Nuestra Vocación Caballeresca

Publicación original: Novedades, 13 de octubre de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Hispanidad, caballería, fe, historia y civilización.

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Fue el 12 de octubre de 1492, el día en que dijérase que lograba su cabal cumplimiento la palabra profética de la Escritura: “Vendrá a ti, ¡oh, Jerusalén!, la muchedumbre de naciones del otro lado del mar”.

Es esa la fecha que las hijas de España reconocen como la de su injerto, gracias a la ligadura jardinera de Roma, en la cepa de la Jerusalén eterna en que el Cristo es centro de vida, y rey en la más absoluta plenitud monárquica, y que, en el tiempo, tiene como gigantesca manifestación histórica la civilización que de Él toma nombre de cristiana. Pero ya la palabra “rey”, que hemos dicho, está evocando, sin remedio, toda una serie de vivencias y valores que asumen su cifra en una expresión inmejorablemente acuñada por otros siglos: “el espíritu caballeresco”.

Y ello nos recuerda, también, que entre los pueblos cristianos ninguno ha tenido como los nuestros, los que a Jesucristo rezan en español, que el Signo de la Cruz –que por primera vez santificó el paisaje americano el Doce de Octubre- es, en la Historia, el emblema heráldico del Sacrificio a la vez que de la Cruzada, de la Oración al par que de la Milicia. Y es que el que siente en las raíces de su ser el “espíritu de caballería”, el que se declara caballero de un rey como el Cristo, sabe que la sola caballería auténtica es la que lleva en sí un claro sentido religioso y urge la realización de obras que tengan a Dios y al prójimo como término. Es que, al propio tiempo, el que tiene espíritu de religión sabe que ésta no es otra cosa que una milicia –la más batalladora y trajinante, por cierto- del mundo moral. Ya rezaba la sentencia del Antiguo: “Vita sine militia mors est”. Y la religión –la que merece el legítimo dictado de tal— es, ni más ni menos, en su aspecto más hondo y real, Vida. Vida sobrenatural.

¿Y cómo podría haberla –aquí abajo, “en este valle hondo, oscuro”- sin los riesgos y los azares de esa milicia que es el ejercicio de las virtudes? Bien sabía Ignacio de Loyola lo que era la religión cuando congregó a selectos espíritus religiosos en una comunidad que en su nombre y en sus obras es, cabalmente, un cuerpo de ejército.

Por eso nuestros pueblos –pese a sus aparentes desvíos históricos- llevan en su fisonomía colectiva el rasgo de una religión militante o de una milicia religiosa. Aman el sacrificio que supone la lucha, porque aman la paz genuina que sólo se consigue con la guerra, con la milicia contra el mal. Por ello recuerdan, en cierto modo, considerados en su conjunto, aquellas órdenes militares de monjes soldados que en la Edad Media tenían por fin socorrer, aun con las armas, al pobre huérfano, a la viuda, o bien defender de los infieles al Santo Sepulcro. Porque es evidente que esa batalla del mundo moral que en el mundo significa y es la religión, trasciende a todos los aspectos de la vida del hombre; a los problemas de la economía, a las obras de la inteligencia y del arte, al arte de la política, a ese choque material de las armas que es la guerra. En todos esos planos, hay lances que librar por los derechos de Bien.

Y las naciones iberoamericanas, desde el albor del Doce de Octubre siguieron la traza histórica de sus dos naciones madres, y, en su ejemplo, se incorporaron sin reticencias a esa singular tarea caballeresca, la más colosal de la caballería de la Historia. Compartieron las hazañas de esa caballería. Fueron sus camaradas de armas en la gran cruzada por el espíritu en los estrados de lo económico, de la ciencia y del arte, así como en las empresas militares, en el común propósito de defender los fueros de la porción superior del hombre.

Hubo un punto en que los iberoamericanos pudimos alejarnos de las empresas, no nacionalistas sino claramente universalistas, en la que nos habían hecho militar nuestras raíces históricas. Pudimos haber entonces clamado, ante la pobreza material de Portugal y España y de la propia nuestra, que los antiguos ideales comunes eran vanos o caducos. Pudimos haber preferido la “inteligencia” que se acomoda al ritmo de los poderes dominantes; el amor a una falsa paz, a esa que motivó la palabra del Cristo: “no vine a traer la paz, sino la guerra”, porque él venía a traernos otra paz, la Paz con mayúscula. “Su” Paz.

Pero la verdad es que hemos preferido, en tiempos de mentidos pacifismos no olvidarnos de que la Cruz tiene forma de espada; así como en tiempos francamente guerreros no olvidamos que la Espada tiene forma de Cruz, que los filos de la Espada sólo se justifican por la Cruz de la empuñadura. Y nos hemos aferrado a lo nuestro, a nuestra vocación de milicia del espíritu y por el Espíritu. No desdeñamos la técnica, pero en el fondo de cada uno de nosotros ésta no tiene ante nuestros ojos más valor que el de un medio, el de soporte de la vida del alma para el logro de sus fines superiores.

Si la fuerza del átomo desgarrara algún día toda la corteza terrestre, no querríamos ciertamente que de nuestro paso no quedasen más que “tractores, turbinas y botes vacíos de mermelada”, sino “catedrales, universidades”, sepulcros de héroes y de santos. Serían, desde luego, más valiosos para rehacer la vida del planeta, para el reflorecimiento de la especie, para la edificación de una nueva Historia que ostentaría el sello de la Cruz-Espada que el Doce de Octubre de 1492 clavó su punta e hirió –dichosa herida-, con sus filos, en la playa isleña de Guanahani.

13 de octubre de 1953
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