Parpadeo Chileno

Identificador: DM-434.
Publicación original: Novedades, 1 de abril de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Chile, Santiago, Andes, Valparaíso, Viña del Mar, paisaje.
Ilustración en blanco y negro de Parpadeo Chileno, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Amistades fuertes como el paisaje se nos quedaron ahí. Pasa el tiempo. No pasa la esperanza del retorno. Y mientras, una y otra vez, hay en el espíritu el parpadeo evocador y nostálgico:

Estrecha, de alongadísima verticalidad en los mapas, la geografía chilena no es sólo la presencia del mar y la emoción de la montaña. También suele ser la del valle fértil, la del lago y el río. Pero todo ello en una estupenda contigüidad por su breve anchura media, de oriente a poniente. La eficacia de las comunicaciones de norte a sur, o viceversa, completan la excepcional posibilidad de que ante el viajero se despliegue fácilmente un inmenso abanico de climas y panoramas diversos para el disfrute de la más variada de las tournées.

He aquí, por soberano ejemplo, la emoción indecible de los Andes chilenos: montañosa majestad señoreada por las elevaciones sobresalientes del Copiapó, del Llullaillaco, o por la del Aconcagua, en que se abre el dulce ademán pacificador de la célebre estatua del Cristo. El viajero mexicano cierra un punto los ojos y evoca sus dos sierras madres nativas, su macizo del Zempoaltépetl… Los abre, ahora; pero es otra la visión, otro el perfil, otro el ropaje y, sobre todo, otra –mucho mayor- la magnitud de esta ininterrumpida acumulación cordillerana de colosos a un promedio de seis mil metros de altura.

Aquí, prácticamente ninguna cumbre sin nieve.

Peñascos tallados por una escultura ciclópea que estremece.

Simas abismales, de vértigo.

Gigantes hendiduras de desfiladeros que se hacen tremenda modulación de magna flauta elemental para el viento andino que, más abajo, se abre en acordes, en una andanada de saetas sinfónicas al través del infinito cedazo de sonoridades de las coníferas que pueblan laderas sin término…

He aquí “las vértebras enormes de los Andes”, que cantó Rubén, el de Nicaragua.

En contraste, Santiago, la capital, nos da su sonrisa urbana a la vera de las aguas del río Mapocho. En su Plaza de Armas, corazón tradicional. En el moderno Barrio Cívico, un tanto rígida su escueta línea arquitectónica, un poco demasiado gris tal vez, como acentuando en exceso la austeridad de la función de gobierno. En las bellísimas frondas de la Alameda, de la Quinta Normal, del Parque Cousiño. En las del cerro de Santa Lucía –céntrica, abreviada reminiscencia de nuestro cerro del Chapulín- al cual subimos desde uno de los tramos de la ancha y prolongadísima avenida O’Higgins y, sobre todo, en la cima del empinado San Cristóbal –ganada sin fatiga gracias a los buenos oficios del funicular-, desde la cual se nos manifiesta el panorámico esplendor santiaguino.

Y a muy pocas horas de Santiago, en la costa. Valparaíso y su renombrado y hechicero complemento: Viña del Mar, cuyo suavísimo clima mediterráneo mantiene durante el año entero la invitación a las expansiones veraniegas para el turismo de toda Sudamérica. Ahí el raro privilegio de aspirar los aires marinos en una deliciosa rima de fragancias con el perfume constante, paradisíaco, de una increíble variedad floral en que las rosas de innumerables quintas y jardines tienen primado y señorío y embalsaman la ondulación de la bahía. De las ondas azulencas a la policromía de los vergeles viñamarinos, los ojos y el alma van y vienen. Blanda, reposadamente, no se puede otra cosa que ensoñar o evocar la pareja intensidad turquesa de este mismo Océano Pacífico cuando baña, miles de kilómetros al norte, el litoral de nuestro sur y nuestro poniente mexicanos.

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