No Romance Sino Historia
Publicación original: Novedades, 9 de agosto de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Hernán Cortés, Conquista de México, Prescott, historia y genio militar.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El 13 de agosto, aniversario de la toma de Tenochtitlán, nos recuerda el testimonio de una voz que es, casi, el último eco importante de la superada actitud que denigraba sistemáticamente a la Conquista y a sus hombres. Es la voz de Prescott. Prescott habla por ejemplo, de la superioridad social y económica de los incas sobre el europeo del siglo XVI, de la innecesaria crueldad de los conquistadores y de su horror a la higiene. También, a regañadientes, como con tirabuzón, califica a Cortés de “excelente” militar.
Por su afán de regatear, hasta donde le es posible, la grandeza a don Hernando, echa mano del viejo truco de dar la apariencia de imparcialidad con adjetivos de elogio, sí, pero que no expresan la realidad porque se quedan a medio camino. Porque lo cierto es que Cortés fue algo más que un excelente militar. Fue un genial guerrero, y –debe ello reiterarse- el más grande de los conquistadores. No es posible, digamos, contentarse con decir de Julio César que fue un excelente militar: ello sería falso por incompleto; porque en el adjetivo hay un matiz semántico que no es exhaustivo de la verdad, de la ponderación que merecen sus cualidades guerreras. Excelentes soldados pueden ser el duque de Alba o Turena. Genios de la guerra, en cambio, Alejandro, Napoleón o Cortés.
Sin embargo, Prescott, sin darse cuenta, contradícese. La prodigiosa página conquistadora no pudo menos que suscitarle –no obstante su antihispanismo y su anticatolicismo- una notable exaltación de lo que él mismo afirma que, “como proeza militar, debe llenarnos de asombro”:
“Que un puñado de aventureros armados y equipados de muy diversas maneras haya arribado a las playas de un imperio poderoso habitado por una raza feroz y belicosa, y que despreciando las prohibiciones reiteradas del soberano, haya penetrado hasta el corazón del país, sin conocer ni la lengua ni la tierra, sin guía ni brújula que los condujese, sin idea de las dificultades que tendrían que vencer, totalmente ignorantes de si el paso que iban a dar inmediatamente los pondría en tierra enemiga o en un desierto, caminando en completa oscuridad por decirlo así; que aunque casi derrotados en su primer encuentro hayan osado penetrar en el interior del imperio y arrojarse sin vacilar en medio de los enemigos; que lejos de amedrentarse al ver el poderío y civilización de la nación, se hayan confirmado en su primera resolución; que hayan aprisionado al monarca y ejecutado en su presencia y en la del pueblo a sus ministros; que arrojados de las puertas de la ciudad hayan reunido sus diseminados restos, y merced a un plan bien combinado de operaciones, hijo de la política y de la intrepidez, hayan logrado sojuzgar a la capital y asentar su poder sobre todo el país; que todo esto se haya hecho por un puñado de desvalidos aventureros, es casi un milagro, QUE SERÍA INVEROSÍMIL SI SE CONTASE EN UN ROMANCE Y QUE NO TIENE IGUAL EN LA HISTORIA”.
Nada mejor que, de intento, dejar a Prescott las consideraciones que querríamos expresar con lenguaje nuestro, poniendo sintético énfasis en la grandeza militar de la Conquista. En su boca, vale mucho más la alabanza de Cortés. Y esa alabanza sale al paso al intento de disminuir la hazaña conquistadora con uno u otro pretexto. Todavía recordamos la pretensión de equiparar la ventaja significada por la posesión de armas de fuego en la centuria decimosexta, con la de la bomba atómica en nuestros días. Absurdo y desproporcionado paralelo. Al alcance de cualquiera está la puerilidad de comparar los arcabuces y cañoncitos de Cortés con la bomba nuclearia y no vale la pena insistir en ello.
La verdad es que, como en otra ocasión hemos dicho, la aparición de Cortés en la Historia es la presencia de quien –como en el caso de todos los grandes- toma por asalto las murallas que a aquella guarnecen, y, una vez ganadas, se asienta por buen derecho en la torre del homenaje, entre los inmortales.
Comentarios
Publicar un comentario