Notas del Mundo Misionero
Publicación original: Novedades, 17 de enero de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: misiones católicas, Tailandia, universidad budista, religiones del mundo, estadísticas religiosas, evangelización.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Las publicaciones editadas por el esfuerzo misionero católico abundan en un inapreciable caudal de noticias de interés no sólo religioso sino general. Y es que, con frecuencia, reflejan aspectos vivos de la actualidad con un sobresaliente valor informativo por ser de primera mano, por no estar sujetas a censura y por ser de ordinario suministradas por residentes de los puntos geográficos de donde provienen tales noticias y no por meros visitantes que casi siempre desconocen los mil y un pormenores y antecedentes que configuran la realidad vernácula de una ciudad, de una comarca, de un país o de una región dada de cualquiera de los cinco continentes. De ahí que sean para el periodista a secas, con abstracción de su actitud religiosa, una eficacísima fuente de datos de objetividad no común y –muchas veces- de enfoques insospechados y reveladores.
Por ejemplo, una de esas publicaciones nos pone al tanto de que la Universidad budista de Tailandia ha llamado a un sacerdote salesiano para exponer una cátedra de teología católica a los alumnos de los dos últimos cursos. El espíritu que anima esta medida en un país de proverbial y rígido tradicionalismo, por demás reacio a renunciar a sus antiquísimos moldes espirituales, no deja de ser ilustrativo y de contrastar, verbi gratia, con la sectaria estrechez académica de institutos laicos de cultura superior en países católicos, para los cuales el solo pensamiento de asumir una actitud análoga a la de esta Universidad del arcaico reino siamés, cuyos súbditos católicos son apenas el uno por ciento, sería inconcebible y hasta ofensivo.
Resultan ejemplarmente reveladores los motivos del singular hecho. El rector de la Universidad siamesa declara oficialmente al nuevo catedrático: “Yo deseo que estos bonzos jóvenes que se dedican a estudios superiores y que tendrán más tarde en sus manos la suerte del budismo en este país, conozcan bien las principales religiones del mundo, entre las cuales el catolicismo ocupa el primer puesto. Por esta razón estamos contentos de que haya usted aceptado esta cátedra, porque así podremos conocer, al través de una persona competente, los aspectos del catolicismo. Si fuéramos a buscar este conocimiento en los libros o en personas poco calificadas o no practicantes, correríamos riesgo de ser engañados. No nos hemos dirigido a los protestantes porque hay demasiadas sectas; sin embargo, nos gustaría que nos diese también una idea del protestantismo”.
Además, se añade, vista la relevante irreductibilidad de la religión católica frente al comunismo, los budistas sienten “la necesidad de unirse en un frente común y de olvidar las dificultades que hayan podido surgir en el pasado, para considerar que tanto unos como otros no buscan más que hacer el bien”.
En otro órgano de información misionera se hace mérito de las cifras estadísticas religiosas del mundo. Cifras globales y redondeadas en millones, que dan un interesantísimo cuadro de compacta visión.
De ellas resulta que, de los más o menos 2,440 millones de pobladores del globo, sólo algo más de la quinta parte -480 millones- son católicos, si bien constituyen la confesión religiosa con más adeptos; siguiéndole el islam con 390 millones, y luego, también con altas cifras, los conglomerados religiosos asiáticos del confucionismo, del budismo, del hinduismo y shintoismo, así como el conjunto de denominaciones protestantes.
Es muy ilustrativo también el porcentaje de católicos en relación a la población total en cada continente. Así, en esto tiene América el índice más alto: 56 por ciento, con 192 de la suma de 337 millones de habitantes. Para Europa se registra un 39 por ciento: 234 millones de católicos en una población de 592 millones.
Por otra parte, de los 480 millones de católicos, corresponde a Europa el 49 por ciento y a América el 40 por ciento, distribuyéndose el restante 11 por ciento en los demás continentes.
En Turquía, Irán, Paquistán, Siam, Birmania, Corea y China, los católicos sólo significan el uno por ciento de la respectiva población total. Y en Afganistán, Arabia, Groenlandia, Tíbet y Mongolia exterior, no existe de hecho el catolicismo.
Y ahora, un dato capital. En un cuarto de siglo, de 1923 a 1948, la Iglesia católica aumentó en países de misiones la cifra de 12 millones, lo que equivale a un aumento diario de 1.314 bautizandos. Esto habla del celo extraordinario y de la eficacia sobrenatural del trabajo misionero, realizado a costa de vencer dificultades desmesuradas por un muy proporcionalmente corto número de apóstoles, circunstancia que no suele ponderarse como es debido en los países secularmente católicos. Y a nuestro parecer, al mismo tiempo habla mucho de la falta de apoyo global a ese meritísimo esfuerzo por parte del gran conjunto tradicionalmente católico de Europa y América. Creemos indudable que si tal apoyo hubiese sido siquiera la mitad de lo que se tendría derecho a esperar, esa cifra de 12 millones de nuevos católicos de Asia, África y Oceanía habríase triplicado o cuadruplicado.
Hay, además, un dato sumamente desconsolador para el católico consciente. El del incremento anual por la sola natalidad.
Desde este punto de vista, las religiones no cristianas aumentan cada año en 18 millones. El catolicismo, en cambio, solamente en 6 millones. Las denominaciones cristianas no católicas, en 5 millones. Esto quiere decir que “el catolicismo disminuye relativamente a pesar de su gran incremento absoluto”. Y pone de bulto el terrible daño que significa la desunión de las confesiones cristianas. Si esa desunión cesase, el desnivel estadístico de aumento natalicio con el mundo religioso no cristiano, sería -11 millones anuales contra 18- mucho menos desalentador.
Por fortuna, los datos estadísticos de un momento dado, aunque muy importantes por ser expresión numérica de procesos o situaciones, no hacen aunque ayudan a comprender la historia. Y ésta registra una notable variedad de agentes que la causan, sobre todos los cuales actúa la suprema función rectora de la Providencia.
El Espíritu de Dios no descansa y sopla donde, cuando y como le place, determinando los resultados más imprevistos y admirables, niveladores de la balanza de fuerzas. Dígalo la extraordinaria gesta evangelizadora de América, que compensó la aciaga secesión protestante del norte europeo. Los católicos no debemos olvidarlo jamás como un dato objetivo que apoya nuestra virtud de esperanza. Y nuestro deber claro es la autenticidad de la vivencia de nuestro cristianismo, así en sus aspectos íntimos como en sus forzosas resonancias temporales, para coadyuvar en nuestro punto y medida al aceleramiento del proceso histórico universal hacia esa su subyacente y última meta de la unidad de las razas en la fe y en el amor de Cristo.
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