Los Virreyes y los Bolillos

Identificador: DM-011.
Publicación original: Novedades, 9 de agosto de 1944.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: virreinato, alhóndigas, pan, precios, justicia social, Nueva España.
Ilustración de Los Virreyes y los Bolillos

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

No faltan todavía voces entre nosotros que, con motivos diversos, aluden en forma denigratoria a las instituciones que, durante los tres primeros siglos de la Nación Mexicana, nos dieron orden en lo social, tranquilidad en las conciencias, bienestar en lo físico y, sobre todo, encauzaron nuestro dinamismo colectivo –entonces ingente- hacia el cumplimiento de un destino histórico glorioso.

Lo cierto es que a cada paso nos tropezamos con dolorosos contrastes entre lo que somos y lo que fuimos. La Historia, esa maestra de la vida, que dijo el Antiguo, nos aplica constantes palmetazos para que fijemos la atención en sus nobles y desinteresadas enseñanzas. Y en esas lecciones nos da la clave para resolver muchos problemas del espíritu o del cuerpo, que de todo nos sabe hablar sabia y hermosamente.

Ahora el pueblo sufre hambre. Ha habido tortilla que alcance el triste honor de venderse a seis centavos. El bolillo se compra a cinco, por cierto del tamaño de aquellos humildes pambazos por los que sólo nos pedían un centavo en tiempos bastante posteriores a los de don Porfirio, pero que ya parecen ¡ay! igualmente remotos. Pues este bolillo cuya dimensión y calidad nutritiva disminuyen en razón directa del cuadrado de la distancia astronómica que hay entre su precio y la escarcela del consumidor, piensa hoy aumentar, súbitamente, la velocidad de su trayectoria sideral de alejamiento de los estómagos, ya carentes de fuerza centrípeta para hacerle describir el arco de retorno a los puntos equinocciales. En efecto, parece que el susodicho bolillo, en muy breve lapso, se adquirirá por la democrática suma de diez centavos.

En los negros tiempos de los virreyes ocurrían las cosas de asaz diversa manera. Ignoramos si había bolillos. Lo que sabemos es que había pan. Pan de verdad, bueno y barato. Rico en vitaminas, aun sin saberse la existencia de éstas. La carga de harina valía en tiempos del virrey Mancera ¡de catorce reales a siete pesos! No había entonces artículo 28 constitucional que prohibiese monopolios y acaparamientos. Ni comités reguladores de subsistencias. Lo que sabemos de cierto es que había alhóndigas.

Más de un lector, en el que este nombre solamente se asocia mentalmente con el místico episodio del Pípila guanajuatense, se preguntará: ¿qué eran las alhóndigas? Pues nada menos que benéficas instituciones –antiquísimas, en el municipio español- de previsión y servicio sociales, establecidas en México desde principios del Virreinato casi. Tuvieron como finalidad –ampliamente alcanzada- impedir el acaparamiento y el alza inmoderada de los precios de los víveres por parte de comerciantes intermediarios.
En ellas podían los labradores realizar sus granos y los panaderos “proveerse de trigo que hubiesen menester para su avío y para el abasto de la ciudad”, todo ello a precios equitativos y convenientes para unos y otros. De ese modo, la alhóndiga constituyó una verdadera y efectiva fuerza de regulación de precios de artículos de primera necesidad, que contribuyó eficazmente para que en aquellos tiempos no se produjera esta inedia y miseria que en nuestro pueblo –hoy “soberano”- se van haciendo agudas, crónicas y generales.

¿Cómo se lograron esos resultados?... Pues -¡oh, témpora! ¡Oh, mores!- porque eran otros los tiempos, otras las costumbres, pero, sobre todo, otras las gentes. Estas tenían el espíritu limpio, la voluntad decidida, el entendimiento despejado de telarañas y el corazón puesto de verdad en el bien común.

De ahí que el funcionamiento y la vigilancia de las alhóndigas fuesen excepcionalmente estrictos. El encargado de cada una de ellas –fiel, se le llamaba- daba una fianza anual suficiente para garantizar el honrado cumplimiento de su cometido. Por otra parte, dos de los regidores del Cabildo asistían diariamente a las alhóndigas durante todo el tiempo necesario para vigilar las operaciones. Tanto el fiel, como los regidores vigilantes, cuidaban de que los granos “se vendieran precisamente al precio que se les fijare al comenzar el día. O A OTRO MENOR (recordamos, en nuestros días, panaderos sancionados OFICIALMENTE por vender pan más barato que el precio reglamentario) bajo pena de perder los granos el que los vendiese a más precio y de diez pesos de oro común el que los comprase y vendiese fuera de la alhóndiga. Además se daba primeramente PREFERENCIA A LOS VECINOS para efectuar sus compras hasta determinada hora, y POSTERIORMENTE a los panaderos, y aun entonces “no podían comprar más que lo necesario para amasar uno o dos días”.
Por otra parte, el labrador debía exhibir documento de autoridad certificando el lugar de procedencia y el precio de la carga. Igualmente, no se toleraba la conservación del grano sin venderse por más de veinte días, al cabo de los cuales era forzosa su venta al precio del mercado y precisamente en la alhóndiga. De esta sencilla manera, con recta intención y con inteligencia, se eliminó, con práctica eficacia durante casi tres siglos, la posibilidad del regatón o intermediario “hambreador”.

Omitimos otros datos interesantísimos sobre el funcionamiento de las alhóndigas y puntos conexos. Sin embargo, por esta archibreve sinopsis se confirma lo que inicialmente decíamos. Es tremendo el contraste entre lo que fuimos y lo que somos… ¿Seremos, algún día, lo que pudimos–y aun podemos llegar a ser?

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