Nuestra Ruta
Publicación original: Novedades, 7 de junio de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: México, vocación histórica, Cruz, Hispanidad, catolicidad y verdad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Esta ruta, este camino real, ancho y definido, no puede ser otro que el de la catolicidad militante y misionera. Nacimos como nación bajo el signo de la Cruz y de la Espada, y ello decidió lo sustantivo de nuestro carácter y nuestra vocación en la Historia.
Claro que se puede ser infiel a una vocación. Nada más que entonces se frustra la existencia de una persona o de un pueblo. Se es grande, se realiza uno a sí mismo, sólo en cuanto se es fiel a la vocación, pese a los obstáculos –a veces formidables- internos o externos al sujeto.
Porque la vocación, como su etimología declara, no es otra cosa que un llamado que hay que saber escuchar, primero, y obsequiar, después. Es el llamado de la Voluntad supraterrena que gobierna el acaecer histórico, a un individuo, a una familia, a una corporación, a una ciudad, a un pueblo, a una raza, a un tipo de civilización, a un continente o al género humano en su totalidad, para que, por peculiares vías y maneras, colaboren en la realización del orden y de los fines queridos por esa Voluntad a la que no se puede discutir lícitamente la facultad de imperio.
Cuando un hombre o un pueblo conoce lo que Dios le pide en la vida o en la Historia, ese hombre o ese pueblo comienza a ser salvo. Y lo es plenamente cuando da lo que le es pedido.
A México, lo que ahora se le reclama esencialmente es lo mismo de siempre: la fidelidad a la Cruz y a la Espada.
Esto vale tanto como decir: la fidelidad al sentido apostólico del Bien, que –como enseña la Escolástica- es de suyo difusivo, que quiere que todos participen de él –no sólo una minoría de “escogidos” y “predestinados”-; y la fidelidad al sentido combatiente del propio Bien, que, aunque se duela de la triste condición de los malos, sabe de todas maneras odiar y dar la batalla al Mal.
Todos nuestros grandes auténticos –no los de la historia oficialista precisamente- nos legaron la lección de esa fidelidad, incluso, cuando ello fue necesario, en su manifestación más incontrovertible: el testimonio de la propia sangre. Y pudieron hacerlo, entre otras razones, porque primero conocieron el compromiso con la vocación histórica de su pueblo con iluminada certidumbre.
Hoy día, eso es lo que nos cumple a nosotros también. Estar primero ciertos de no ser -¡qué duda cabe!- la hoz y el martillo ni las barras y las estrellas lo que signa nuestro destino, sino la Cruz y la Espada que subrayan el nobilísimo sentido de reivindicación del Bien que vibra en nuestro símbolo del águila devoradora del reptil maligno. Ciertos de ser nuestras propias y autónomas esencias nacionales, la mexicanidad, en suma, quien tiene que decirnos qué hacer en la presente coyuntura del mundo, que es de supremo peligro. Ciertos de que sólo nuestra peculiar vocación, que se articula a maravilla con los intereses generales y superiores de la humanidad, puede pedirnos una u otra conducta, indicarnos la ruta verdadera, aun anticipando claramente los riesgos, o, tal vez, incluso las repugnancias circunstanciales que ella pueda traer aparejados. Como compensación el deber, una vez conocido con certeza, es siempre menos duro, y los sacrificios que por él se hacen, más gloriosos.
¿Cuál será el deber de México frente al gran debate ideológico y de intereses que hoy ensombrece al planeta?... Candente interrogación a la que las incidencias del duelo han ido dando y seguirán dando respuestas concretas. Pero éstas, de cualquier manera que sean, se encuentran de antemano contenidas en la gran respuesta general que da nuestra vocación en la Historia: otorgar testimonio de la Verdad. De la verdad de la Cruz.
Hacerlo, es afirmarnos a nosotros mismos; prolongar las mismas veredas y caminos que abrieron los Antonio de Mendoza, los Luis de Velasco, los Motolinia, los Vasco de Quiroga, los Fray Margil y los San Felipe de Jesús. De esa suerte, cumpliremos a conciencia el compromiso de preparar los caminos de una nueva Historia en la que sea nuestro el mensaje: el mensaje común a todos los pueblos de nuestra Estirpe: de hermandad universal y convivencia de veras justa y pacífica, en vez del pobre mensaje de los materialismos hoy en pugna; materialismos que –más duro y elemental, uno; más halagador y confortable, el otro-, de prevalecer cualquiera de ellos en solitaria prepotencia, podrían tal vez frustrar nuestro destino, malograr nuestro quehacer histórico y aun nuestra alma nacional.
Hoy, una vez más, como en todas las coyunturas decisivas, es hora de recordar lo del primer mexicano por el espíritu, Cortés:
“Sigamos la Cruz; que, si tenemos fe, con esta señal venceremos…”.
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