Lo Inquisitivo y lo Inquisitorial
Publicación original: Novedades, 28 de marzo de 1949.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Inquisición española, leyenda negra, historiografía, Alfonso Junco y crítica histórica.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Las consejas de lo pseudohistórico sin inmortales. Tienen un increíble poder de arraigo en la credulidad rutinera, lo cual hay que referirlo, muy principalmente, al empleo de la machacona repetición que tanta eficacia ha demostrado en la órbita de la propaganda comercial y política. La reiteración del “slogan” comercial y de los estribillos de la oratoria y de la literatura demagógicas suelen originar, muy a menudo, convicciones populares erróneas sobre la bondad de un producto de la industria de refrescos, de una plataforma política o de una campaña gubernamental. Otro tanto sucede con las mentiras históricas: pulverizadas una y otra vez, por la crítica, síguense teniendo entre las multitudes como verdades que ya ni siquiera pueden ser discutidas.
Lo peor es que de esta suerte se cumple una singular “ley de Gresshan” histórica: la mala moneda de las consejas hace desaparecer a la buena moneda de las verdades sólidamente establecidas por la investigación competente. Urge, pues, sanear las “finanzas” del mercado de la Historia. Retirar de la circulación los “bilimbiques” de la “fantasía historia”, y, en cambio, lograr que así en lo editorial como en lo periodístico abunden las piezas de oro de las probadas certezas históricas.
Empeño es este en que se ha embarcado desde siempre –por ventura con no escasos frutos- la pluma incansable de don Alfonso Junco. Este designio de saneamiento de las finanzas de la Historia se vierte hoy con la flamante edición de los resultados de su búsqueda en torno del tema de lo inquisitorial: “Inquisición sobre la Inquisición”, rubro que declara, por sí solo, el espíritu crítico e independiente que anima estas páginas.
¡Hay que ver cuántas y qué calidad de sorpresas tiene esta obra para el lector común y para los doctos que no han hecho por su cuenta la exploración de este campo tan controvertido, tan en substancia ignorado y tan deformado!
¿Suele saberse, por ejemplo, que el Santo Oficio gozó de la simpatía y el apoyo populares en España, y que eruditos protestantes de tanta solvencia como Ticknor y Prescott lo reconocen?... ¿Es usual que se caiga en la cuenta de que este Tribunal no pudo ser perseguidor de la cultura, ya que puntualmente su “apogeo” coincide con la más espléndida etapa de realizaciones culturales de la Historia: los Siglos de Oro españoles?
¿Cuántos, por otra parte, no son los que persisten en creer que las momias que en diversas épocas han sido exhumadas de las casas de religiosos pertenecen a los folletinescos “emparedados” por orden de los inquisidores, y no les cabe que sean –como es la obvia verdad- de frailes y monjas que en tales conventos murieron y recibieron allí mismo, según era frecuente, cristiana sepultura?
Y, ¿qué pensar de la circunstancia de que gente ilustrada incurra en la indocta monotonía de usar el calificativo “inquisitorial” para ponderar el sumo horror y la crueldad extrema cuando de castigos se trata, siendo que las penas infligidas por la Inquisición fueron las más benignas –o si se prefiere, las menos duras- de aquellos tiempos?
Otro tanto es de pensarse de quienes se tragan la versión de que los judíos y los moros, por el solo hecho de ser tales, eran perseguidos, atormentados y sacrificados por los tenebrosos inquisidores, y no han procurado enterarse de que lo cierto es que quienes de éstos caían bajo la jurisdicción del Santo Oficio eran los judíos y moros falsamente conversos a quienes se comprobaba que habían faltado a la fe jurada volviendo a las prácticas de su religión originaria. Lo cual era lógico, puesto que a nadie se obligaba por la fuerza a hacerse católico, también contra lo creído por muchedumbre de desprevenidos y de lectores de los novelones por entrega.
Del mismo modo, ¿suele reflexionarse en el hecho de que la Inquisición que se supone protectora del fanatismo, entre otros persiguió a los explotadores del fanatismo supersticioso, como nigromantes, monjas milagreras y demás fingidores de manifestaciones sobrenaturales? ¿O en que los ingenios más preclaros y los santos de más encumbrada santidad –esto es, la “elite”, de la inteligencia y de la virtud- enaltecen al tribunal de la Inquisición española, y lo tienen por loable defensor de la verdad religiosa, de la moralidad social y de la unidad nacional? ¿En que la literatura clásica española, tan realista siempre, nos muestra numerosísimos ejemplos de censura o de desenfadada crítica a clérigos, y que en ello la Inquisición no metió baza para perseguir a los escritores del siglo de oro, ni aun siquiera se molestó en suprimir tales censuras y sátiras que hasta la fecha corren impresas?... (Y sin embargo, los “maistritos” jacobinos dicen que la Inquisición fue hecha nada más para defender a los curas).
Pues éstas y otras no menores sorpresas –inauditas para muchísimos- ofrece el volumen que motiva este comentario. Además, la claridad y prestancia de la prosa de don Alfonso Junco, no menos que su agilidad, brindan en “Inquisición sobre Inquisición”, lectura no sólo fácil sino de sumo deleite aun en los capítulos que por su misma materia diríanse negados a la soltura y a la diafanidad literaria que tánto exige el público moderno. Así ocurre, verbigracia, con el análisis de las cuentas de ajusticiados que hizo el gran detractor de la Inquisición española, Llorente. La aridez de esta suigénesis auditoría contable se pierde gracias a la expresión concisa y desembarazada, y aun por obra de las incidentales y certeras ironías que en el autor suscitan las gruesas mentiras de Llorente; ironías a la vez que incisivas, no excesivas, como cumple al equilibrio de la intención crítica.
Esta obra enseña, en suma, que, tocante a juicios sobre la Inquisición, se ha de ser menos sañudamente “inquisitorial” y más sagazmente inquisitivo.
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