Precursores de Nuestra Separación de España Llenan la Historia

Identificador: DM-056.
Publicación original: Novedades, 15 de septiembre de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: precursores de la Independencia, Martín Cortés, Alonso de Ávila, Guillén de Lampart, Nueva España e historia nacional.
Ilustración de Precursores de Nuestra Separación de España Llenan la Historia

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Del muy serio y apenas velado intento de independencia del año de 1808, en que fueron figuras principales el mismo virrey Iturrigaray, Azcárate, Primo de Verdad y fray Melchor de Talamantes, no hablamos aquí porque fue el preludio del Grito de Dolores. Los sonados acaecimientos que culminaron con la deposición y aprehensión de Iturrigaray, son –al menos en sus líneas generales-, sobrado conocidos.

Menor divulgación han alcanzado los intentos que, con gran anticipación al de 1808, se produjeron en Nueva España –como en el resto de Iberoamérica- , para lograr la desvinculación política de la Metrópoli.

En México, los más notables comienzan con la famosa conspiración que, a mediados del Siglo XVI –a treinta y cinco años escasos de la Conquista-, tuvo por promotor al encomendero don Alonso Dávila, el cual pretendía “alzarse con la tierra” –según la frase de aquellos tiempos- proclamando por Rey de México nada menos que al fastuoso hijo del Conquistador y segundo Marqués del Valle: don Martín Cortés. El motivo determinante fue la amenaza de supresión que amagó a las encomiendas en el Reino. Ello, en aquel entonces -1565 y 1566-, habría afectado grandemente así la tranquilidad social y económica del país, como la eficaz prosecución de la tarea de hacer vivir a los naturales vida sedentaria y regular. En una palabra, trastornaba el proceso de lo que ahora se dirá: la incorporación del indio a la civilización. Claro que, en el ánimo del conspirador Dávila, lo que importaba eran sus intereses personales y no la evangelización y civilización de los indios.

Don Martín Cortés, con el orgullo de poseer el primer título del Reino, se empeñó en una serie de jactancias que dieron ambiente a la acusación cuando la conspiración fue delatada. El lujo que ostentaba y la desmesurada e implícita importancia de que en solemnes ocasiones se revestía. Pretendían superar a lo acostumbrado por el propio virrey don Luis de Velasco. Al morir éste y quedar encargada del Reino la Audiencia. Dávila pensó ser la oportunidad para consumar el plan. Los conjurados apresarían en un día de Acuerdo, que solía ser los viernes, a los oidores, así como a los dos hijos del difunto virrey. A todos ellos se les daría muerte. Después, don Luis Cortés, hermano del Marqués, partiría a Veracruz para asegurar la plaza, así como a San Juan de Ulúa y a una flota que estaba por zarpar a España. Por su parte, el otro don Martín Cortés, el bastardo iría para el norte para sujetar a todas las poblaciones del rumbo, hasta Zacatecas. Un don Juan Chico de Molina, dean de la Catedral, marcharía rumbo a Europa, para entrevistar en primer lugar al Rey de Francia para proponerle una alianza comercial, y después de ello solicitar del Papa la investidura para el flamante monarca de México.

La oportuna delación que del complot hicieron dos de los inodados, a saber, los hermanos Quesada, dió por resultado la aprehensión del Marqués, el temporal destierro de don Luis su hermano, y el definitivo del bastardo don Martín no sin que éste antes pasara por la prueba del tormento. Alonso Dávila, y su inocente hermano don Gil, fueron ajusticiados, ocurriendo otro tanto con los Quesada, Cristóbal de Oñate el mozo y Gómez de Victoria.

EN MANOS DE INGLATERRA.

De este primer ensayo para independizar al país, se puede decir que fue de lo más prematuro y mal pensado. De haber tenido éxito, es lo más probable que México, que estaba en incipiente proceso de desarrollo, habría caído en poder de la Inglaterra de Isabel, según apunta con sagacidad un eminente historiador. De haber ocurrido ello, agregamos nosotros, hubiese equivalido a que la nación no hubiera, tal vez, alcanzado a definirse totalmente en sus perfiles propios, se habría despersonalizado antes de llegar a asumir todo el vigor necesario para resistir el impacto anglosajón. La población aborigen, con el transcurso del tiempo, se hubiese prácticamente extinguido, como sucedió en los Estados Unidos, en tanto que los elementos mestizos y criollos habrían quedado en una posición inferior y de minoría que fue ni más ni menos, lo que ocurrió en el Canadá con los descendientes de los colonos franceses. En suma, México no habría llegado a ser México, la Patria nuestra, tal como ella es; la que nosotros amamos, en una palabra.

