Nuestra Mujer y el Deporte

Identificador: DM-387.
Publicación original: Novedades, 9 de enero de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: mujer mexicana, deporte femenino, hogar, educación física, feminidad, cuerpo y espíritu, sociedad.
Ilustración de Nuestra Mujer y el Deporte, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

En el deporte, como en otros planos, se ha querido constreñir a la mujer en un falso dilema: o enclaustramiento de gineceo ateniense o marimachismo de gimnasio espartano. Ni una ni otra cosa. Tales exclusivismos han sido definitivamente superados por nuestro sentido occidental y cristiano.

El gineceo fue tiranía de maridos. El gimnasio dórico fue tiranía –aún más degradante- del Estado. La tradición nuestra dice: sencillamente: hogar. Palabra que ya no entraña duras cárceles inescapables, sino dice polo magnético al que han de convergir –como en un ideal mirífico y alucinante- las varias rutas de la actividad femenina, múltiple y fecunda. Y así la primacía del espíritu no riñe con el humanísimo cultivo de lo corpóreo, antes lo supone como soporte necesario. El secreto está en no subvertir las jerarquías, en no asentar al cuerpo en el trono que por derecho corresponde al alma.

Juzgando las cosas de este modo, bien se entiende y justifica el auge ganado hoy día por el deporte en las aficiones de la mujer mexicana. Desde luego que en esto también no es raro notar contagios y exageraciones extranjerizas. Pero tenemos la impresión de que cada vez cobra mayor imperio el alto y luminoso sentido del deporte, practicado por la mujer juiciosamente y con miras trascendentales.

Es por eso que, desde el campestre excursionismo hasta el llamado deporte de los reyes en las mesas de tenis, la intuición femenina suele mostrar un fino instinto selectivo de los ejercicios físicos que le son más adecuados por consideraciones orgánicas a la par que espirituales. Los ha incorporado, con firmeza y decisión, al feudo de sus dominios con indisputable derecho. Y con el varón los comparte en sabia, fraterna alianza.

De esta suerte, tales expansiones del músculo hacen hoy en ciertos aspectos más amable y bella la vida de la mujer. Y lo que en los juegos se gana en salud –combatiendo el encanijamiento y el raquitismo- ha mejorado la vitalidad del cuerpo, afinando muchas veces la armonía de sus líneas, y le ha dotado de una grácil movilidad que exalta su encanto y señorío. Todo lo contrario a lo acaecido en otros pueblos, en los que la excesiva rudeza de la aplicación a los deportes ha hecho desmerecer la verdadera configuración estética y ha matizado el talante de las mujeres en un repelente hombrunismo.

Bien haya, pues, en estos términos, el éxito en crescendo del deportismo femenino. Por lo que trae aparejado de caricia de agua, de sol, de risas montaraces; de sano fluir, en las venas, de la torrentera sanguínea; por lo que tiene de absorción de ozono de bosque de yodo marino; por lo que significa en destreza de movimientos; de perspicuidad de la vista; de desarrollo del sentido de la inagotabilidad del recurso ante la infinita variedad y problemática que suponen las incidencias deportivas; por cuanto es comunión, en suma, con la tensión y el esfuerzo que tornan vivaz al espíritu y lo educan divirtiéndolo, para los trances y responsabilidades de la vida. Esta exige, como nunca antes, de la mujer, una adaptación en la que, sin perder lo mejor de sí propia, resulte vencedora de las durezas materiales y psicológicas de esta azarosa etapa histórica de transiciones desconcertantes. La mujer es, de esta manera, más mujer. Muchas, al menos, han comprendido cuál es su genuina ubicación en el mundo de los deportes, y van dando de mano las exageraciones y desvíos del momento inicial de su ingreso a ese mundo. A poco andar, su perspicacia les ha revelado que en él hay zonas de dominio común con el hombre, y otras –tal vez las de menor valía- que le son radicalmente ajenas, y en las cuales pierde gracia y donaire, y aun salud corporal y anímica.

Y porque son cada vez en mayor número las que así lo entienden y practican, congratulémonos de que en México el deporte contribuya a hacer más fresca y más estética, más donosa y señorial, a esa bella mitad de nuestra población que, como dijo el chusco, es “la mitad más grande”. Sólo que –en rendida galantería- hemos de añadir que lo es, en verdad, más que por su número, por la fragante calidad de su espíritu.

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