Los Dos Náufragos
Publicación original: Novedades, 19 de marzo de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Jerónimo de Aguilar, Gonzalo Guerrero, Andrés Henestrosa, conquista de México, identidad mestiza, civilización, fe.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Nuestro reciente artículo en el que enfocamos el perfil psicológico y simbólico de Gonzalo Guerrero, náufrago español de Yucatán que se indigenizó al grado de oponerse con las armas en la mano y en calidad de cacique maya a sus hermanos de sangre, en parte ha dado pie a interesantes consideraciones de don Andrés Henestrosa en algunas de las cuales –sin propósito polémico y con pulcro comedimiento- discrepa de nuestro juicio desfavorable sobre este dramático personaje que suele pasar punto menos que inadvertido.
Esa comedida discrepancia y quien la expone merecen todos nuestros respetos y tampoco hemos de hacer del punto materia de controversia. Ciertas ideas colaterales que en su comentario enuncia el señor Henestrosa han suscitado a su vez en nosotros reflexiones que simplemente a guisa de tales y también sin ánimo polémico creemos pertinentes:
El hecho fundamental de que los mexicanos procedamos del choque de dos sangres y dos culturas, no nos parece que legitime la aserción de que lo mismo se puede llamar patriotas que traidores a Guerrero o a Jerónimo de Aguilar, su compañero de naufragio que sí se reincorpora a los suyos al pasar los navíos de Cortés por Yucatán. No vemos claro, particularmente, de qué manera la tacha de traición pudiera en algún caso alcanzar a Aguilar, que –forzado al disimulo durante su estancia entre los mayas- siempre ansió retornar a su ambiente original, a sus hermanos de civilización y de fe religiosa.
No vemos qué base objetiva pueda establecer analogía entre el dicho Aguilar y algunos españoles, que, en tiempos posteriores y en clima social e histórico extraordinariamente diverso, han venido a América y concretamente a México a hacer fortuna, y luego de enriquecerse, una de dos: o vuelven a España, en donde al sentirse “extraños y desconocidos” suspiran por regresar a su patria adoptiva, o bien, aquí se quedan, pero maldiciendo y renegando de la tierra que les da sustento.
Es obvio que estos dos tipos de españoles no han venido, como Aguilar, a una América recién descubierta y en pleno autoctonismo no únicamente discrepante del medio social de Occidente sino francamente antagónico a ésta en muchos medulares aspectos. Han venido a sociedades que si no son idénticas a la española sí le son profundamente análogas por los comunes valores esenciales de cultura, y eso cabalmente explica que se inserten en ellas con gran naturalidad, incluso aquellos pocos que, con mengua de la hidalga condición española, malquieren al país que generosamente les ha dado albergue y muchas veces fortuna.
Su caso es muy diverso del de Aguilar, verdadero náufrago del espíritu antes que del cuerpo en el mundo aborigen maya, mundo que en más de un aspecto constituía una obvia y enconada contradicción vital del ambiente en que él, Aguilar, se había formado y sin cuyos dones culturales básicos tornábasele la existencia algo miserable y sin sentido. Aguilar fue nada más que eso: un náufrago entre los mayas. No un inmigrante deseoso de incorporarse a una sociedad con analogía y parentesco con la suya de origen. Más bien, en cuanto compañero y útil intérprete de Cortés, vino precisamente a echar los cimientos de esa sociedad que a la sazón no era todavía otra cosa que una mera posibilidad. No pudo, en consecuencia, haber sido ingrato o traidor a un México cultural y racialmente mestizo que aún no existía, ni tampoco a un pueblo maya entre el cual vino a morar no por libre elección, sino por la tiranía de las circunstancias, y al que siempre se sintió no sólo ajeno sino radicalmente opuesto por lo que atañía a su perfil sociológico y religioso.
Eso puntualmente da la tónica de por qué Aguilar, al tener noticia del arribo de los barcos de don Hernando a Cozumel, hace lo indecible para reincorporarse a todo aquello que sus gentes le significaban: civilización, libertad, costumbres hidalgas, dignidad de la persona, esperanzas para lo temporal y para lo eterno. ¡Cuántas veces, en sus desesperadas vigilias selváticas no recordaría, silabeándolo con añoranza en la dulce lengua materna, el adagio de que nadie sabe el bien que tiene sino cuando lo ve perdido! Y cuántas otras, viéndose “tresquilado a manera de indio esclavo”, con una manta “vieja muy ruin, e un braguero peor con que cubría sus vergüenzas, consolaríase repasando –tal vez a escondidas- las antiguas oraciones de su semideshojado Libro de Horas, que era como el sólo vínculo a la vez tangible y espiritual que le quedaba de su patria y de su cultura. Fracasa su primer intento de reunirse a sus gentes porque el barco destacado por Cortés para el rescate de los náufragos se torna a Cozumel pasado el plazo de espera que se les ha fijado. Pero el Aguilar no para en su desesperado empeño hasta que logra otra vez verse entre cristianos.
Por razones que se fincan en estos mismos considerandos que creemos válidos para juzgar la actitud de Aguilar, la conducta de Guerrero nos sigue pareciendo la de un notorio tránsfuga respecto de su propia civilización y de su fe. Y enjuiciarlo así no revela –como recelaría un indigenismo unilateral- desprecio sistemático a lo aborigen. Es sólo la llana consideración de su apostasía -tremendamente simbólica, según hemos subrayado- de lo español y cristiano para abrazarse no a una mexicanidad aún inexistente sino a un decadentismo semiselvático y canibalesco al que sometieron unas armas que fueron gloriosas no por vencedoras ni por haber aplastado libertades, antes por haber abierto brecha a un impulso civilizador que ni más ni menos dio lugar a que México fuese; impulso que con todo y sus humanas deficiencias traía los aires de una libertad más verdadera dentro de una cultura en que era piedra angular la dignidad del hombre y por ende su más efectiva posibilidad de realizarse a sí mismo.
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