Música Popular Hispanoamericana
Publicación original: Novedades, 13 de febrero de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: música popular, folclor, México, Uruguay, Argentina e identidad hispanoamericana.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
La tarde ha sido magnífica, bienhechoramente soleada. Queda en el ánimo la fragante visión ribereña de las ramblas de Montevideo; la intensa estadía en la histórica Fortaleza; la sonrisa verdegueante del Parque Rodó; el monumento de la Carreta –vivos “hablando”, el conjunto y cada figura; extraordinario logro de movimiento y de equilibrio- que nos clava perennes saetas de remembranza; la visita –en que nuestra emoción se colma- al Santuario del Cerrito, bajo cuyas naves se desborda la religiosidad uruguaya reiterando el vasallaje nacional a Cristo Rey.
El día declina, y el paseo automovilístico también. Sólo corazones amigos y unísonos en redor nuestro. La radio del vehículo deja oír las notas triviales y horrendas de varios de esos “boleros” dizque mejicanos que tan ingrata publicidad nos hacen en estas latitudes. Por algo que quiere ser deferencia para el visitante, se escuchan; pero ningún eco despiertan en nuestros cordiales compañeros. Suenan, de pronto, liberadores, los compases del “Cielito Lindo”, y en un arranque espontáneo –porque toda la comitiva es sanamente alegre y cantadora- ninguno deja de hacer coro vivo a sus cadencias. Luego aparecen los tangos gemidores, y el entusiasmo es notoriamente breve y apagado.
Más tarde, en cambio, disfrutando un selecto y genuino ambiente familiar criollo –en el que toda cordialidad tiene su asiento- nos es dado conocer algo de la expresión musical auténtica de aquí. Las voces evocan, de primera intención, el lindo “Pericón del Alba”, que es un precioso ejemplo de primor y gracia, que se solía bailar al amanecer, mientras las parejas cantaban:
“Vestido blanco,
vestido blanco,
sin interés ninguno
te quiero tanto,
te quiero tanto.
Llueve y se moja,
llueve y se moja,
la lechuga en el huerto,
llueve y se moja,
llueve y se moja.
llueve y se moja
viene un viento y la sacude
hoja por hoja,
hoja por hoja.
Dicen las flores,
dicen las flores:
ya viene quien marchita
nuestros colores,
nuestros colores.
Planté corales,
planté corales
para que colorearan
los arenales,
los arenales.
Cuánto me lleva máistro
cuánto me lleva
por ponerle a mi zueco
una tachuela,
una tachuela.
“Versos monótonos como nuestras planicies”, me dicen. “Tiernos, ingenuos como una criollita”.
De súbito, una vieja canción campirana. Muestra lo que solía llamarse una “cifra”. Se canta a viva voz. Nos subrayan “el ritmo rápido y vibrante” que manifiesta “la arrogancia y la altivez de la raza criolla”. La tonada fuerza a repetir casi todos los versos en pares o en cuartetas:
“Aquí me pongo a cantar
debajo de este membrillo,
a ver si puedo alcanzar
las astas de ese novillo.
Si ese novillo me mata
no me entierren en sagrado:
entiérrenme campo afuera
donde me pise el ganado,
con un letrero que diga:
“Aquí murió un desgraciado.
No murió de tabardillo
ni de puntada al costado:
murió luchando cuerpo a cuerpo
en las astas de un toro bravo”.
¿Qué oído mejicano dejaría de reconocer, con jubilosa sorpresa, la indudable vinculación de esa “cifra” con nuestro popularísimo corrido de “El Hijo Desobediente”, a pesar de las diferencias musicales y argumentales de una y otro? Baste evocar lo que el corrido mejicano dice en cierto momento:
Lo que le pido a mi padre
que no me entierre en sagrado
que me entierre en tierra bruta
donde me trille el ganado.
Con una mano de fuera
y un papel sobredorado,
con un letrero que diga:
Jelipe jué desgraciado.
Y aparece también la alusión táurica, la que –a menos de otorgarle un sentido simbólico- en nuestro corrido viene a resultar una de esas inconexiones nada raras en el romancero peninsular y en el americano, explicables por las lagunas a que suele dar lugar la tradición oral, que a veces incurre en el olvido de interesantes fragmentos, en la mutación de palabras o frases enteras, y hasta en la variación del tema en medida importante, o bien en la pérdida del metro como ocurre con inmediata evidencia en los dos últimos versos de la “cifra” uruguaya que esta velada escuchamos. Nadie olvida cómo, de buenas a primeras, nuestra canción –con cuatro terminaciones seguidas, heterodoxamente asonantes- expresa: “Bajaron al toro bravo –que nunca lo habían bajado; -pero ahora ya lo bajaron- revuelto con el ganado”.
¿Qué remoto nexo original hermana a estas dos canciones? Hay hipnosis de investigación folklórica en la pregunta. Pero se nos ocurre que la respuesta básica es obvia: el vínculo debe hallarse en algún antiquísimo romance peninsular, que se fue por el cauce de dos versiones que florecieron distantes entre sí por miles de leguas.
Sea lo que fuere. De todas suertes, ahí queda vibrando, en los fragmentos coincidentes de cada uno de estos dos ejemplares de canto popular hispanoamericano, el testimonio vivo y conmovedor: la misma savia nutricia y primigenia vivifica nuestra autenticidad. Sobre cualquier accidental divergencia, todos los hijos de “Hispania fecunda”, en cuanto tales, y en alguna medida, podemos incluso darnos cita en el folklor, con la certeza de encontrarnos y entendernos unos a otros en él.
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