México y Centroamérica
Publicación original: Novedades, 19 de febrero de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: México, Centroamérica, Hispanidad, integración regional, intercambio cultural, cooperación económica.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Hay una especial vinculación histórica y geográfica entre los países centroamericanos y el nuestro. Dentro del marco continental e hispánico somos recíprocamente, los prójimos por más cercanos. Y aun puede decirse que, conjuntamente, formamos una suerte de unidad natural inacabada por obra de factores adversos a nuestra común voluntad.
Los azares de la historia desviaron nuestros caminos. Pero éstos arrancan todos de una misma ruta originaria, empedrada de romanidad y de hispanidad. En ella hemos de hacerlos entroncar, nuevamente, si es que tenemos un mínimo de sensibilidad gentilicia y de sagacidad histórica.
En verdad, es absurdo que a estas alturas de adelanto de los medios de comunicación, nuestra inmediata vecindad en el mapa se resuelva casi en un alejamiento en la cartografía de la vida real de nuestros pueblos. Nuestras relaciones económicas y espirituales, hoy día, son lamentablemente raquíticas comparadas con aquello que deberían y podrían ser.
Por otra parte, si atendemos a consideraciones de orden universal debe decirse que si el mundo hispánico ha de valer algo en el “status” futuro del orbe, ha de iniciarse su total reintegración por medidas previas y graduales—lo que de ningún modo implica lentitud en ellas- que tiendan a reconstruir las innegables unidades subalternas formadas por grupos nacionales que guardan entre sí, a más del común denominador de la estirpe, singulares afinidades por razón de la Geografía, de la Tradición, o de exigencias económico-políticas que más de cerca les atañen.
Es obvio que tal es el caso de México y los pueblos que ocupan la zona ístmica del continente, juntamente con los países del archipiélago antillano. Hasta que se desintegró el Imperio español, formamos entre todos un solo equipo, una sola milicia en que acometimos mancomunadamente la empresa de forjar nuestra vida en lo económico y en lo cultural. Y más de una vez, en los trances del embate pirático y filibustero, nuestras armas sellaron, con la sangre vertida en la defensa del patrimonio de todos, la hermandad que ya era un hecho musculoso desde que aquélla empezó a latir en las venas de unos y otros.
¿Cómo justificar, pues, este aislamiento práctico en que ha transcurrido nuestra existencia en el último siglo?
Se impone un austero y urgente deber de rectificación. No en lirismo de discurso conmemorativo o en intrascendente afán de llenar un tema periodístico con unas cuartillas bien intencionadas. El apretar nuestras ataduras fraternas en lo material y en lo cultural sólo puede ser consecuencia de una empeñosa vida de relación llevada a la práctica no meramente por los gobiernos sino también por los particulares de nuestros países. Viajes de estudio, intercambio universitario, académico, bibliográfico; intentos mercantiles e industriales que al vigorizar nuestra interdependencia en esos campos acrezcan nuestra potencialidad y nuestra común autonomía económica; competencias deportivas frecuentes que conecten a nuestros jóvenes en una edad y en un orden de preocupaciones que son de suma aptitud para fincar amistades duraderas y eficaces que con el tiempo pueden dar sus frutos en planos más trascendentes; ferias, exposiciones, verbenas que sean expresión del esfuerzo de todos en lo agrícola, industrial, literario, pictórico, en lo atañedero a obras públicas nacionales, en lo que hace a los adelantos de nuestros respectivos municipalismos; romerías y congresos de carácter religioso; convenciones de estudio de los problemas sociales y políticos.
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