Productividad Sistemática
Publicación original: Novedades, 8 de abril de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: productividad, sistematización, relaciones humanas, industria, Aristóteles, economía.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
No tuvo razón la voz que en el reciente congreso de industriales, aunque en lo personal afectuosa para con el director del Centro Industrial de Productividad, pareció insinuar que en el movimiento a favor de la productividad hay la tendencia de resolverlo todo unilateralmente en función de esta sola idea.
La aparente insinuación que fue debidamente aclarada por el director del CIP, no dejó de causar en los enterados suma extrañeza porque nunca se ha oído o leído algo que de lejos siquiera pudiese hacer sospechar que la productividad pretende resolver todos los problemas del mundo. No hay materia, por consecuencia, para hacer controversia del amistoso incidente.
Lo que sí resulta oportuno es subrayar que el enfoque de la productividad –sobre todo en su conexión con lo que hoy se llama “relaciones humanas”- apasiona en este momento a los países de gran desarrollo económico y a los sectores alerta en los países en que ese desarrollo es mediano o pequeño, y precisamente porque tal circunstancia acrecienta el interés de sacar el mejor partido de aquello de que se dispone.
De que esto es cierto da testimonio el hecho mismo de que en el propio congreso industrial se le asignó al tema toda una de las grandes secciones en que se distribuyó la vasta problemática de que se ocupó esa asamblea. Pero lo más interesante son las razones intrínsecas de la importancia que en forma creciente se le reconoce en la actualidad.
Tales razones son obvias si se recuerda que la productividad persigue el mejor aprovechamiento de los factores productivos. Obtener de ellos mejores rendimientos estará siempre en la médula de todo esfuerzo económico, cualquiera que éste sea. De hecho, si bien se advierte, esa intención siempre ha estado presente, aunque con variada fortuna en cada caso, según es patente y por otra parte natural, porque aunque es regla el tratar de evitar el desperdicio no todos aciertan con la manera de lograrlo.
La novedad en esta materia estriba en que los últimos años han asistido a una sistematización científica –anchurosa a la vez que honda- de la productividad en principios y en técnicas que forman un verdadero cuerpo de doctrina y de reglas prácticas que, con las necesarias adaptaciones a los diversos renglones y casos concretos, son aplicables en términos generales a las diversas expresiones del trabajo económico.
Ese solo hecho, bien considerado, entraña un paso gigantesco, como sucede siempre que algo en la historia humana se sistematiza. Porque, una y otra vez, se confirma el fenómeno. Hay una enorme distancia entre la eficacia de los conocimientos dispersos, inarticulados entre sí, y la de esos mismos conocimientos agrupados en forma organizada. Ese, por vía de ejemplo que podría multiplicarse en cada disciplina, constituye uno de los grandes méritos de Aristóteles. Una de las manifestaciones de su genio, incluso de su originalidad, fue su visión unitaria del conocimiento filosófico que lo llevó a ser su primer gran sistematizador, y por ello, desde este punto de vista, la filosofía puede dividirse con razón en antes y después del pensador de Estagira.
No otra cosa ha sucedido, por otra parte, siempre que ciertas reglas de acción para cumplir un determinado propósito se entrelazan orgánicamente alrededor de un “eje de simetría”. Al concertarse con las demás, la eficiencia operativa de cada una no se suma simplemente con la eficiencia de aquéllas. En realidad, lo que ocurre es que se multiplica de manera asombrosa tal y como lo demuestran los resultados de cualquier tarea realizada en forma meramente empírica, comparativamente pobres en relación con los de un trabajo en que se aprovecha el apoyo coordinado y recíproco que se prestan las normas de una técnica rigurosa y acabada, con estructura científica.
Tal es, y no otro, el mérito de los principios y técnicas de la productividad contemporánea. En ella confluye un enjambre de experiencias, observaciones y estudios que han permitido recoger muchas conclusiones prácticas ya de antiguo conocidas y puestas en juego, pero en forma aislada, así como muchas otras comprobadas apenas en las últimas décadas. Juntas todas ellas, con un sesgo unitario, apoyándose unas a otras, están permitiendo obtener extraordinarios resultados en materia de elevación de los índices de rendimiento de los recursos económicos, sean éstos fuerzas naturales, materias primas, crédito y finanzas, maquinaria, herramientas, instalaciones, transportes, y, sobre todo, potencial humano administrativo o de mano de obra, elemento éste que a todo lo demás da vida, eficiencia, sentido último y orientación hacia nobles metas sociales. Mucho, muchísimo de esto, pongamos por caso, hay en la portentosa resurrección posbélica de la economía de la Alemania Occidental.
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