Los Mau Mau, “San Tito” y el Penacho de Maurrás
Publicación original: Novedades, 22 de febrero de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Mau Mau, conversiones, Tito, Charles Maurras y autenticidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
I
No hace mucho, al referirnos a la interesantísima exposición de motivos de la insurgencia antibritánica en el africano país de Kenya hecha por uno de sus líderes, Jomo Kenyatta, cavilábamos acerca de cómo el descrédito de los falsos valores del hombre occidental supertecnificado, crematístico y descristianizado, en los pueblos de diverso signo o estadio cultural suscita –por explicables generalizaciones– terribles resistencias contra lo que sí vale del genuino Occidente: el mensaje de fraterno universalismo cristiano.
No ha faltado posteriormente alguna inesperada respuesta –así sea en pequeño y muy en concreto– a aquellas inquietudes. Perdida en el rincón de alguna página de cables, escueta noticia habla de una serie de conversiones al catolicismo por parte de militantes del movimiento terrorista “Mau Mau” recluidos en prisiones inglesas, y alguno en vísperas del cadalso, esto es, en plena hora de verdad.
Conmueve la presencia de la acción apostólica en aquellas tierras y en tan dramáticas circunstancias. Todavía más conmueven los misteriosos, insospechados caminos de la Verdad para ganarse los espíritus, así haya menester perforar –en éste y otros casos análogos– las más hostiles barreras del prejuicio y del equívoco a que dan lugar los disparates o las injusticias del hombre blanco dizque cristiano, pero en realidad excristiano.
Y es que cuando al hombre le queda una base de salud psicológica, de sencillez elemental y humana, le será siempre más fácil ver y querer el bien y dar así coyuntura a que sobre él se ejerza el dinamismo sobrenatural de la Gracia. Pero a veces esa salud psicológica fundamental parece más susceptible de hallarse en los países “subdesarrollados” y hasta selváticos que entre quienes son productos químicamente puros de la pseudocivilización tecnológica y materialista del comunismo o del liberalcapitalismo.
II
Como en Méjico, en el resto del mundo la publicidad sigue siendo el gran recurso moderno para la producción en serie de santones laicos. Así es que no podía faltar alguna glorificación del Stalin o Malénkov de los Balcanes, con el epígrafe de: “Tito, Biografía autorizada”.
Pero naturalmente háblase en ella de muchas cosas, menos de aquello que en toda biografía autorizada es forzoso expurgar. Por ejemplo, el genocidio de 300,000 ciudadanos de origen alemán en la Yugoslavia “Popular”. O la matanza de 140,000 patriotas croatas que una potencia occidental entregó a la muerte, o lo que es lo mismo: a Popovic, siniestro lugarteniente de Josip Broz “Tito”, con cuyo visto bueno consumóse la hecatombe.
III
Por sobre la circunstancia de su muerte física, persiste –como todo lo que vive de valores constantes– la presencia de Charles Maurras, el gran nacionalista y monárquico francés que sostuvo cincuenta años de lucha en pro de la autenticidad de su patria.
Persiste en su pensamiento político, que es uno de los más vigorosos de este siglo, y en el que no hay que ver tantos matices erróneos y en todo caso transitorios cuanto el haber superado la superstición republicana demoliberal que enanizó la vida pública francesa a pesar de todo el genio francés.
Persiste, sobre todo, por la cyranesca, impoluta gallardía de su penacho.
Aunque sólo al morir –“a la hora undécima”, diría la parábola evangélica– abrazóse en formal entrega de espíritu a la Iglesia, de hecho fue, aunque indirectamente, un operario de la viña desde la hora de prima porque su existencia entera empeñóse en la reivindicación del cristiano orden tradicional que otrora hizo la grandeza de Francia. Precisamente al revés de otros que toda o la mayor parte de su vida ostentáronse católicos y cayeron –para regocijo del adversario– en la anticristiana tentación de la política y de los principios liberalescos que han arruinado a muchas patrias.
Ello –pensamos– ha de haberle merecido, para la hora decisiva del tránsito, el ser finalmente conquistado en inteligencia y en voluntad por esa esencial Verdad que inspiró, que hizo posibles o que directamente produjo los admirables frutos históricos que desde siempre enamoraron al genio maurrasiano.
El canónigo Cormier, que a solicitud del propio Maurras habría de darle la extremaunción, ínstale, en la víspera de los Fieles Difuntos, a pensar en sus muertos. Y el invencible denuedo del combatiente vibra en la emoción de la respuesta, como en una espada al sol fulge el destello de la hombría, la chispa de la fidelidad caballeresca a un ideal supremo:
“A menudo pienso en ellos y tengo la firme esperanza de volverlos a ver. Toda mi vida fui un hombre de esperanza. Para mis muertos esperé, deseé, pedí la dicha en otra vida; para mi país no cesé de esperar el renacimiento y la salvación; es hora para mí que espero. Mi vida se acaba. Trabajé mucho por Francia, por este hermoso país al que se lo debo todo. Habría deseado vivir aun un tiempo más para seguir prestándole servicios, para verlo salir de sus ruinas y reintegrarse en su orden monárquico y católico, reencontrar sus tradiciones. Toda mi vida luché, y lucharía aún, por ese tesoro de belleza, de sabiduría y de santidad. Sé que no habré trabajado en vano. Si pude devolver a algunos franceses el orgullo de su tradición, no perdí mi tiempo. Mi obra abogará por mí ante Dios. Yo también tuve una misión y viví para ella”.
He aquí, de cuerpo entero, sin enfermizas vanidades, sin “pose” alguna, con sencilla y robusta firmeza de espíritu, un extraordinario ejemplar de eso que va siendo tan difícil de hallarse en la era y sobre todo en la mentalidad “atómica”:
UN HOMBRE.
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