No para el placer sino para el Heroísmo
Publicación original: Novedades, 15 de febrero de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: juventud, heroísmo, deber, patria y formación moral.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
La encrucijada histórica es dura y ello mismo impone la evocación –y la invocación– de la juventud. Solamente que el tema es tan respetable por lo que tiene de decisivo para el futuro –ya en un sentido esperanzado y luminoso, ya en otro sombrío y pesimista– que no consiente ya que se le siga encuadrando en esa insoportable literatura de lirismos baladíes a la que suelen dar pretexto los años mozos. Hay en ello una suprema majadería y una suprema incomprensión de aquello que pide la historia que estamos viviendo. Para esta hora es un lenguaje todo lo poético que se quiera; pero siempre que sea franco, directo, acometedoramente varonil, con sonido recio de fabla de cantar de gesta; con dejos de austeridad militar; con musculosa substancia que hable de atletismo y gallardías del espíritu ante la vida difícil, angulosa y dramática que en ciertas latitudes empezó aun desde antes de la última guerra y que en la nuestra se avizora si no es que en algunos aspectos ya ha comenzado.
Y aquí estamos, de golpe, en el meollo de nuestro asunto. Si hay que hablar de juventud, hemos de ceñirnos a la que ahora es aquí, en México, y aludir a su extraordinaria vocación y a sus responsabilidades sin precedente equiparable.
Y duele el considerarlo y el decirlo. Pero la verdad es que esa vocación y esa responsabilidad correlativa pasan casi absolutamente inadvertidas. Lo más odioso de los últimos lustros radica en esa ola de inconsciencia, de banalidad decadente, de falta de grandeza, que parece ahogar el impulso de las últimas mocedades.
Porque los vicios y defectos juveniles que se dan en todos los tiempos nunca deben preocuparse en demasía a quienes tienen por oficio el estar atentos a las pulsaciones de la Patria. Todo ello será siempre más o menos lamentable, pero a la vez redimible con mayor o menor facilidad. Lo que sin eufemismos hay que gritar a los jóvenes es que, aquí y ahora, nadie –pero el joven menos que nadie– tiene derecho a la imbecilidad, a la vaciedad, a la intranscendencia de que muchos están dando muestras tan copiosas como tristes.
Porque el pecado juvenil del momento es puntualmente eso, y hay que repetirlo: la intrascendencia, la falta de sentido y de ambición de grandeza. Todo un mundo con un milenario, excelso tesoro de cultura que salvar se halla al borde del peor precipicio histórico de que se tiene memoria. Y los que por razón de edad debían de esforzar el dinamismo de su brazo y enfrentar el arrojo de su alma para, en primera fila, evitar el desastre, discurren por las calles, por los centros de espectáculo, o peor aún, de vicio, en una repelente existencia menos que animal, vegetal, por insensibilidad, por inconsciencia del despeñadero al que, si Dios no lo remedia, todos vamos.
Nunca había sido tan necesario como en estos instantes el sacudir la psicología de los que hoy tienen los quince, los veinte o los veinticinco años con la convicción que se encierra en esta sentencia definitiva y centelleante de verdad: “LA JUVENTUD NO ESTÁ HECHA PARA EL PLACER, SINO PARA EL HEROÍSMO”. Fuerza es que, si pretenden vivir la autenticidad de su juventud, entiendan que deben tener la suprema aspiración de ser, sin jactancias, escuetamente, héroes.
Sí. Héroes de la diaria tarea profesional que no miran tanto al personal medro cuanto a la ganancia de la sociedad. Héroes de la inteligencia, para esclarecer las terribles oscuridades que ennegrecen el inmediato porvenir humano. Héroes, sobre todo, del corazón y de la voluntad que sepan incendiarse e incendiar al pueblo en el cimero heroísmo del amor práctico y operante a los supremos valores que dan sentido a la vida individual y nacional: la Verdad, la Belleza y el Bien.
Sólo esta convicción de la ineludible exigencia del heroísmo de la mocedad puede dar a Méjico la esperanza de la supervivencia ante los formidables y azarosos episodios que razonablemente se vislumbran en el planeta. Méjico será salvo cuando sea una arrolladora realidad social la excelsitud de esta fórmula:
“La juventud forma el invariable propósito de poner su pujanza y su espíritu al servicio del pueblo y de la Patria; esforzarse por rehabilitar, custodiar, acrecentar y difundir los valores tradicionales y culturales de la Nación; profesar un patriotismo ardiente, y enseñar con la palabra y el ejemplo que ese amor es virtud clara, noble y grande, y luchar sin descanso ni término para que Méjico adquiera conciencia más y más lúcida de sí propio y de sus destinos supremos, y para que el pueblo entero se yerga y marche triunfador tras de su gloriosa bandera…”.
Para tan elevado quehacer histórico se requiere una juventud viril, heroica, y no una juventud de cinematógrafo, de cabaret o de prostíbulo.
Comentarios
Publicar un comentario