Plebiscito Mariano

Identificador: DM-077.
Publicación original: Novedades, 9 de agosto de 1949.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Virgen María, Asunción, dogma, devoción popular, México y España.
Ilustración de Plebiscito Mariano

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Parece mentira, pero no todo, en esta mitad del siglo veinte, es avidez de materia y pugnas feroces por el dominio del orbe. En este páramo de miopes utilitarismos también se da la flor del espíritu; también hay miradas que penetran más allá de la torpe barrera de lo corpóreo; de los antagonismos de un momento político que, forzosamente, ha de pasar; del señuelo engañoso del dinero, que constituye el ideal para el “homo economicus” de nuestro tiempo. Como en todas las etapas del acaecer histórico, hoy también las fuerzas invisibles pero objetivas y militantes de la espiritualidad pura y simple –poderosa puntualmente por su pureza y su simplicidad- dan fe de su constante presencia.

Nuestra Estirpe –la del glorioso signo hispánico- es la que da, una vez más, la tónica, la vibradora manifestación.

España, raíz del árbol familiar. México, frondosa y robusta rama inseparable del recio tronco gentilicio. Ambos abrázanse en otro de sus múltiples empeños unánimes, cediendo a su idéntica vocación en la Historia. Cruzados de las empresas del Espíritu, vuelcan ahora los generosos anhelos de su catolicidad esencial, pretendiendo reiterar por nuevas vías la glorificación de la más alta expresión humana del Espíritu: de Aquella que, por la angélica salutación, es para siempre y en forma antonomástica la “llena de Gracia”, es decir, vaso de elección del propio Espíritu.

En España se oyó, primero, el “¡Dios lo quiere!” de esta cruzada singular. México, presuroso, recoge el grito transoceánico, y se une al filial reclamo que quiere hacer dulce fuerza al Padre común de los fieles para alcanzar la definición dogmática de lo que, desde siempre, ha formado parte del tesoro de nuestras católicas creencias: la certidumbre del triunfo de la Virgen Madre en el misterio de apoteosis de su Asunción en cuerpo y alma a la Patria de la Bienaventuranza.

Ya fue así con aquel otro exquisito privilegio de María: el de su concepción sin mácula del pecado de origen. El pueblo, y los prelados y teólogos en avasalladora mayoría –como quien dice, en civiles términos: “senatus populusque”, el senado y el pueblo-, lo creían sin vacilación y defendíanlo con denuedo. Lo mismo en Madrid, que en México o en Lima. En todo el ámbito del gran Imperio, nuestra Iglesia –pastores y rebaño- era

“… la que impaciente del dogma de María,

de ese dogma que tiene

finura de cristal,

hipérbole de amores y gracia de requiebro,

cuando Roma callaba no sabía callar.

“Y cuando los doctores andaban disputando,

ya hacía que ante el ramo de flores de su altar

los niños de Sevilla bailaran, dulcemente,

con basquiña y gregüescos, su danza pastoral”.

Pasó el tiempo, y –ya va casi para el siglo-, seguida de la milagrosa confirmación de las apariciones de Lourdes, vino la exaltación de nuestra creencia secular a la categoría de dogma.

¿Sucederá así, hoy, con la fe nuestra en la triunfal Asunción de María? España y México esperan, reverentes, la Voz infalible, si es que llega a sonar, tal y como el medular fervor mariano de ambas naciones lo sueña. Pero, mientras tanto, el próximo domingo, que coincide con la festividad litúrgica de la Asunción, México empezará a decir a Roma su ruego, su instancia filial, prendiendo en las puertas y ventanas del santuario de muchos de sus hogares –los que se han enterado del propósito- el símbolo, la enseña del voto que ha de irse emitiendo en un gradual y elocuente plebiscito. Esa insignia ha de ser –y es de desearse que el mayor número lo sepa- la leve y poética oriflama de un listón azul.

Porque, como caballero y adalid en este para muchos increíble torneo del Espíritu, México ha de poner en ese día sobre su pecho los celestes colores de su Dama.

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