Problema Moral, Problema de Estado
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: moral, Estado, sociedad, política y México.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El reciente congreso en que numerosas organizaciones católicas consideraron el complejo, el gigante problema de moralizar el ambiente coincide en sus puntos de vista con determinadas reflexiones que sobre lo mismo ha hecho públicas la Confederación de Cámaras de Comercio, con otras que se han expresado en el Congreso del Niño que también acaba de celebrarse, y con diversos y certeros comentarios de prensa que en estos días se han referido también al tema candente y premioso de la moralización.
Ya es algo que en círculos ajenos al directo y específico influjo religioso se reconozca la tremenda amenaza que para el futuro de la Patria significa el auge de la inmoralidad. Ello, al propio tiempo que es un síntoma de la positiva e inocultable gravedad del problema, viene a dar la razón a todas las voces de alerta que, desde hace no pocos años por cierto, habían venido subrayando la urgencia de atajar más a tiempo el alud de fango y sangre, cuyo desbordamiento irresistible y pestilencial asquea ahora y empavorece hasta a los más desaprensivos.
Nos vamos poniendo ya de acuerdo, en consecuencia, en que no es gazmoñería, sino sentido de defensa social y preocupación patriótica, el inquietarse ante el fenómeno de la inmoralidad. Y en que el ritmo acelerado de los progresos de ésta en nuestro ambiente ha herido ya nervios vitales del organismo nacional hasta el grado de sugerir un muy serio peligro, no a plazo remoto, sino lindando en lo inminente, de disolución.
Incluso vamos ya conviniendo, en términos generales, en las múltiples concausas que han producido y mantienen en Méjico esta gangrena que puede ser mortal. Pero una cosa que, a poco que se medite, es clara, parece no ser aún suficientemente advertida, y urge por ello subrayarla, todas esas concausas y circunstancias que reconocidamente auspician la inmoralidad, y día con día la agigantan y extienden, están diciendo a gritos que si el problema de Méjico es, sí, un problema de religión –“moral sin religión, vino sin uvas”, reconocía el incrédulo-, simultáneamente, y en cierto sentido aun antes que ello, viene a ser un problema político, un problema de Estado.
Al gusto, somera o detenidamente, puede repasarse la nómina de agentes de inmoralidad, que entre nosotros privan. Publicidad y espectáculos disolventes; legalización del divorcio; facilidad e impunidad del delito; condiciones materiales o morales, y remuneración injusta del trabajo; miseria popular “socializada”; viviendas infrahumanas; escuela corruptora; desamparo social y legal de las víctimas de ilícitas uniones transitorias; irrestricción de prédicas subversoras; multiplicidad escandalosa de los enriquecimientos ilegítimos; glorificación publicitaria de la brutalidad empistolada o musculada... Todo, absolutamente todo ello, es obvio que no sería o que al menos no asumiría ni con mucho las dimensiones y calidades presentes, si antes estuviese resuelto el problema de un Estado que respondiese sin regateos a esa función política elemental que consiste en promover y defender el bien, y prevenir y reprimir el mal.
Claro que tener resuelto el problema del Estado no equivale a resolver integralmente el problema de la inmoralidad. Desde hacer moralmente pulcra la intimidad de la propia conciencia, todos hemos de tener parte en resolverlo en maneras y circunstancias múltiples y constantes. Pero lograr un alto o siquiera un aceptable coeficiente de moral colectiva, es algo que normalmente no puede alcanzarse sin el logro previo de un Estado que, al cumplir a conciencia su cometido, ponga en lo humano las condiciones para que la moralidad disfrute no sólo de garantías, sino de facilidades y estímulos, y para que la criminalidad, el despojo y la licencia de las costumbres encuentren no sólo obstáculos eficaces, sino repudio enérgico e inexorable represión... Como siempre, el trágico problema de Méjico se manifiesta aquí también como un decisivo problema político.
El Estado: he ahí una meta primordial para las fuerzas nacionales que no han perdido el sentido del propio decoro, del patriotismo de obras y no de discursos y retóricas...
17 de agosto de 1953
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