¿Prevalecerá el Instinto de Defensa?
Publicación original: Novedades, 2 de agosto de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Guerra Fría, comunismo, Occidente, defensa y política internacional.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El mundo ha tenido tiempo de sobra para paladear, mal de su grado, los amargos frutos de una guerra en que las potencias anglosajonas se aliaron a fondo, increíblemente optimistas, con el enemigo común de Occidente y antagonista de todo lo que en este planeta pueda haber de cristiandad de sentido libertario y aun de simple decoro humano. Algún día habrán de saberse las verdaderas causas recónditas de tal proceder que al sentido común se le sigue hasta la fecha antojando como extravagante y suicida.
Pero lo más grave, quizá, ha sido la lenta e inadecuada reacción que ha suscitado el progresivo, trabajoso reconocimiento que, muy a regañadientes, se ha ido haciendo de aquel colosal error durante la posguerra. La conquista de China y su galvanización a sangre y fuego, pero al fin y al cabo galvanización, en provecho del comunismo mundial; la subestimación de la fuerza de la China Roja, primero, y la excesiva prudencia a su respecto, después; la inverosímil indecisión de ocho años en el caso indochino, y cuyas funestas consecuencias aún no terminan, por cierto; la rehabilitación torpe y con visos de fanática del parlamentarismo europeo occidental, que entre otras lindezas ha mantenido en la impotencia al genio político de Francia y ha permitido la amenazadora madurez y los millones de adeptos del partido comunista italiano; la lentitud poco menos que “nihilista” del esfuerzo defensivo de Europa… todo esto y lo demás que se omite, ¿qué otra cosa es sino el resultado de no haber querido parar mientes en la objetividad de un viejo dicho mussoliniano?
De acuerdo con tal sentencia, no se puede evitar que un asaltante nos despoje de la cartera argumentándole con buenas y morales y comedidas razones, sino que es necesario apelar a la fuerza con oportunidad y decisión. A más de treinta años de la “marcha sobre Roma” el fundador del fascismo, aunque no se quiera admitirlo, tenía razón y sigue marcando la pauta en materia anticomunista. Y en esta materia, cuando menos el fascismo y el buen sentido se dan la mano.
Y ello confírmanlo datos como el revelador fenómeno del “macarthis”, que a despecho de un no sabemos si aparente o positivo saborcillo demagógico no es por cierto fascismo –como fantasean, de la mano, el comunismo y el liberalismo a ultranza- sino a secas, sentido común. O cosas como el acelerado “endurecimiento” de la política exterior norteamericana, en fechas recientes, respecto al amago mundial comunista. O, como en otra muy diversa latitud geográfica y espiritual, el fenómeno italiano del neofascismo, que no han podido impedir ni las sádicas persecuciones de la época de la “liberación”, ni las escandalosas triquiñuelas electorales consumadas por la democracia dizque cristiana de De Gásperi.
¿Triunfará al fin el elemental sentido de defensa en los directores de la política occidental? ¿Habrá de ahora en adelante brío, decisión, sagacidad oportunamente operante en vistas del implacable avance del Soviet? ¿Se entenderá de una buena vez que para ello hay que pasar por encima de la timidez y de las trabas que para una acción eficaz están aparejadas en el oscilante y contradictorio espíritu de una democracia liberal que trata de ser lógica consigo misma y por ello persiste en automaniatarse aun ante la inminencia del más terrible riesgo histórico? He aquí lo que, después de lo que acaba de suceder en Ginebra e Indochina, constituye en realidad la gran interrogación de todos los espíritus verdaderamente libres.
Y hay que formularla así, con crudeza, aunque no falten ciertas incurables miopías que por ello comiencen a fantasear, en quienes plantean escuetamente y con seriedad la desnuda significación del momento, abominables afiliaciones o emboscadas tendencias totalitarias. A pesar de esas miopías, la gravedad de la hora exige insistir, llana y tranquila, pero firmemente en el lenguaje verdadero que designa a las cosas por sus nombres.
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