Luz y Sombra en Ginebra
Publicación original: Novedades, 1 de agosto de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Conferencia de Ginebra, Guerra Fría, Oriente y Occidente, Alemania, China, Bandung, libertad política.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Renació la cortesía entre Oriente y Occidente. Esto es lo único claro que hubo en Ginebra. Puede ser algo. Puede ser nada. La buena educación es excelente principio de entendimiento entre personas bien-intencionadas. También puede ser la “fermosa —y engañosa— cobertura” de maquiavelismos que aguardan el momento propicio para asestar el golpe de daga. Para asumir valor positivo, las buenas maneras deben tener una raíz psicológica de benevolencia fundamental hacia el semejante.
Ya no “en la cumbre”, sino a media montaña, los cancilleres de las potencias tratarán –con buena intención o ¿sólo con buena educación?- de resolver los grandes problemas pendientes. Lo triste para los occidentales es que de la existencia de esos problemas son ellos los responsables. El de Formosa no es sino el apéndice de la pérdida de China para la órbita de Occidente, que se pudo evitar y no se evitó. El de la unidad alemana proviene de las “obnubilaciones” de 1945 expresadas en la rendición incondicional, en el saqueo y en la división de Alemania y su sañuda humillación en el desmantelamiento de sus industrias pesadas, en las horcas de Nuremberg, incluso en el verdaderamente suicida deseo –por suerte no realizado– de “agricolizarla” aun de tasajearla en fragmentos estatales a los que no habría de ligar siquiera el vínculo tenue de los tiempos de la Confederación Germánica.
Esto, entre otras cosas, enseña una vez más que, a la postre, lo injusto no es equivalente de lo práctico. Que las verdaderas “razones de Estado” tienen que buscar explicación y sentido en normas y metas de moralidad. Sería interesante saber si el Occidente está de veras asimilando esta lección.
Por otra parte, es muy digna de notarse cierta pronta y expresa aclaración de que en las sesiones secretas –que también hubo en Ginebra, como se habrá percatado el lector advertido– no se celebró tampoco ningún convenio, especialmente ninguno secreto, según tiene cuidado de subrayar la diligente aclaración.
Pensamos que puede haber un crecido porcentaje de probabilidades de que ello sea rigurosamente cierto, si se atiende a las circunstancias aparentes que antecedieron y rodearon a esta conferencia de los Cuatro Grandes. Sin embargo, el porcentaje restante que quedase de probabilidades en contrario –aunque no fuese más que el uno por ciento– podría aun justificar que al mundo se le pusiese la carne de gallina recordando, por ejemplo, lo sucedido en Yalta según la versión del Departamento de Estado.
Tengamos por buena y verdadera la aclaración, y advirtamos que el sólo hecho de que se haya creído necesaria puede verse como un triunfo del sentido moral sobre un punto en que coincide la conciencia humana general de todas las latitudes. Pero cabe pensar que también en su mera calidad de hecho escueto esas conversaciones de “sancta sanctórum” fueron cuando menos un grave error en un momento en que todo el planeta vive desconfianzas extremas y en que lo que más quisiera sería una desnuda y clara presentación de la escena internacional: ya no digamos sin bambalinas, pero hasta sin la parvedad de elementos de ficción del teatro griego, esto es, sin máscaras ni coturnos.
Porque no hay que olvidar que en el mundo crece, día a día, una inmensa opinión vigilante –de cuyo signo mayoritario puede decir algo la conferencia afroasiática de Bandung–. Esa opinión persiste en preguntarse si, desde cierto punto de vista, el abierto antagonismo de fuerzas que durante una década mantuvo la guerra fría no habrá tenido sus aspectos ventajosos. O sea, que si es sumamente deseable que la cordura mínima impuesta por el temor recíproco evite al menos la suma locura del suicidio mundial por obra del átomo, el gran sector de opinión a que nos referimos cavila igualmente sobre lo que podría suceder si de ese temeroso acuerdo mínimo con tácitas confirmaciones de “zonas de influencia” se llegase a pasar a uno máximo consistente en una positiva “unificación de mandos”, en un solapado sincretismo político y hasta ideológico –nada hay que esencialmente lo impida entre capitalismo y comunismo– de un determinado tipo de supergobierno mundial sin democracia auténtica, sin contenido de veras humano y mucho menos cristiano, y sí con muchos ribetes de estatolatría. Bajo bellas fórmulas sonoras todos los pueblos irían viendo desvanecerse, entonces, paso a paso, lo que aún queda de libertad en la tierra.
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