Lo que Vendrá
Publicación original: Novedades, 6 de febrero de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: revolución tecnológica, guerra fría, energía atómica, comunismo, dignidad humana, justicia, futuro.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Las dos guerras mundiales nos han legado dos hechos de trascendencia colosal para el destino de la especie: la aparición del comunismo como fuerza histórica de primer rango y los prolegómenos de una revolución tecnológica de tal manera profunda que no podemos conjeturar siquiera aproximadamente los alcances de su influjo en la vida del hombre.
En realidad, una primera interrogación inevitable es la de si el conflicto planteado por el primer hecho, la presencia del comunismo como factor internacional de primer orden, dará o no oportunidad de que se cumpla esa tremenda revolución tecnológica cuyo desarrollo espontáneo –si nada lo estorba- promete afectar, casi diríamos que radicalmente, la organización económica y, por ende, las estructuras sociales y políticas. Las opiniones sobre perspectivas bélico atómicas varían muchísimo. El jefe del Estado Mayor de la fuerza aérea norteamericana piensa que vamos rápidamente a la lucha atómica. La sagaz y enterada periodista norteamericana Dorothy Thompson nos habla, en cambio, de una prolongada duración de la ya larga guerra fría. Y análogas discrepancias hay acerca de cómo se desenvolvería la guerra nuclearia y sobre todo acerca de sus posibles efectos finales sobre la marcha o el acabamiento de la civilización e incluso sobre la misma suerte de la vida en el planeta.
Pero si el estallido bélico atómico no llega a producirse, o si produciéndose no llega a dar fin a las posibilidades mínimas de recuperación del maquinismo en el que materialmente se finca la presente civilización, es indudable que la técnica formidable cuyas premisas inmediatas se han logrado merced al estímulo de las urgencias militares de las guerras mundiales, transformará nuestra existencia o la de nuestros hijos en términos y aspectos difícilmente imaginables por ahora.
Ahora bien, si en tal caso será asombroso el aprovechamiento de inmensas energías y recursos de los que hasta hoy se ha logrado escaso o ningún rendimiento; si, incluso, ya se vislumbra una posible alteración de la climatología del globo y aun un apreciable y beneficioso control de la misma, aplicando convenientemente las fuerzas íntimas de la materia; si estas mismas fuerzas están haciendo muy cercano el día en que las carabelas, galeones y clippers interestelares nos revelen el misterio de otros astros y nos den, tal vez, posesión de ellos; si el milagro de la electrónica está a punto de desplazar el trabajo material humano casi al ciento por ciento; si, por consiguiente, todo ello traerá aparejada no sabemos qué índole de nuevos problemas y necesidades ni qué tipo de soluciones y de satisfactores institucionales para unos y otras, cabe entonces también formularse otra interrogación tan trascendente como la que refiere a los posibles desenlaces de la guerra fría: ¿qué esperanzas de felicidad –lo que sólo en última instancia nos importa- pueden sensatamente abrigarse en todas esas mil maravillas que con verosimilitud inobjetable nos promete la nueva y pasmosa revolución tecnológica, siempre que una gran catástrofe atómica no pare súbitamente en seco el proceso de la Historia?
La verdad es que no se pueden dar más que respuestas condicionales: “si esto o aquello sucede…”; “si la ideología que prevalezca en el mundo es blanca o negra”; “si el hombre es capaz de librarse del espíritu de injusticia”; “si el género humano llega a entender que la técnica se ha de subordinar a los valores del alma”, etcétera.
Pero lo cierto es también que hemos de confesar que ni siquiera una revolución tecnológica que ponga bajo nuestro dominio las entrañas incandescentes de la tierra y los astros todos de la inmensurable nebulosa de que es parte nuestro sistema planetario nos da muchas esperanzas de justicia, de libertad y de felicidad para nosotros o para nuestros hijos al pensar que lo más fácil es que esas mil maravillas de “lo que vendrá” –para echar mano del conocido rubro novelístico del charlatán de la Historia, H.G. Wells- nos lleguen en un momento de lamentable inadecuación para un disfrute sagaz y verdaderamente humano de ellas.
Eso pensamos cuando, por ejemplo, nos enteramos de que en alguna población norteamericana acaban de estar a punto de linchamiento unos bailarines negros porque uno de ellos osó sentarse en una butaca reservada para los espectadores blancos. Eso pensamos al comprobar la pertinaz oposición del delegado estadounidense en la reunión de jurisconsultos del continente a la obviamente necesaria y claramente justa ampliación de los mares territoriales. Eso pensamos al leer del retorno a sus hogares de treinta y dos generales alemanes recién liberados por los rusos: “de su gallardía y prestancia, Rusia devuelve unos cuerpos marchitados por humillaciones y sufrimientos; hombrecillos de sonrisa tierna y apagada, con dos lágrimas en los párpados de color geranio, con un ramillete de flores en una mano y en la otra una tablilla de chocolate, regalo de la patria que recibe al veterano”. Eso pensamos al considerar la creciente y estandarizadora deshumanización de que son objeto las masas por parte de los Estados modernos, y la que podrían sufrir por parte de un Súper Estado mundial con alma exclusivamente tecnológica…
¿Estamos realmente preparados –de uno y otro lado del telón de acero- para recibir como es debido a eso “que vendrá”; para proyectarlo hacia la meta de nuestra felicidad insuflándole la dinamia superior y decisiva del espíritu?
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