Lo que Compromete a la Esperanza
Publicación original: Novedades, 28 de junio de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: propaganda, verdad, historia de México, Alfonso Trueba y esperanza.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Las fuerzas que desde la sombra primero y después a la luz del día –con hipócrita eufemismo y con descaro impune, según las circunstancias- han decretado la muerte de la civilización cristiana y de la libertad y el decoro del hombre, nunca han dejado de aspirar al control exclusivo de los grandes vehículos de la propaganda.
Sagazmente han pretendido a través de ese monopolio determinar la tónica espiritual de los pueblos, los odios, los amores, los miedos, los prejuicios, las aspiraciones, y, en una palabra, la “cosmovisión” estandarizada de las muchedumbres que permita llevarlas, con docilidad tanto más rebañega cuanto más insospechada, por senderos que desemboquen en una etapa histórica –con alcances rigurosamente planetarios- de un encubierto pero efectivo signo políticosocial estatolátrico y absolutista que sería posible –dicho sea de paso- gracias al perverso empleo de los recursos de control que suministra la maravillosa tecnología moderna. Tal es la meta indudable que no escapa a la advertencia de un criterio avisado y alerta.
En la etapa previa, en la que se quiere moldearlo y disponer su espíritu al advenimiento sin protestas y aun sin recelos de esa era del totalitarismo planetario, ciertas propagandas que no por casualidad coinciden en los mismos temas y estribillos de acuerdo con lo que piden las diversas latitudes, han sometido al hombre a la ocultación sistemática de la verdad y al bombardeo intensivo e incesante de la mentira. Bombardeo que no sólo impide con su estruendo escuchar a la verdad, sino que, con propio e intrínseco poder de demolición, “coventriza” los espíritus en una eficacísima operación de “ablandamiento” de sus defensas psicológicas antes del asalto definitivo que decida la suerte de todas las razas.
Responder al bombardeo implacable de mentiras con una cortina de artillería de verdades que no sólo equilibre sino silencie las baterías enemigas debe ser una de las tareas ineludibles de los seguidores de la Verdad, si es que entienden cuál es la vibración de nuestro tiempo y el genuino compromiso sin salvedades que imponen estos años decisivos.
Tal urgente consigna de contraofensiva, por lo que atañe a la pulcra y diáfana verdad esencial de México –tan ferozmente aplastada por una propaganda colosal y mentirosa- está cumpliéndola con una gallardía que debe suscitar generosos estímulos y decididas comilitancias una pluma juvenil y valerosa, Alfonso Trueba, con artillería publicitaria de moderno diseño, de miras certeras, de dispositivos y calibre adecuados a la agilidad de la guerra de maniobras que en este orden de cosas plantea casi siempre la publicidad contemporánea. Es la serie de sólidos, sintéticos y atrayentes estudios que lleva el rubro genérico de “Figuras y Episodios de la Historia de México”.
Manejada está en ellos la “maestra de la vida” como lo exige la obvia y justa excelencia del dictado ciceroniano. Con profundo respeto y con apasionado amor. Mentira que a la historia se deba acercarse con la frialdad con que se aborda el cálculo matemático. Sus valencias de humanidad exigen algo más, llegar a ella con el sentido reverencial que merece una categoría de verdad íntimamente vinculada a los destinos humanos, y con llameante pasión por los derechos de esa verdad. Pasión ésta, por cierto, muy diversa de la pasión de partido, porque no sólo no anubla sino afina y afirma la pupila del investigador, del expositor y del intérprete de la historia por lo que dicha pasión supone de compromiso vital, de lealtad a la oriflama de lo objetivo y verdadero.
México, flor de civilización cristiana no obstante lo que el pesimismo o la insidia arguyan en contrario; baluarte hasta hoy irreductible que en un punto estratégico estorba el cómodo avance de los enemigos de esa civilización; México, decimos, está siendo así defendido por una noble decisión y brío de cruzado desde esta batería artillera de rectificadora divulgación histórica. Amena a la vez que solvente, esta serie acierta desde el comienzo al ostentar con intención heráldica la bizarra figura –tan nuestra también porque pertenece a toda la estirpe hispánica- del Campeador que sabe ganar batallas aun después de muerto.
Bien haya quien con tanta generosidad y lucidez entiende el indeclinable papel combativo que corresponde a los que se dicen amadores de la verdad. Sólo este amor de obras es el que aporta el concurso humano indispensable para que el drama total de la historia se resuelva en una victoria decisiva del bien sobre el subyacente satanismo de las fuerzas obscuras.
Las palabras con que Alfonso Trueba empieza por declarar su designio, recuerdan que para Tácito “hay un espectáculo digno de ser contemplado por los dioses, y es el de los hombres en lucha contra su adverso destino”. Y añade: “Varios hechos de la historia mexicana nos han llevado a pensar en una débil figura humana trabada en lid con un destino superior e ineluctable, sabiendo –lo que hace más dramático su empeño- que caerá vencida, porque preside su acción el signo de lo adverso. De espaldas al muro, cierto de que perecerá, el mexicano combate fieramente, sólo por su decoro. Y suele caer sin ninguna esperanza, con la aceptación a los labios sellados de su ciego infortunio”.
Pero lo cierto es que, ante una mirada que abarque los planos todos de la realidad, que tome en cuenta la Dinamia Providente que explica los imponderables históricos, a ese otro actor de la Historia que es Dios –sin el cual ella no tendría dignidad y sentido cabales-, esa suprema y fiera oblación en aras del decoro viene a ser algo que no termina en la sola grandeza escénica, en la inmisericorde fatalidad de un determinismo ciego e injusto. Es algo que persiste, que no se pierde, que sigue teniendo un peso objetivo y real en la balanza que sostienen las manos de Aquel que, al final de cuentas, gobierna la historia y logra que su contexto, en última instancia, se escriba derechamente a pesar de muchos, muchísimos renglones torcidos.
Eso pensamos que se halla implícito en lo que a renglón seguido añade Alfonso Trueba: ni debe ser, ni es tampoco la Historia de México lo que muchos juzgan: “un deprimente relato de traiciones, vergüenza y cobardía. Tiene páginas luminosas en las que brilla, bajo el silencio y el dolor, la llama pura del más genuino valor humano”.
Pues esa bendita, maravillosa e invaluable substancia de “virtud heroica” y resplandeciente que, a pesar de todo, prevalece en la Historia de México, es, si bien se mira, lo que nos compromete a los mexicanos a seguir amando con justificado amor a nuestra Patria, lo que nos compromete a la fe y a la esperanza en sus altos destinos, no ciegos sino radiosamente providenciales.
Comentarios
Publicar un comentario