Un siglo después un loco rematado, irlandés de origen, don Guillén Lampart o Lombardo, que falsamente pretendía ser hijo bastardo de Felipe III, acarició la quimera de erigirse en rey y emperador de México. Su proyecto comprendía desde luego, abrir a la Nueva España al comercio de todas las naciones menos España. Enviaría embajadores a Holanda, Portugal, Irlanda, Roma y varias repúblicas italianas. Dejaría, a cuantos le ayudasen, en sus oficios y dignidades. Libertaría a todos los esclavos. Confiscaría sus estados al Marqués del Valle, mientras que los demás descendientes de conquistadores serían premiados con munificencia. Y así por el estilo.

Este plan disparatado murió en flor, al acaecer la delación de don Guillén. Siguieron después su prisión y proceso prolongadísimos -1642 a 1659- y su final ejecución en la hoguera inquisitorial. Al parecer, el Tribunal de la Fe de México obró en esto último por instrucciones expresas, directas y secretas de Felipe IV, salvando el conducto del Inquisidor General de España, el cual se oponía a la entrega del reo. El Rey Felipe ha de haber considerado, antes que nada, en su real pecho, la seguridad del Estado; y a ella sacrificó la vida de aquel loco pintoresco e infeliz, pero ciertamente peligroso dado el poder de fascinación de que estaba dotado, y que se soñó: “Rey de la América Citerior y emperador constituido de los mexicanos”.

HERVIDERO DE INDEPENDENCIA.

Pero fue en realidad en las postrimerías del siglo XVIII cuando en toda la América Española, incluyendo la Nueva España, aunque en ésta con menor intensidad, se desató el hervidero de intentos de independencia. Cuanto más en ellos se ahonda y más noticias vienen saliendo a la luz sobre esta materia, una evidencia se hace cada vez más y más palmaria. Todos esos conatos de desintegración del Imperio y del mundo hispánico, fueron promovidos desde el exterior. Fuerzas ajenas a nuestra cultura y aún opuestas a nuestros intereses verdaderos, falsearon mañosamente el planteamiento de la cuestión. Inglaterra, primeramente, a la que se agregaron después Francia y los Estados Unidos, suscitaron la infiltración de literatura y de agentes activísimos, factores ambos que resultaron sumamente eficaces para crear en los países hispánicos corrientes de opinión en contra de España, de su obra en América, su religión y su cultura. Es de anotarse, de paso, que en ocasiones muy frecuentes los mismos jesuítas hispanoamericanos, justamente resentidos por la expulsión de que habían sido objeto por parte de la dinastía borbónica, fueron inconscientemente instrumento de los que fomentaban en nosotros las ideas de independencia, sí, pero no por amor a nuestra libertad, sino para sacar para su propio provecho ulteriores beneficios, al mismo tiempo que propagaban en nuestros países demagogias contrarias a nuestra conciencia religiosa.

Años después de la expulsión de los jesuitas de los dominios borbónicos, un tal Francisco de Mendiola se presentó en Inglaterra pidiendo la protección del monarca inglés, a nombre “de la ciudad y del reino de México, cuyos representantes somos”, solicitando elementos de guerra para organizar un ejército de 40,000 hombres que independizaría a la Nueva España. Proponíase en el documento que acompañaba a Mendiola, “un tratado de amistad y comercio con Inglaterra”, para la cual las ventajas serían, con ello, “inconcebibles” y la resarcirían ampliamente de la reciente pérdida de sus colonias norteamericanas. Firmaban esta carta tres títulos de Castilla: el conde de Torre Cossío, el de Santiago, y el marqués de Guardiola.

En 1793, fue denunciado don Juan Antonio de Montenegro, autor de un plan para convertir a la Nueva España en una república independiente, que integrarían doce provincias, en la que la religión seguiría siendo la católica, pero que a la vez trataría de alcanzar de la Santa Sede nada menos que el permiso de matrimonio para los eclesiásticos, con el pretexto de ayudar a incrementar la población.

Por otra parte, ya en los años de 1791 y 1792, el virrey Revillagigedo, en sus cartas, alude a cierto agitador norteamericano, un mister Jolney, encargado de esparcir las ideas de emancipación en México. Igualmente, a un Mateo Coste, francés, que en frecuentes viajes de la Nueva España a las Antillas y viceversa se sospechaba que hacía propaganda revolucionaria. También hace referencia a un grupo de seis franceses que se habrían embarcado en Brest, hacia este país, con el mismo objeto. Sin contar con las advertencias del gobernador de Cuba respecto de otros promotores de conspiraciones similares, también franceses, que sabían tenían el mismo empeño de agitar en nuestras tierras.

En 1794, un peninsular granadino, Juan Guerrero, que era contador de una nao que traficaba entre Acapulco y Filipinas, resintió que no se le pagase su sueldo. ¡Ello fue suficiente para que pensase en romper los vínculos de México con España! Su plan consistía en libertar a los presos de la ciudad, incluyendo a ochocientos que había en la de la Acordada; apresar al virrey de los oidores; suprimir nada menos que los impuestos; nombrar arzobispo de México a un clérigo, su amigo, natural de Galicia; despachar de embajador a los Estados Unidos, a un peluquero; finalmente, abrir el comercio de Veracruz a todas las naciones.

 


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