Mayo y la Autenticidad

Identificador: DM-438.
Publicación original: Novedades, 29 de abril de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Virgen María, mes de mayo, autenticidad cristiana, oración, sacramentos, Fátima.
Ilustración en blanco y negro de Mayo y la Autenticidad, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Mayo a la vista. Y, como siempre, la inexhausta, la maternal solicitud de la Iglesia es incansable y certera para evocarnos –a lo largo de todo el año- la urgencia de esa autenticidad que nos intima el nombre de cristianos. Con la Navidad, mayo es quizá la más delicada de tales exhortaciones por su fragante exaltación de la más perfecta de las autenticidades: la de María, “Madre del verdadero Dios, por Quien se Vive”, según reza el suavísimo relato guadalupano.

Porque estamos enfermos de mediocridad. Y es cosa de repetir que esa mediocridad explica mejor que ninguna otra causa los signos históricos que han prevalecido en las últimas centurias. Y que es ella la que está estorbando todavía el cambio de tales signos no otros que claramente anuncien la verdadera restauración del hombre alrededor de sus ejes fundamentales.

Entre múltiples aspectos que la expresan, tal mediocridad se manifiesta, verbi gratia, en la incongruencia suicida con que tantos olvidan en lo cotidiano esa enseñanza elemental de la catequesis católica –y del más llano sentido común- que insiste en la necesidad de la oración vivida y no sólo hablada, y en su tremenda eficacia sobre la vida individual y sobre la Historia. Y ese olvido suele ir de la mano con un increíble desconocimiento práctico acerca de la significación y de la poderosa virtualidad sobrenatural de los sacramentos. Con ello se establece, de hecho, una sólida barrera que impide que lo temporal sea vivificado por los agentes que con mayor eficacia pueden depurarlo y elevarlo a planos históricos superiores.

Abandonado de esta suerte a sus solas posibilidades, no resulta extraño que el orden de lo meramente natural haya logrado cumplir su lógico signo de deshumanización de ingentes muchedumbres en los países de civilización cristiana. En cierta y considerable medida, se ha vuelto a repetir la experiencia pagana, y se ha comprobado otra vez lo inevitable de tal proceso decadente siempre que entre los dos planos de la realidad total que son lo natural y lo sobrenatural las líneas de comunicación se ven interrumpidas.

Sin esa falta de vitalidad sobrenatural de muchísimos cristianos el laicismo socializado de nuestros tiempos no hubiera sido posible. Ni la cultura occidental habría perdido su intención universalista que, por generosamente misionera, habría evitado el actual fantasma de un Oriente acristiano y antioccidental, lleno de resentimiento por los agravios colonialistas. Ni la anemia del sentido religioso, el herir las bases espirituales del orden cristiano, que son la justicia y la caridad, habría puesto las condiciones para el nacimiento y para el desarrollo apocalíptico del comunismo.

Pero lo más grave es la persistencia en esa mediocridad, después de tan prolongada cuanto nefanda experiencia. Y ahora –y puesto que nos hemos referido al mariano mes de mayo- aparece un síntoma que caracteriza la intervención particular, en el acaecer contemporáneo, de ese otro actor de la Historia que es Dios. Hablamos del énfasis extraordinario de la faceta mariana sobre la religiosidad católica de nuestra hora, y las también sobresalientemente marianas epifanías de lo milagroso en los últimos tiempos, entre las que tiene singularísima relevancia y significación el mensaje de las apariciones de Fátima. Pues bien, en todas esas epifanías es notoria –y urge ponderarla hasta en sus últimas consecuencias prácticas- la intimación que se hace al mundo cristiano a la penitencia y al espíritu de oración.

Ello, en resumidas cuentas, equivale al llamado a la autenticidad diariamente vivida y en todos los órdenes –intimidad de la conciencia, ámbito familiar y profesional, esfera cívica y política inclusive- de las evangélicas bienaventuranzas que hace poco una pluma ilustre y certera hacía observar que fueron predicadas por Cristo no dentro de un claustro monástico, sino a la luz del sol y a un auditorio de las más obvias y ordinarias ocupaciones de índole temporal.

Esa plenitud de gracia y de cumplimiento de tales bienaventuranzas, esa fidelidad absoluta y viviente a Cristo que fue María desde su primer instante vital hasta el Calvario y hasta la dulce muerte, ha sido siempre para el cristiano el arquetipo radioso de la sobrenaturalización integral de sí propio (“Si en la cocina, entre los pucheros anda el Señor”, decía Santa Teresa, la Mística andariega y trajinante). Pero para el cristiano que vive la presente angustia del tiempo, asume un lenguaje valerosamente penitencial y rectificador, y –sobre esa premisa- la certeza clara como el sol de una intercesión soberana, objetiva, personal, viviente, de una “omnipotencia suplicante” que puede enderezar los caminos históricos y detener a la vez eso que hasta ayer no más se tuvo por delirio de obscuras mitologías: el rayo –encerrado en el núcleo mismo de la materia- capaz de fulminar a un mundo como nunca mentiroso e injusto, afrodisíaco y homicida por culpa, en gran parte, de la mediocridad de los cristianos.

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