Paréntesis del Recuerdo Histórico
Publicación original: Novedades, 9 de abril de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Castillo de Chapultepec, Museo Nacional de Historia, memoria histórica, virreinato, Independencia, Segundo Imperio, Porfiriato.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Después de la forzada, inevitable tertulia de la víspera –tres pésimos cuartos de hora con gente, vocablos, trajes y bebidas “pochos”- nos es precisa una salubre, adecuada compensación psicológica. Por eso, esta mañana de tempraneras nubes blancas y cielo índigo trepamos gozosos la cuesta amiga del cerro del Chapulín. Recordamos a los contertulios de anoche y los oídos interiores escuchan la bizarra estrofa de Ricardo León:
“¿Cómo han de amar la memoria de los blasones paternos estos bárbaros modernos sin sentido de la Historia?...”
Nos sale ésta al encuentro, maternal y amparadora, en cada fronda, en cada senderillo, en cada piedra del bosque. Nos da su abrazo de comunión en esta cima dominadora de la extensión de la metrópoli; en el recinto hazañoso del Alcázar, que trocado ahora en museo quiere encerrar –como en un joyal topográfico a la vez que de ingeniería- la cifra de los cuatro siglos de la vida de México.
En estas salas, patios y corredores pasa a nuestra vera el visitante trivial: el de nuestra propia latitud y el de extranjis. Por ventura, hay también más de un rostro y más de una actitud en que no se lee la expresión transeúnte y apresurada, sino los nobles asombros ante la majestad estremecedora del pasado… Nos sentimos, de improviso, como el pequeño de noble estirpe que penetra, respetuoso y grave, al salón en que suele juntarse en las grandes ocasiones, el consejo de familia. Es aquí, ¡qué duda cabe!, un relicario de los recuerdos de la Patria…
Desde luego, nos sale al paso el metal heroico de la armadura del conquistador. Más allá, el chimal indiano que lleva aún huellas del embate bronco –quizá en Otumba, tal vez en el sitio de Tenochtitlán- con la rodela o la lanza del “Tonatiuh”. Luego, la regia, insobornable autoridad de los monarcas católicos: “Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando…”; la faz cesárea de Carlos V, que parece evocar un aquilino batir de alas imperiales; la mirada perspicua del Rey Prudente, “en su lucha con el mundo, vencido mas no domado”, que dijera Núñez de Arce; el victorioso pendón cortesiano, el de los jubilosos paseos de otrora, el día de San Hipólito en que se ganó esta tierra para la civilización… Unos pasos más, y nos saludan los retratos de los señores virreyes, signados de una heráldica con harta frecuencia gloriosa: Mendoza, el de los empeños fundacionales; Velasco, el “padre de los indios”; Acuña, el que con grandes hechos ilustró su nombre en su Lima nativa y en su México de adopción: Revillagigedo, el de las sabias ordenanzas; el agrio, despótico marqués de Croix…
En una terraza, nuevamente desafiando intemperies, nobles lápidas nos perpetúan el recuerdo de memorables fundaciones. En otra sala, adosada a un lienzo de pared la cátedra, en preciosa labra, de la Real y Pontificia Universidad: ¡cómo nos ensalma ese relieve de un árbol simbólico -¿el de la ciencia?-, y el de ese corazón traspasado por una saeta, y que reposa sobre un libro abierto, con lo que da a expresar el amor de la Sabiduría!... ¡Y qué decir de las sacras reliquias que atestiguan el latir religioso de México, pueblo que recibió en herencia, al par del soplo del Imperio, la Teología batalladora e intransigente al hispánico modo! ¡Y qué de esa grave sillería en que asentase en sesudos concilios el Ayuntamiento de la Noble y Leal Ciudad de México!
Por acá, retratos y pertenencias de los caudillos insurgentes. De Iturbide, el que nos dio la bandera: desde los cuadros, la trigarante faja, y la insignia de la orden guadalupana, y la espada que arrancó destellos al sol de Iguala siguen diciendo de la suprema consigna de un México, católico, unido y libre… Y luego, las estampas de nuestros bisabuelos, viviendo la historia de nuestro siglo XIX en su segundo tercio… Y las cámaras habsburguianas de Maximiliano y Carlota; y los multiplicados recuerdos dictatoriales de don Porfirio, en el ala oriental… Todo hablando su propio lenguaje, reviviendo los esplendores y miserias, los infortunios o las victorias de México.
Otra vez aspiramos las brisas preñadas de aromas vegetales mientras bajamos por la escalinata frondosamente defendida de un sol ya casi cenital. Y nuestro espíritu ha vuelto al equilibrio de impresiones ante el contacto mágico, restaurador, de los recuerdos nacionales…
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