Los Alfanjes de Tamerlán Roedor
Publicación original: Novedades, 16 de enero de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: ratas, mercado de San Cosme, peste, salud pública, migraciones, guerra atómica, ciudad de México.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Recién sustituido por otro moderno e higiénico, el antiguo mercado de San Cosme, de la ciudad de México, fue por muchos años un alegre país de Jauja para no sabemos si decenas o centenas de millares de ratas y ratones. Estas tremendas falanges de roedores se han tenido que desplazar de su hoy desértico “habitat” y están invadiendo los edificios y casas del contorno en un perímetro considerable.
Este calamitoso movimiento migratorio nos ha evocado un problema que, no por “ratonero” deja de tener enorme importancia para tantas ciudades del planeta que diariamente sufren cuantiosas pérdidas por obra de millones de estos minúsculos, pero terribles depredadores. Pensamos, en efecto, que el Super Ratón, socorrido héroe de los cartones animados y de las tiras cómicas, puede ser el adecuado y negro simbolismo de la pertinaz supervivencia de su especie. El hombre y su felino aliado Micifuz apenas si han logrado otras cosas más circunstanciales y muy localizadas victorias y están demasiado lejos de la meta de exterminio de su guerra total contra ratas y ratones.
Digno de notarse es el hecho de que la más dañina y común de estas especies, la rata gris, es históricamente una de tantas oleadas de invasión oriental de las que ha sufrido el Occidente. En efecto, su presencia en Europa data de hace pocas centurias.
Un mal día, en el corazón de Asia, algún diminuto, feroz Tamerlán o Gengis Khan, mostrando a guisa de acero desenvainado, bajo los sucios bigotes, el corvo y torvo alfanje de los colmillos, dio seguramente la orden de emprender la marcha hacia el ocaso, huyendo tal vez del pauperismo del hombre en sus lugares de origen. En los pasos de las cordilleras asiáticas, al encajonarse, los vientos acarreaban del poniente, hasta las husmeadoras varicillas de las hordas grises, los incitantes olores de una no soñada abundancia de manjares. La tentación por vías olfatorias hubo de exacerbar su hambre y su ferocidad hasta un grado apocalíptico. Dejaron atrás las montañas, se detuvieron un momento en los ya desvaídos esplendores de las antiquísimas, legendarias ciudades de Taschkent, Bokhara y Samarcanda, y se lanzaron a una desenfrenada carrera esteparia por la ruta tradicional de las invasiones, y su tránsito dejó todo raso y mondo como otrora el caballo de Atila. Por fin, se abatieron como plaga maldita sobre los países europeos.
Ni el monte, ni el cercado, ni el propio río muchas veces, pudieron detener esas marejadas de pesadilla.
El monte y la cerca fueron escalados. El río, atravesado a nado por las malignas bestezuelas: sintiéronse profanadas sus linfas, nutridoras de civilización, recreo de las viejas deidades mitológicas, mansión de la gracia impalpable e irisada de los seres aéreos que creó la fantasía popular del Medioevo… Sembrados, graneros, despensas, bodegas, en todo entraron a saco, con lo que en algunas regiones se llegó a sentir el hambre. Al par de ésta, la rata llevó consigo la peste, fiel a su sombrío signo de Apocalipsis.
Desde entonces, el continente originador de nuestra cultura sufre el azote de los roedores. Y éstos, por cierto, suelen hacer puntualmente sus más feroces, aterradoras apariciones en masa en los crueles tiempos de guerras.
De Europa, la rata gris pasó a América en el contrabando quinta columnista de las bodegas de los navíos. No hubo inquisición que valiera contra esas subrepticias y vitandas migraciones de los liliputienses herejes a los que además nunca se les ha dado un bledo de obstáculos y prohibiciones aduaneras. Desde entonces estos peligrosísimos pandilleros y “raqueteros” causan un elevado coeficiente de bajas en los aprovisionamientos alimenticios del hombre en nuestro continente y amagan constantemente la salubridad urbana por su calidad de transmisores de enfermedades con un alto índice de mortalidad. Y si la locura de los hombres trae al mundo esa guerra atómica cuyos efectos últimos y totales no son aún completamente abarcables, tal vez una de las visiones más pavorosas y nada fantásticas que pueden entreverse es la de una humanidad terriblemente diezmada por los estallidos nuclearios, por las bombas cohete, por la guerra química, haciendo frente, con una desesperación indescriptible a infernales, multiplicadas miríadas de ratas y ratones.
En un caso así, ya no valdría siquiera la melancólica añoranza del fabuloso flautista cuyo mágico instrumento tuvo un remoto día legendario, la virtud de atraer a todas las ratas de la ciudad de Hamelin hasta precipitarlas en las aguas tumultuosas del Weser contra las que nada pudo su habilidad natatoria.
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