que llevara como de la mano al público a la saludable inferencia experimental del Rey Sabio; y, por otra parte, la infortunada ausencia de hábitos críticos fundamentales y de suficiente sensibilidad religiosa colectiva del espectador común y corriente de nuestros días para extraer del argumento la conclusión salomónica ya dicha. Atendiendo a tal realidad sociológica, lo que normalmente cabe esperar de una psicología en que la ilustración, el criterio y las vivencias de carácter religioso son muy deficientes, es que reaccione por los rumbos de un insano pesimismo, el tipo naturalista y arreligioso. La verdad es que, en nuestro entender, de producciones semejantes, el espectador que se halla en las condiciones acabadas de expresar, si es de índole en exceso impresionable, saca la conclusión lógica del suicidio, ya que el tácito desconocimiento de una vida ultraterrena en un mundo en que las cosas de veras valen; el sólo atender a las sombras de la caverna platónica que es nuestro mundo terrestre, por fuerza conduce al pesimismo incurable y mortal. En ello, puntualmente, radica la inmoralidad mayor de esta categoría de películas, muchísimo más que en la brutalidad de los detalles diz que realistas que son la substancia de otras que suelen atraer censuras más fulminatorias.

Mucho hay que hablar a estos respectos. Pero lo cierto es que la labor cretinizadora y desmoralizadora del cine sigue en auge, y, triste es decirlo, no se ven probabilidades próximas de una revisión de la trayectoria. Antes, ya es inminente el agravarse del problema con la televisión, la que acentuará a breve plazo la “socialización” de la tontería y de la pobreza moral.

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