Problemas de Límites

Identificador: DM-326.
Publicación original: Novedades, 8 de noviembre de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: guerra nuclear, Churchill, Toynbee, democracia, sinarquismo, oposición política, civismo.
Problemas de Límites

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Churchill y Toynbee. El PRI y la Oposición.

El primer ministro inglés ha declarado en la Cámara de los Comunes que, según sus noticias, un número “imprudente” de explosiones nuclearias podría volver letal la atmósfera terrestre, pero “solo” durante el pequeño lapso aproximado de 5,000 años. En verdad, fuera del científico, no vemos qué interés pueda el dato asumir desde el punto de vista práctico de la especie humana. Para el caso, lo mismo da uno que cinco mil o un millón de años.

Lo positivo sería que ese número “imprudente” traería aparejada la extinción de la vida en el planeta. Lo seguro también –y lo más grave- es que ni Churchill ni sus informantes saben a ciencia cierta cuáles puedan ser los verdaderos alcances y efectos de semejante “imprudencia”, ni tampoco podrían determinarnos cuáles serían los límites, siquiera aproximados, entre lo “prudente” y lo “imprudente”.

Por su parte, Toynbee, el conocido historiador británico ahora en gira estadounidense, expresó en Nueva York –por coincidencia, el mismo día- su convicción de que el mundo comunista y el mundo occidental coexistirán uno junto al otro, aunque en constante pugna proselitista, “durante un tiempo bastante largo”, en virtud del temor a los obvios desastrosos efectos que para uno y otro contendiente significaría un conflicto a base de bombas atómicas y de hidrógeno.

No cabe duda de que ese temor ha venido a ser y puede seguir siendo psicológicamente el freno fundamental contra el estallido de la guerra nuclear. Pero tal parece que Toynbee ha sacado poco fruto, en materia de criterio práctico, de sus diez tomos de estudios sobre la historia. Porque ésta enseña que el temor suele ser también muy mal consejero. Igualmente, que ella misma no es resultado de un solo agente motor, sino de un complejo de factores –psicológicos y de otros géneros- de los que no siempre es fácil prever con probabilidad de acierto cuál o cuáles serán los decisivos en un momento dado. Eso, para no hablar de circunstancias y agentes históricos rigurosamente imponderables que tuercen el acaecer humano cuando menos se piensa.

En rigor, además, no es consoladora la esperanza de Toynbee. ¿Qué entenderá él por “un tiempo bastante largo”?... ¿Se tratará, quizá, del promedio aplicable a una generación, para que la que ahora está en mitad de su ciclo pudiera repetir lo del monarca francés: “después de mí, el diluvio”, sin importarle un ardite sus hijos y nietos? Aquí también, como en lo de Churchill, subsiste un problema de determinación de límites. Y lo positivo es que ese tiempo “bastante largo” no puede serlo suficientemente como para tranquilizarnos respecto de nuestra suerte y de la de los que nos siguen en la vida. Porque desde luego Toynbee no pensará que ese lapso pueda ser, por ejemplo, siquiera tan largo como para aplazar durante unos cinco mil años esos otros cinco mil a que se refiere Churchill.

Y ya embarcados en problemas de límites no podemos menos que evocar algunos que desde hace tiempo están planteados dentro del ámbito nacional, y que vuelven singularmente a ponerse de relieve con la negación del registro electoral al proyectado partido político sinarquista.

Verbi gratia, ¿hasta qué punto será democrático ese límite en materia de número de afiliados que en México se previene para conceder el registro a un partido de metas electorales?

O bien, ¿hasta qué punto serán de veras correctos los cálculos oficiales para estimar el monto de la afiliación sinarquista con guarismos tan bajos que no alcanzan siquiera a los que suele referirse la información periodística al tratarse de concentraciones de ese signo ideológico, en la sola ciudad de León pongamos por caso?

Y al revés: ¿cuál será el límite de potencia de los lentes de aumento o la capacidad de multiplicación de la máquina calculadora con que, en cambio, se estiman los adherentes de otro grupo político que se ampara bajo signos nacionalistas, y cuyo número es obvio que no se necesita pesquisa especial para saberlo muy por debajo del más reducido que, con mediana lógica, se pueda atribuir al sinarquismo?

Todo lo cual lleva de la mano a ese otro problema básico y que también es de fronteras: ¿cuál será el límite de la paciencia ciudadana ante la falta de límites del monopolio electoral? ¿Hasta qué punto preciso aguantará que se quiera consolarnos con la idea de que, aunque trabajosamente, vamos adelantando en los caminos de la democracia, porque al menos se reconoce ya la existencia de una oposición, así ésta sea prácticamente de mera tramoya y artificio, sin saberse siempre tampoco –he aquí otro serio problema de límites- si es de esa manera por deliberación o por inadvertencia?

Y aquí también hay que decir lo positivo. Mientras se despeja esa interesantísima incógnita de límites, lo que de cierto queda es el empobrecimiento exacerbado del espíritu cívico en el país y el consiguiente naufragio previo de todo intento exclusivamente electoralista de sanear la política nacional.

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