Palacio del Rey de Oros
Publicación original: Novedades, 16 de diciembre de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: minería, industrialización, trabajadores mineros, economía mexicana, historia de México.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Las dificultades arancelarias que desde los Estados Unidos vienen hace tiempo amagando a nuestro plomo y nuestro cinc, han vuelto candente el tema de nuestra minería poniendo de bulto, una vez más, problemas de fondo de nuestra vida económica que persisten irresueltos así como aspectos internacionales muy importantes porque someten a prueba el espíritu de equidad con que se supone animada la convivencia humana de este lado de la cortina de hierro.
México y sus minas se asocian en la mente del mundo y en la realidad de nuestra propia historia. Bartolomé de Medina, Elhúyar, Andrés del Río, rubrican en ella páginas decisivas. Joaquín Velázquez de León deja perenne memoria de su sagacidad en las ordenanzas mineras de 1783. El nombre preclaro de Alamán –acorde con su nativo impulso guanajuatense- se vincula al esfuerzo de la época independiente para hacer reflorecer lo que siempre fue base de nuestra economía. Y antes que todos ellos, como en el principio de casi todo lo bueno que tenemos, Hernán Cortés, que es el primer minero mexicano.
“Tus minas, el palacio del rey de oros”, dijo López Velarde a la Suave Patria en un verso saturado de la minera tradición zacatecana. Verdad es ello, aunque en rigor los tesoros de este rey de la baraja, en México, hayan sido más argentíferos que auríferos. Los reales de minas, así, fueron el eje económico de la vida del país. Aun el auge agrícola y ganadero fue, durante el virreinato, en gran parte resultado y resonancia de la productividad de aquéllos. De ahí que la Corona colmase de protección y estímulo a la industria: rango nobiliario solían tener los mineros, y fácil acceso a cargos civiles y eclesiásticos; la obtención de las materias primas necesarias para el beneficio de los metales –particularmente el azogue, para el de la plata-: de este modo, ríos ingentes de mercurio alemán y peruano afluyeron a México.
Ha sido en consecuencia la minería, alma de nuestras bonanzas y casa de empeños de nuestras pobrezas hasta el momento reciente en que, afortunadamente, la producción nacional ha iniciado un firme proceso de diversificación que es clara promesa de autonomía económica.
Por desventura, ha presidido siempre a nuestra producción metalúrgica tradicional un signo de evasión.
Desde las entrañas generosas de La Valenciana, de Tasco, de Zacatecas, las vetas mexicanas inundaron de plata la tierra, y siempre fue la cantidad menor la que permaneció entre nosotros bajo diversos cuños monetarios o en los primores legendarios de nuestra orfebrería. De igual manera sigue siendo, hogaño. Nuestro acervo metalero: cobre, plomo, estaño, cinc, etcétera, además del oro y la plata, sigue cubriendo un porcentaje muy alto de nuestras exportaciones.
¿Cuándo podrá tener buen éxito el intento de revertir el proceso? ¿Cuándo podremos evitar tan cuantiosa fuga y desbordamiento más allá de nuestras fronteras? Estamos aún lejos de esa meta. Sin embargo, el sorprendente desarrollo industrial de México en la última década permite esperar que algún día esos tesoros se queden en casa, para ser tratados aquí en su mayor parte al menos, y aplicados domésticamente para el propósito de una inteligente industrialización lo más autónoma que las circunstancias permitan, hechas con propias fuerzas y recursos, desligada, cada vez que ello se pueda, de las muletas de la ayuda extranjera para abastecer de productos elaborados el mercado interior y aún, si a mano está, los foráneos.
A esta trascendente mira de efectiva nacionalización de nuestra minería, hay que agregar un hondo aspecto humano que a ello se liga: el de los trabajadores de las minas, nuestros “barreteros”, que en túneles y socavones dejan pedazos de vida, y aún –en muchos casos- toda ella, sirviendo al empeño de arrancar a viva fuerza sus riquezas al aludido rey de oros, de suyo tacaño y avariento.
Porque, venturosamente, desapareció ya la plaga atroz de los azogados, que otrora llenó nuestro ambiente de impresionantes visiones convulsivas. Pero todavía hoy no es demasiado raro, por ejemplo, que se oiga hablar del saturnismo como de un azote no extirpado. Y si hemos de remover obstáculos a la prosperidad de la metalería, es de primera urgencia la máxima humanización de las labores a ella conexas, así como la más exquisita higiene preventiva al respecto. Tenemos entendido que los intereses metalúrgicos, con fina intuición corporativa, han establecido valiosos estímulos para quienes, en cada faceta del laborío y del beneficio, logren hallazgos eficaces para salvaguardia de la vida del trabajador.
Y es que no ha podido evitarse que el Minotauro voraz de la fábula viva todavía entre nosotros, en el Laberinto subterráneo de las minas. Como Atenas con Teseo, México se sentirá entrañablemente endeudado con quienes le ayuden a librarse de ese negro tributo de vidas fuertes ante las cuales todavía se halla la siniestra posibilidad de terminar como bagazo humano entre horrendas fauces mitológicas.
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