Los “Católicos Comunistas” Italianos
Publicación original: Novedades, 16 de mayo de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Italia, democracia cristiana, comunismo, catolicismo y política.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
En el caso italiano hay circunstancias que hacen singularmente desconfiar de la significación de la llamada democracia cristiana. No es de las menos notables la publicación de cierta correspondencia del principal corifeo, el expremier De Gásperi, según la cual éste habría solicitado en 1944, del invasor norteamericano, “con el corazón oprimido”, el bombardeo en Roma de zonas periféricas urbanas y de dizque objetivos militares así como del acueducto, “punto neurálgico vital” para conseguir quebrantar la última resistencia moral del pueblo romano.
Esta correspondencia, que también solicita del enemigo –aunque ya sin el corazón oprimido- cierto “reabastecimiento” dinerario, ha sido publicada por el órgano de prensa milanés “Candido”. Ello ha dado lugar a una acción judicial de De Gásperi, por difamación contra el director del periódico el internacionalmente conocido Giovanni Guareschi, cuyo “Pequeño Mundo de Don Camilo” tal vez se puede explicar por ciertas peculiaridades italianas del momento a las que nos vamos a referir, pero que es obra –dicho sea de paso- que a cuenta de su ingenioso humorismo nos ha confirmado, con sus éxitos de librería, en nuestra opinión acerca de la terrible superficialidad religiosa de muchos cristianos que le han querido ver muchísimo más miga de la que tiene.
Auténtica o no esa correspondencia atribuida a De Gásperi, de todas maneras parece concordar con el indiscutible matiz oportunista que ha coloreado al democratismo dizque cristiano. Lo que es cada día más claro es la inautenticidad de este movimiento.
Y aquí es cosa de insistir en que la táctica de sumarse al juego político de la democracia liberal no sólo asume graves riesgos y acarrea detrimentos notorios para la ortodoxia de los ciudadanos católicos y aun para su probidad personal, sino que también resulta ineficaz en su propósito anticomunista como lo prueban las circunstancias actuales de Italia.
Así, hace cuatro años promulgóse el decreto del Santo Oficio excomulgando a los adherentes del comunismo. Desde entonces el número de electores católicos que han dado su voto a los comunistas o comunizantes ha aumentado en más de un millón y medio. El dato registrado nada menos que un acreditado órgano de información del clero parroquial italiano, que tiene buenos motivos para estar bien enterado de ciertos hechos. Se agrega que, de esta suerte, el total de esos sui géneris católicocomunistas se acerca a los diez millones. Lo que significa, en números redondos un tercio del cuerpo electoral italiano.
Podría pensarse que tan desconsoladora realidad proviniese de una publicidad escasa o deficiente en los términos determinativos de los alcances del referido decreto de excomunión; o bien de una irreligiosidad fundamental de vastos sectores populares semejante a la que en Francia dio lugar al generoso pero en más de un aspecto desviado experimento de los “sacerdotes obreros”, que entre otras cosas degeneró en un intento de cierta democracia cristiana de izquierda para conciliar cristianismo y marxismo.
La verdad es que se subraya que la divulgación del decreto anticomunista ha sido tan extensa y precisiva que ni aún los feligreses del más bajo nivel cultural han podido dejar de entender las repercusiones del documento excomulgatorio sobre la situación religiosa de los católicos que inciden en posturas ideológicas o prácticas de índole comunista. Por otra parte, expresamente se aclara que la mayoría inmensa de tales “católicocomunistas” se aferran lo mismo a sus prácticas religiosas que a la creencia de que su catolicismo y su comunismo no son incompatibles entre sí.
¿Cómo explicar el fenómeno?
Desde luego, el maquiavelismo del movimiento comunista italiano, al eludir actitudes abiertamente irreligiosas, ha contribuido en parte considerable al colosal engaño. Pero la explicación más profunda hay que buscarla en la falta de autenticidad de la corriente que ha pretendido representar en Italia una política de inspiración católica. Y ha sucedido lo que era lógico esperar. Como las inaplazables exigencias de la justicia social no han visto ningún horizonte positivo para ellas en la llamada democracia cristiana, han suscitado el desvío de sectores populares católicos en las ingentes proporciones arriba anotadas.
Y ello explica cómo, a despecho de muchas buenas intenciones entre los afiliados a ella, la democracia cristiana ha carecido del dinamismo suficiente para triunfar en la lucha política y ha obligado en cambio a sus adherentes a imposibles equilibrismos con los que se ha querido conciliar las tesis católicas con los heréticos principios liberales y sus viciosas prácticas sociopolíticas, “quemando” en luchas estériles o poco menos a excelente material humano digno de mejor suerte, de mejores jefes y de mejores principios de acción. La democracia cristiana ha sido doblemente ineficaz, porque ni su programa y tácticas han tenido aspectos positivos que valgan la pena y que estén a tono con los tiempos, ni ha tenido éxito su negativa faceta anticomunista.
Porque lo cierto es que si el Bolchevismo no ha triunfado en toda la línea del frente electoral de Italia, débese ello a la sensatez de buena parte de la feligresía católica que ha tomado en cuenta el decreto anticomunista, al numeroso voto del monarquismo superviviente y a la creciente importancia del generoso y decidido Movimiento Social Italiano, genuino gonfalonero del interés nacional del gran pueblo latino.
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