Los Hechos de la Guerra
Publicación original: Novedades, 30 de abril de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Segunda Guerra Mundial, Conferencia de San Francisco, Polonia, Molotov, orden internacional.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Para nadie medianamente enterado de la crisis del mundo constituye sorpresa lo que se está viendo en San Francisco. La pugna sorda de intereses está saliendo a flor de agua, tajante y áspera. El incidente inicial Padilla-Molotov, ha exhibido la brutalidad del dogma que va dando de sí esta contienda: la primacía de “los hechos de la guerra”. Así; para no darles nombres feos a las cosas, como dijo el gitano que no admitía que el robo de unos jamones fuese más que una “sustracción”.
Esas realidades de la guerra, que invocó el comisario soviético de relaciones, exigen que el caso de Polonia, verbi gratia, quede fuera de la incumbencia de las pláticas mundiales de la gran urbe californiana.
Esas mismas realidades, a fin de cuentas, no admiten tampoco, por otro lado, que en el reajuste internacional –que se dice perseguir sobre bases de justicia y de respeto a los derechos de todos- se tomen desde luego en cuenta las reivindicaciones del hermano pueblo portorriqueño.
No otra cosa que las realidades de la guerra, pese a las proclamadas defensas de valores religiosos, ha hecho que la asamblea sanfranciscana empiece sin hacer el más leve recuerdo o invocación de la Divinidad; tal como ocurrió en las conferencias de Versalles, que, jactanciosamente, quisieron organizar la paz haciendo caso omiso del único que puede darla.
El incurrir en la estulticia de tamaña contradicción, ha llevado la nave de la especie humana a los actuales arrecifes históricos en que está a punto de naufragar. La reincidencia en el mismo pecado y en los mismos errores, ha traído siempre consecuencias más graves que las de la primera falta. Y ello ocurrirá, con el más cruel de los determinismos, en este caso de una humanidad cuyos rectores reinciden en el más tremendo error social que pueda darse: desdeñar la realidad –superior a los –“hechos de la guerra”- de que los llamados “grandes” y los llamados “menores” están, a cual más, sujetos a la Ley primera de quien no ha consultado a nadie para decretarla.
Y ya que la reunión se está celebrando en la ciudad que lleva, por fundación y bautizo mexicanos, el nombre del Poverello de Asís, no está de más recordarles lo que Chésterton afirma de él: a saber, que, en su sabiduría de santidad, supo ser buen juglar de Dios, disciplinándose en acrobacias del espíritu, conforme a las cuales, parándose de cabeza, tuvo en esa postura –risible para la sabiduría del mundo- la verdadera visión y el verdadero sentido de éste.
“Si un hombre viese el mundo al revés, con todos los árboles y las torres colgando invertidos como en un lago, el efecto obtenido acentuaría la idea de dependencia. Y en ello hay una relación latina, y literal, porque la palabra depender no significa sino colgar. Sería imagen viva del texto de la Escritura, en el que se dice que Dios suspendió al mundo en la nada”. De esta suerte, el hombre, en vez de sentirse “orgulloso de su poderosa ciudad, por ser imposible conmoverla, debía agradecer al Dios omnipotente que no la soltara en el vacío; debía agradecer a Dios que no soltara el cosmos entero como un inmenso cristal, para convertirlo en lluvia de estrellas. San Pedro viera el mundo de este modo, cuando le crucificaron con la cabeza en tierra”.
Si los asambleístas de San Francisco nos hiciesen la señalada merced de ponerse de cabeza en el momento de deliberar y tomar resoluciones, caerán en la cuenta de lo ridículo de querer arreglar el mundo sobre la base de los “hechos de la guerra”, sin tomar en consideración que la primera realidad es que el mundo –así en lo moral y social, como en lo físico- no descansa sobre nada; sino que pende, cuelga, rigurosamente hablando, de la mano de Dios, que si se afloja lo dejará caer en un caos tan obscuro como no lo pudo imaginar la clásica cosmogonía de Hesíodo.
Por desgracia, no serán capaces de tan saludable y juglaresca habilidad que requiere, por otra parte, -como todo ejercicio acrobático- un mínimo de fortaleza; en este caso, fortaleza del espíritu.
Comentarios
Publicar un comentario