Paraísos en la Tierra

Identificador: DM-376.
Publicación original: Novedades, 24 de octubre de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: comunismo, positivismo, paraíso terrestre, socialdemocracia escandinava, tecnocracia, libertad, necesidades espirituales.
Ilustración de Paraísos en la Tierra

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

De Jan Cep, sobresaliente figura literaria del significativo renacimiento católico operado en Checoslovaquia entre las dos guerras mundiales, y que hoy es un exiliado en Francia, acabamos de leer una conmovedora exhortación a sus hermanos en la fe a los que no ha sido dable trasponer la cortina de hierro y sombras del mundo soviético.

Antecediendo a esta exhortación, hay ciertos considerandos particularmente interesantes sobre las pretensiones históricas del comunismo. Aunque Cep no lo diga exactamente con esta frase y concepto, es de sobra conocido que el marxismo constituye un intento, en última instancia, de paraíso terrestre basado en una explicación materialista del mundo y del hombre. Y nuestro escritor hace muy sugestivas referencias críticas a ese fundamento sobre el que se ha querido levantar semejante estructura paradisíaca.

Anotemos, de paso, que tal fundamento no es, en suma, si bien se advierte, sino el propio optimismo ingenuo de las tesis positivistas decimononas que daban por superados los dos primeros grandes estadios del supuesto ciclo evolutivo de la humanidad: el teológico y el filosófico, y que fincaban su esperanza de perfecta felicidad terrestre en el último y definitivo: el estadio “científico”.

Las reflexiones de Cep nos han hecho desembocar, por asociación de ideas, en la consideración de lo frustráneos que resultan en la vida real los ensayos de paraísos terrestres. Y no es que se trate de impugnarlos –como cree la irreligiosidad cientificista– porque se les juzgue una especie de atrevimiento sacrílego, sino al revés, por la falta de sentido crítico que campea en sus premisas. Ello, puntualmente, es lo que explica sus estruendosos fracasos cuando se les pretende poner en práctica.

Y singularmente nos ha venido a los puntos de la pluma una determinada realidad de nuestros días que merece la atención de los espíritus reflexivos. El comunismo soviético, aunque incomparablemente el más grande en ambición, y en sus alcances geográficos y demográficos, en arrastre histórico, no es el solo intento importante de esa naturaleza en el mundo contemporáneo. Puede decirse con toda objetividad que ha habido otro ensayo –por demás notable y peculiar– en el que, menos expreso, o totalmente inexpresado si así se prefiere, de hecho se ha realizado un verdadero y serio conato de instaurar un paraíso fincado en la sola felicidad que el mundo y las fuerzas autónomas que sostienen al hombre pueden depararle a éste.

Ese ensayo se ubica en el septentrión europeo, porque como tal puede considerarse a un hipercivilizado país escandinavo contemporáneo. Loado por propios y extraños, el orden que ahí reina, el alto nivel intelectual promedio de su población, los hábitos de trabajo que ahí privan, su elevado índice de industrialización, la conocida y admirable eficacia de sus variadas instituciones cooperativistas y de su maquinaria de previsión social, el culto nacional de la higiene y del deporte, que han mantenido las excelentes condiciones físicas de la raza recibidas por herencia y estimuladas por el medio geográfico, podrían ser las grandes líneas –junto con la limpieza, ahí, del juego democrático político– de lo que integra los motivos de admiración o de envidia más o menos expresa de muchos que tienen noticia directa o testimonial de lo que es la vida en aquel país que, para la gran mayoría en nuestras latitudes, está envuelto en las brumas de un desconocimiento casi absoluto.

Si se establecen comparaciones y se analizan tendencias, de ese país –que adrede dejamos innominado– puede pensarse a ratos que es la meta, ahí ya alcanzada, de una de las proyecciones más acentuadas del espíritu anglosajón moderno aquende y allende el Atlántico. Y vistas las cosas desde el ángulo de las realizaciones positivas, con mucha mayor razón que la sanguinolenta experiencia soviética, resulta muy aproximadamente el paraíso terrestre. Es, más que ningún otro país, la puesta en obra del estadio “científico” soñado por el positivismo.

Ahí las inferencias prácticas del agnosticismo hijo del libre pensamiento han ido ganando la batalla a la vieja tradición puritana de la religión reformada. Y dentro de un esqueleto monárquico, un Estado agudamente socialista en tendencias organiza todo queriendo hacer una transferencia de la eficacia del maquinismo industrial a la sociología. Todo se mide, calcula y controla –al menos eso se pretende– en función de estimaciones y previsiones científicas y tecnocráticas…

Algunos resultados concretos de este pasmoso orden casi meramente terrenal: divorcios muy frecuentes; facilidad extrema de las relaciones sexuales; bajos índices de la natalidad, cuyo control está legalizado; provocada por restricciones organizativas, la embriaguez como problema social. Y lo que resulta más curioso y elocuente tratándose de un paraíso que olvida que el hombre tiene hambre sobre todo del pan vivificador de lo sagrado, de lo sobrenatural: el no raro afán de evadirse de este paraíso de socialismo paternalista que todo lo prevé, menos lo más importante. Porque lo cierto es que hay ahí un alto índice estadístico de suicidios.

La explicación podría dárnosla una pluma sapiente y ponderada: ahí, “la perfección simétrica de la vida… deja en realidad muy poca ocasión para el libre juego de los gustos y preferencias individuales, y el empeño de extender los beneficios del bienestar a todo el mundo no ha hecho feliz al pueblo, produciendo una tensión en la vida… y, lo que es más grave, un sentimiento de aburrimiento que se ha adueñado de todo el mundo. La educación del país es tan uniforme y resulta tan difícil distinguir a uno de otro, que el individuo excéntrico es una rareza, y no hay esa tolerancia amable que existe en países como Inglaterra, por ejemplo… Detrás de las apariencias de plácida tranquilidad de la vida…, el visitante entrevé una atmósfera de tensa melancolía, y no pocos (de los hijos de aquel país), al visitar la Gran Bretaña, experimentan un alivio de su tensión normal y se sienten mucho más felices después del primer choque con nuestra miseria, nuestra ineficacia y nuestra alimentación intragable”.

Y de ahí lo que colma toda sorpresa: “La melancolía que se respira… se confirma en el hecho de que en los últimos años, movidos por la misma pasión de organización…, se han constituido comisiones y grupos para discutir (sic) el problema de cómo hallar algún elemento más variado en la vida nacional”. “En la prensa, en círculos de estudio… las necesidades espirituales y culturales que no se satisfacen con un cuarto de baño y un pollo todos los domingos se discuten con ardor…”

He aquí el fracaso medular de este curioso paraíso terrestre al que con toda fraterna cordialidad y seriedad, podría aconsejarse el organizar un poco la desorganización.

Comentarios

Más leídos por autor

El artículo con más vistas de cada autor en los últimos 30 días completos. Cada lectura conserva su autor y su micrositio.

Google Analytics 4 · 11/09/2026 al 10/10/2026 · Último cálculo guardado.