Maximiliano y la Iglesia

Identificador: DM-399.
Publicación original: Novedades, 2 de abril de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Maximiliano, Carlota, Iglesia mexicana, Segundo Imperio, Leyes de Reforma, Pío IX, conservadores.
Ilustración de Maximiliano y la Iglesia, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El espíritu de partido suele dar esquemas rígidos de interpretación histórica de personajes, acontecimientos y etapas. Un propósito llano de objetividad se atiene, en cambio, a la escueta exposición de las realidades pretéritas en su verdad compleja, matizada y muchas veces desconcertante.

Así, por vía de ejemplo, fuera de los especialistas y de los estudiosos, el Imperio de Maximiliano es ordinariamente visto como el triunfo y vigencia de los más exigentes extremismos conservadores, singularmente en lo tocante a relaciones entre Iglesia y Estado. Muy lejos de lo cierto, esta exégesis a rajatabla es reducida a polvo en uno de los excelentes estudios de carácter divulgativo que integran la serie Figuras y Episodios de la Historia de México, que dirige don Alfonso Trueba y publica la Editorial JUS. En ese trabajo –La Iglesia Mexicana en el Segundo Imperio- el docto historiador don Jesús García Gutiérrez pone las cosas en su punto y lugar.

Y la verdad es que el Segundo imperio estuvo muy distante de constituir un régimen que pudiera llamarse clerical o simplemente católico. De ordinario se ignora o se pasa por alto que tanto en Maximiliano como en Carlota, por más sorprendente que ello parezca, alentaban las ideas liberales y que por consiguiente fue un error de fondo por parte del partido conservador haber aceptado la sugerencia de Napoleón III al elegir las cabezas del instituto monárquico, ya que la restauración de éste, puntualmente, tenía como medular objetivo el establecer un sistema que fuese dique político eficaz a la manifiesta irreligiosidad del liberalismo.

Dice la sentencia evangélica que todo reino dividido perecerá. Y esta contradicción interna entre el propósito restaurador y los principios ideológicos de Maximiliano y Carlota –los mismos, dicho sea de paso, de Napoleón III- fue la verdadera carcoma del Imperio que le restó autenticidad a su trayectoria, que a la postre le hizo frustráneo y preparó las rutas de su dramática liquidación final.

En el estudio que motiva nuestro comento, se recuerda cómo, llegado a México, el emperador rodeóse de elementos juaristas y alejó a los primates conservadores en tanto que su política eludía cumplir el compromiso básico de resolver el problema religioso mexicano según los lineamientos del sentir católico nacional. Cómo, en la práctica, el Imperio no derogó las Leyes de Reforma y dejó irresuelto el problema de los bienes eclesiásticos enajenados por el régimen liberal. Cómo Maximiliano, al iniciar su viaje a México, a su paso por Roma y en sus entrevistas con Pío IX, deliberadamente dejó pasar la ocasión mejor de negociar un concordato que hubiera podido dar las bases de solución del problema religioso mexicano. Cómo, ya en México, trató por todos los medios de obtener ese concordato pero pretendiendo someter –es la palabra adecuada- a la Santa Sede a exigencias típicas del totalitarismo regalista de su antepasado el emperador José II así como a la estatolatría de los cánones del liberalismo en punto a relaciones entre la Iglesia y el Estado, amén de pretender para sí y sus sucesores, a perpetuidad, el viejo derecho de patronato del que Roma había hecho gracia y merced a los monarcas de España en la época de los Reyes Católicos. Se trataba, en suma –contrariando abiertamente el pensamiento conservador- de mantener y legalizar la vergonzante esclavitud de la Iglesia respecto de un Estado hipócritamente conculcador de los principios católicos que en aquellos años eran esclarecidos y puntualizados por Pío IX con extraordinario vigor y con precisión inequívoca. Varios penosos y fatales incidentes fueron motivados por ese irreductible liberalismo de Maximiliano, de Carlota y de su patrocinador Napoleón, y abrieron demasiado tarde los ojos a los conservadores sobre su tremenda equivocación acerca de los soberanos elegidos; incidentes que intranquilizaron y desconcertaron a la opinión, que, habiéndose pronunciado por el Imperio por ver básicamente en él la salvaguardia de los valores religiosos, sentíase ahora burlada y traicionada.

Puede decirse que, con su política religiosa, el Habsburgo quitó por su propia mano la justificación y la piedra angular de su régimen que tal vez, a pesar de las presiones exteriores significadas por la oposición norteamericana, habría podido consumar a la larga la concordia de los mexicanos y el rescate de nuestra paz, espiritual y política que hasta nuestros días ha quedado pendiente.

De ahí la certera afirmación de Gutiérrez de Estrada, el convencido monárquico de toda la vida: “Los mexicanos somos católicos; queríamos la monarquía porque creíamos que era lo mejor para la religión, pero preferimos mil veces la república, con todos sus peligros, a una monarquía que oprima o dañe nuestra fe con aquel catolicismo mutilado y oficial que toleran otras naciones, pero nosotros no”.

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