Penitencia e Historia
Publicación original: Novedades, 31 de marzo de 1958.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Semana Santa, Cuaresma, Pasión de Cristo, penitencia, Providencia, historia.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Comienza la semana en que la Iglesia VIVE, otra vez, con Cristo, el trágico desenlace que da centro a la Historia.
Y urge subrayarlo: la Iglesia, en su medular aspecto sobrenatural, no hace sólo la evocación contristada y solemne, sino que positivamente cumple en estos días la reviviscencia de la Pasión del Señor. Esta es la honda realidad inadvertida por nuestro cristianismo de barniz o por nuestro diletantismo religioso. Que la Semana Mayor, como la totalidad misma del año litúrgico, más que una maravillosamente lograda remembranza de las grandes fases de la vida del Salvador, es su reiteración vital.
Esta verdad es la que otorga su genuina tónica al espíritu penitencial y luctuoso de la Cuaresma y de la Semana Santa. Y tal certeza es la que debiera clavarse en nuestro ánimo, al menos durante las santas jornadas que desde ayer, Domingo de Ramos, comenzaron. Nos cumple, en ellas, padecer y morir con Cristo para poder, “al tercer día” resucitar también con Él. Asociar la pequeñez de nuestro dolor y la diminuta generosidad de nuestra muerte al pecado, a este dolor gigantesco, inabarcable, que empieza otra vez a repetirse en la espantable y misteriosa agonía del Jueves Santo para volver a culminar en la suprema generosidad de la Cruz. Eso es lo sólo que hará sensata la esperanza de “participar de la gloria de la Resurrección”.
Y hay en ello, además, una especial exigencia de esta hora entenebrecida de malos presagios, asaeteada por el amago de espantosos sufrimientos colectivos, sin paralelo anterior. Porque para el cristiano es clarísimo que tales sufrimientos, si llegan a abatirse sobre el hombre, tendrían un evidente carácter de castigo histórico. Castigo que no sería al final de cuentas más que la expresión oficial de la acción de la Providencia en sus relaciones con los pueblos, ya que éstos, en cuanto tales, carecen de supervivencia ultraterrena, agotan su realidad en el tiempo, sus posibilidades de salud o de muerte, y por ello forzosamente en el tiempo también han de recibir la sanción o el premio.
Porque hubo una oportunidad incluso para Babilonia, sede antonomástica de los siete pecados capitales. Y creyó en la advertencia del profeta, y, para aplacar la ira del Señor, su rey, sus magnates y su pueblo vistieron burdos sacos y se sentaron sobre cenizas penitenciales. Y tres días ayunaron todos. Y la ciudad no fue destruida.
Pero este sentido común, esta objetividad en la percepción de un riesgo supremo, ¿lo habrá perdido ya sin remedio el cristiano sumergido en esta nueva y desmesurada Babilonia, adoradora de la técnica, del dinero y de los placeres infames?
Ved ahí, quizá, la más dramática de todas las interrogaciones de nuestro tiempo. En su respuesta –tal es nuestra granítica certeza, puesto que diez justos pudieron haber salvado a las ciudades malditas- se encierra el formidable secreto de lo que será o no será la Historia inminente.
Porque si nadie puede prever el día y la hora de las coyunturas supremas, puntualmente para el orbe cristiano la autenticidad expiatoria que sepa dar este año a su Reviviscencia de la Pasión puede ser, acaso, lo que imprima un sentido decisivo de salvación a esa respuesta.
¿Por qué no?
Comentarios
Publicar un comentario